5 enero 2015

 

 

Hoy, con una representación parlamentaria elegida mediante sufragio universal en una democracia consolidada en un contexto internacional sin retorno, el populismo es más un síndrome  que la manifestación de una doctrina precisa.

Parece que se avecinan tiempos de cambio; este año 2015 al que ya hemos visto la cara con pretensiones de ser mejor que el anterior, estoy seguro que nos dará sorpresas a nivel social y que repercutirán en cada uno de nosotros como ciudadanos base.

Aunque del timorato Mariano Rajoy puede decirse que ha tenido aciertos claros, también  hemos sido víctimas de sus silencios y de sus miedos; con una mayoría absoluta que se le ofreció en bandeja hace ya tres años para arreglar las averías que se prodigaban por suelo patrio, la verdad es que, desde mi punto de vista, el gobierno no ha sabido administrar sus extraordinarias posibilidades, todo con la complicidad pasiva del resto de los partidos en la oposición para que este año 2015 encaráramos la recta final de la legislatura sin asignaturas pendientes, algunas de ellas  dirigidas contra la estabilidad y  el mismísimo corazón de la nación .

Con una sociedad cansada de ver como los políticos de siempre se equivocan una y otra vez, sin que tengan la dignidad de marcharse, es evidente que estamos necesitados de caras nuevas e ideas renovadas que hagan que los administrados pensemos que la ilusión aun existe en nuestras vidas y que lo que nos proponen cada cuatro años no solo debe ser verdad sino que además es posible hacerlo.

Cierto es que el arte de hacer buena política está siempre aderezado de un grado de experiencia necesaria, como también es verdad que la mayoría de nuestros políticos se creen imprescindibles aunque la realidad es justo la contraria, y si no, que se lo digan a los belgas que han pasado una experiencia inolvidable.

Los cambios no necesariamente deben ir acompañados de una revolución. Ortega y Gasset le dio al concepto “cambio” un significado entre histórico y filosófico cuando dijo que “la crisis es un peculiar cambio histórico” que se produce cuando cambia algo en nuestro mundo, o cuando cambia el mundo; en opinión de Ortega la esencia del cambio está más en la desaparición de algo que en la existencia  de una nueva realidad.

Aquel cambio del que hablara Ortega  como consecuencia del desarrollo económico y el creciente  apoyo social a la oposición, tiene grados de similitud con lo que ahora sucede. En la España del año 2015 la crisis económica sobrevenida desde una  consolidada democracia con desarrollo y bienestar, nos ha llevado al declive de un amplio sector de la clase política, mal vista y juzgada socialmente como oportunistas, corruptos y truhanes que han tratado a los ciudadanos como si fuéramos soldados de juguete a sus órdenes, siempre dispuestos para lo que gusten mandar.

Hoy nos encontramos con el dilema ante el que nos han colocado quienes de una u otra forma mandan y también sus afines, algo de lo que tendrían que dar cuenta a la sociedad por abocarnos sin misericordia a esta descomposición de valores e incluso de identidad; un sistema binario perverso al que tarde o temprano deberemos enfrentarnos: Por un lado el deseable cambio de atmósfera política y de políticos pútridos, pero eso sí, dando pasos muy prudentes para no destruir lo bueno que se ha construido; por otro lado, lo que algunos predican de forma visceral y oportunista, esto es “la emergencia revolucionaria”, “el puro cataclismo” o la “tormenta perfecta”.

Para ello en este primer tercio del siglo XXI debemos confiar que todos, absolutamente todos los ciudadanos, tendremos que reflexionar muy seriamente, con responsabilidad y sin condicionantes sobre el sentido y viabilidad de esa revolución que se anuncia como salvadora, aunque se pudiera llegar a esta sinrazón por la vía democrática, en una época en el que no sería lógico pasar del modernismo a la edad media, con la tiranía de algunos caudillos como instrumento aleccionador; la sociedad del siglo XXI no es la de finales del siglo XIX y de la historia deberíamos aprender para no volver a morder la manzana del mal.

