La historia de la humanidad se ha construido sobre pilares sólidos aunque, con no pocas guerras, muertes, contradicciones; la historia ha ido creando cultura y poso que otros se fueron encargando de borrar en la medida que no coincidía con su pensamiento.
También la historia cuenta que los dioses griegos, fueron permisivos con los seres humanos, conocían sus debilidades, sus pasiones e inclinaciones hasta llegar a la soberbia de sentirse mejores que los propios dioses. Aires de suficiencia, exaltación del yo y menosprecio hacia los demás son algunos de los síntomas de la soberbia.
La mitología es rica en este tipo de análisis comparando a los dioses y a su creación, casi a imagen y semejanza, solo así se comprende que los dioses tuvieran manga ancha y mirada hacia otro lado, conocedores de las debilidades y las pasiones de los hombres; por ello los dioses paganos fueron con ellos indulgentes, aunque no perdonaban el pecado en exceso. No hay mayor desmesura que la soberbia, la loca pretensión de ser, de creerse más de lo que uno es.
De los griegos a los romanos; la fascinante historia de estas culturas antiguas salpican en nuestra mente al chapotear como niños en ellas. Nos sorprende y enseñan lo que curiosamente llega hasta hoy y por ello admiramos cómo esculpieron para la humanidad la organización civil, la cultura, el derecho y la justicia y por supuesto la forma de comportamiento de las personas que en nada cambia por muchos siglos que pasen.
El mayor honor que los romanos concedían a sus generales victoriosos era la celebración de un triunfo. Consistía en la procesión triunfal por las calles de Roma, por el cardo máximo, esa gran avenida que atravesaba la ciudad de norte a sur, con sus tropas flamantes y sus prisioneros derrotados. El general avanzaba en una cuadriga y un esclavo a su lado sostenía sobre su cabeza una corona de laurel y le repetía: Recuerda que eres sólo un hombre. Recuerda que has de morir. Todo aquel que peca de soberbia lo hace sin duda porque olvida su condición mortal.
Las personas soberbias, muchas veces, se creen ‘todopoderosas’, quieren alimentar su ego a costa de los demás y suelen tener problemas en el entorno social. La falta de empatía es uno de los rasgos característicos del soberbio. Tal y como afirman los psicólogos “Sólo están pendientes de ellos mismos” y rara vez se preguntan cómo se puede sentir la otra persona. El narcisismo propio del soberbio en ocasiones crea una persona fría, prepotente y obsesionada consigo misma.
Los manuales de la psiquiatría clásica enlazan la soberbia con la prepotencia; el prepotente es esa persona que se cree centro del mundo, se hacen dueños de todo, y básicamente actúan de forma irrespetuosa hacia los demás, con desprecio, engaños y ofensas sin límite.
El arte de comprender a los demás no es fácil, se adquiere con la educación y abarca toda nuestra experiencia vital, es el aprendizaje de la humildad que se enfrenta al soberbio y al prepotente, humildad que en plena era tecnológica nos puede ayudar a construir un “mundo razonablemente ordenado y comprensible en el que tenemos que vivir”.
Los medios de comunicación machacan de manera inmisericorde con la imagen de prohombres que viven de la mentira y del fomento de su propia imagen, un trampantojo ideal de éxito y brillantez; políticos que se pavonean de ser quienes gobiernan nuestras vidas más allá de lo razonable y de forma inaudita, sin posibilidad de réplica por los gobernados que observan el declive de la sociedad.
No importan contradicciones, no importan falsedades, lo que importa son lanzar mensajes para conseguir la adulación y sentirse mejores que los demás lejos de la humildad como virtud central en la vida. Kant entre sus principios filosóficos acuñó un concepto de humildad que todos entendemos y no es otro que hacer las cosas de tal manera que la forma de proceder sirvan de norma universal.
No son pocos los ejemplos de honestidad que nos muestra la historia. Mahatma Gandhi sugiere que la verdad sin humildad es corrupta y deviene en caricatura arrogante de la verdad.
El taoísmo sitúa a la humildad como virtud central: “una persona sabia actúa sin proclamar sus resultados. Archiva sus méritos y no se queda arrogantemente en ellos, no desea demostrar su “superioridad” ante los demás.
Termino la reflexión con palabras del filósofo griego Platón (428-347 a.C.) y una estrofilla que resume mis palabras:
” Hasta que los filósofos se encarguen del gobierno o los que gobiernan se conviertan a filósofos, de modo que el gobierno y la filosofía estén unidos, no podrá ponerse fin a las miserias de los Estados”.
“Solo el soberbio en su altivez ufana
como pavo real marcha y se inflama
queriendo ser el más apetecido,
pero la vida, juez que no perdona,
al soberbio lo amansa, humilla y doma
y lo deja en su puesto merecido”.
Mariano Avilés – jurista
