26 enero 2015

 

Para comprender en qué consiste la estupidez, considero que es necesario caer en ella para poder determinar su alcance, lo que no es fácil, porque el estúpido sabe que lo es.

Hoy vengo a hacer alguna reflexión que, sin duda, me atormenta en momentos que pienso son decisivos para mi vida y la de mi país. Borges matizó a Bioy Casares que el primer signo de la inteligencia a menudo es una acción estúpida que a veces sostiene dos posiciones incompatibles: ¿se puede ser inteligente y estúpido al mismo tiempo?.

La observación de Borges sugiere que la inocencia de la estupidez, en tanto que reconocida por la inteligencia, es el comienzo de la lucidez, lo cual implica que se tiene al estúpido no como alguien que comete errores sino que empieza a pensar de modo legítimo cuando justamente se da cuenta de que mete la pata.

La respuesta a este interrogante no la podría identificar con el extravío o caos del estado del alma ni del ánimo en un momento determinado, es más bien la alternancia entre un estado y su opuesto, una trayectoria posiblemente ensayada de la conciencia que es capaz de decirnos que somos estúpidos en grado superlativo a la vez de sugerirnos que ello obedece a una estrategia; hace sentirnos inteligentes porque pese a las contradicciones, somos capaces de reconocer nuestros propios errores.

Para comprender en qué consiste la estupidez, considero que es necesario caer en ella para poder determinar su alcance, lo que no es fácil, porque el estúpido sabe que lo es.

Leonardo siglos antes lo estudió, sin pretender hacer filosofía, para entender los comportamientos humanos, de tal suerte – decía – que cuando un cuerpo se mueve con lentitud en sentido contrario a su tendencia natural, después se vuelve a su posición natural con más empuje, mientras que aquel que retorna tras frecuentes y breves recorridos, tiene menos fuerza en cada ciclo, por ello cuando en largos intervalos de tiempo estudiamos algo, el juicio resultante es más perfecto e incluso tiene mayores posibilidades de reconocer errores, porque el ímpetu del impulso puede llevar al error.

Todos hemos observado que cuando un cuerpo se mueve con rapidez, tiñe de su propio color su trayectoria. El relámpago en la noche, un ascua incandescente, etc.; esto sucede porque la impresión primera es más rápida que el juicio posterior; cuando pasamos de la claridad a la sombra, aquella nos parece más oscura. Al inteligente se lo distingue porque es capaz de reconocer en sí mismo todo lo estúpido que puede llegar a ser; descubrir que uno es un estúpido puede ser revelador, pero también –y en un sentido muy universal del término– muy decepcionante.

La naturaleza humana dicta una moralidad pública que difiere y choca con las virtudes  que las personas falsamente pensamos tener. Cuando está en juego la seguridad de un país –dicho esto en todas las acepciones que se le puedan dar – no deberíamos atenernos a consideraciones de lo que es justo o injusto, de la bondad o la crueldad, de lo que ha de ensalzarse o reprobarse, dejando de lado todo escrúpulo, debemos seguir los planes para que el peligro desaparezca. Lo dijo Maquiavelo: “Quien es inmoral, nunca sacrifica su moralidad a la hora de hacer política”; ejemplos sobrados tenemos.

La estupidez pasiva equivale a credulidad. Es característico de la religión proponer a los fieles una actitud estúpida: Credo quia absurdum,  lo que supone una voluntaria renuncia al sentido común y a la autonomía racional; así lo entendieron en el siglo de Pericles o en la Roma de Augusto “ las virtudes cristianas  no permiten estructurar una polis: la fe cristiana ha vuelto débiles a los hombres, presa fácil de los malvados”; tesis no muy distinta de la que proponían los fascistas italianos cuando enseñaban a sus militantes: Non pensì. Il Partito pensa per te!. Ya tenía razón Freud al relacionar el vínculo religioso con la ilusión.

La estafa material y moral o en cualquiera de sus manifestaciones, es trampa que necesita de la complicidad entre el estafador y su víctima, tal como sucede en las propuestas políticas que se nos lanzan a los ciudadanos, en las relaciones amorosas y múltiples actos de las personas que se producen en la vida. En efecto, cuando se movilizan todos los recursos de la ilusión, la inocencia y la credulidad trabajan de común acuerdo en pro de alcanzar la estafa, la extorsión, el engaño; “sin ilusión sensible no habría mundo, es decir, no habría nada”.

Tiempos estos de inteligencia o de estupidez manifiesta, quizás todo en uno como ya he comentado, pero no hay nada como aprender de los errores cometidos y de los que cometemos a diario, provocados porque intentamos tenerlo todo medido y controlado, por eso necesitamos ante nuestra incapacidad de hacerlo todo, que otros controlen por nosotros hasta el límite de parecer estúpidos, son mentes controladoras que aprovechan debilidades de los demás, amparados en la fuerza o en la masa social. Por eso Enrique Lynch en un artículo sobre la ilusión concluye:“O sea que no tengas miedo, déjate llevar, estúpido”; y yo añado: muy bien, de acuerdo, si eso supone que se alcanza la inteligencia y el control.

 Mariano Avilés

 

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