En su origen la Rusia Zarista designó el término populista como una cruzada radical y en ocasiones violenta; el People’s Party norteamericano reclamaba la soberanía del pueblo para promover la democracia auténtica; en América Latina se empleó en el primer tercio del siglo XX, entonces  se referían al término como sinónimo de régimen personalista cuyo discurso oficial se orientaba hacia el nacionalismo.

Al igual que a finales del siglo XIX, conviene distinguir entre la retórica populista que alienta ciertos discursos que sirve para legitimar operaciones políticas y campañas de opinión en un contexto generalizado de crisis de honestidad; en este caldo de cultivo el concepto de “pueblo” se reconvierte en coartada de un nuevo autoritarismo que gobernaría en su nombre  y que dispondría de modernos mecanismos de movilización de masas.

Pablo Iglesias tuvo buen cuidado en señalar allá por los comienzos del siglo XX que “la masa, el pueblo”, no era responsable de sus infinitos defectos y que, pese a ellos, seguía siendo “la única fuente de fuerza progresiva en España”; el socialismo español no fue ajeno, por tanto, a un fenómeno que marcó la vida política y social española en el cambio de siglo: “la vuelta al pueblo”.

En la zona franquista aparte de las alusiones al “honrado pueblo español” presentes en las primeras proclamas sediciosas, la exclusiva populista corrió a cargo de la Falange, especialmente del verticalismo sindical. El populismo podría definirse como “un fenómeno político en el que predomina la movilización de masas, fundamentalmente urbanas, basada en un discurso altamente emocional, cuyos ejes centrales son la idea de “pueblo”  como depositario de virtudes sociales de justicia y moralidad y la vinculación a un dirigente carismático cuya personalidad, más que un programa o unas técnicas predeterminadas, garantiza el triunfo del movimiento.

Hoy, con una representación parlamentaria elegida mediante sufragio universal en una democracia consolidada en un contexto internacional sin retorno, el populismo es más un síndrome  que la manifestación de una doctrina precisa y aplicable para solucionar los problemas cotidianos de una sociedad que demanda progreso.

Los cambios políticos, al igual que los cambios sociales, son inevitables en nuestra sociedad  del siglo XXI en transformación y avance continuo, que deberá tener los mecanismos de alarma y control permanentemente activos y que necesita tener la lupa certera y con máxima intensidad puesta sobre la solidez del modelo socioeconómico en el que las próximas generaciones deben apoyarse para su desarrollo; no solo se deben evitar  los abusos que se han conocido en los últimos tiempos sino que, además, hay que castigarlos con rigor con una justicia independiente que habrá que fomentar.

Es cierto que la catarsis a la que nos vemos abocados en este año electoral es el fiel reflejo de las posibilidades democráticas y de buen gobierno que los gestores sociales han malgastado, despilfarrando oportunidades y confundiendo mecanismos, por eso intentan hacernos llegar ahora la voz de alarma; un momento en el que el bipartidismo se tambalea en favor de partidos minoritarios entre los que hay alternativa seria a este declive; Albert Rivera se postula como la alternativa seria, razonable y con argumentos sostenibles para un partido que naciendo en Cataluña sigue consolidando la expansión nacional.

La indiscutible verdad es que los ciudadanos en un ejercicio de responsabilidad, sin ser forofos de nada ni de nadie, conociendo nuestros antecedentes históricos recientes, tendremos que votar en conciencia lo mejor para todos, con la vista puesta en el futuro y en la modernidad que necesitarán las nuevas generaciones. Pensemos en el triunfo del espíritu de progreso frente a la adversidad, y  deseemos que no se nos trate, una vez más, como a soldados de juguete, que como en la película de la que coge el título este artículo,  se pueden romper si no se “utiliza” correctamente, porque como dijera Thiers (Presidente de la tercera República Francesa) “es preciso no entregar jamás la patria a un hombre, sea quien sea y cualesquiera que sean las circunstancias”.

Mariano Avilés – Jurista

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