Hablar de despotismo en el siglo XXI es como hablar de la rueda en sus orígenes, parece tan viejo que no deberíamos ni considerarlo en estos lares de la civilización europea más occidental.
El despotismo se me antoja como una versión de tiranía, algo detestado desde la antigüedad griega; un poder sin límites, parecido al del señor sobre el esclavo y diametralmente opuesto a la libertad en todos los órdenes que se identifica con la arbitrariedad, la barbarie y la opresión.
Calificar de crueldad, abominable, atroz, pobreza, oscuridad van en consonancia con el propio despotismo que nace del déspota y el tirano. Republicanos, absolutistas y liberales decían aborrecerlo en especial tras la experiencia del gobierno de Godoy.
La figura autoritaria del monarca ilustrado llegó a ser flor de un día y en las Cortes de Cádiz algunos diputados identificaron el origen del despotismo y de la tiranía con la confusión de poderes (algo de esto hay en la obra de Mostesquieu), dónde la arbitrariedad y ausencia de reglas en el gobierno lo invade todo, es una forma basada en el temor y caracterizada por un desmedido poder personal.
Miren por dónde el despotismo se asociaba hasta ahora a la España de 1808 con las imágenes que le caracterizan; por un lado el despotismo ministerial de Godoy (interior) y la de Napoleón (exterior), tirano de libro. Contra ambas formas de corrupción y esclavitud se alzaron los españoles en 1807 que calificaron igualmente como dictadura, autocracia o cesarismo, todo ello hasta que en el año 1821 el clérigo Clara-Rosa anuncia las exequias de Don Despotismo y celebra la muerte de los serviles, describiendo satíricamente en aquel folleto un oficio de difuntos carnavalesco con fastuoso acompañamiento.
Pero no, no, España siguió el sendero de periodos en los que quien mandaba lo hacía de verdad. Avanzado el siglo XIX un teórico del estado de excepción como fue Donoso Cortés, no dudó en arremeter contra “esa tiranía del más desenfrenado despotismo” hacia la que ya caminaba el mundo si las fuerzas del orden no ponían antes enérgico remedio.
En la regencia de María Cristina, las palabras despotismo y tiranía se siguen escuchando por la degeneración autoritaria del gobierno monárquico. El despotismo tuvo una doble vertiente, por un lado la teocrática o derecho divino y por otro la demagógica o soberanía popular. Hoy, siglo XXI aquello ha devenido en la acepción “abuso de poder”, mucho menos agresiva, al parecer.
La dictadura en el siglo XX fue un clásico motivado fundamentalmente por la inestabilidad social y la ausencia de legitimidad de los diversos regímenes políticos que a juzgar por la opinión de los intelectuales del siglo XIX (Joaquín Costa) podían entender que la dictadura era un recurso extremo, pero normal, que incluso “podría estar previsto en la Constitución”, la dictadura tenía una función terapéutica, medicinal o curativa y por tanto respetable en etapas en las que la sociedad muestra inmadurez y falta de sensibilidad ante los problemas de España.
Muchos han sido los teóricos que han escrito en favor de la dictadura como “la única idea viable para traer y consolidar la República” (José Nakens 1905). El PSOE, en su V congreso de diciembre de 1919, manifestó su entusiasmo por la revolución rusa y presentó a la dictadura del proletariado como “condición indispensable para el triunfo del socialismo”.
Los avatares de España por la inestabilidad política a lo largo de un periodo tan reducido de tiempo no es baladí hasta llegar a la guerra civil y a la dictadura de Franco.
Con la proclamación de la Constitución Española en 1978 comenzó un periodo de consolidación democrática precisamente por la grandeza de quienes hicieron posible la transición, todos los partidos del espectro político hicieron un esfuerzo de entendimiento para superar etapas duras como fue la guerra civil de 1936.
Lo que fuera el bipartidismo en el que el partido socialista que gobernó después de la UCD y alianza popular alternaban periodos de gobernabilidad que trataron de ajustar y coser grietas aún existentes, con crisis económicas que hubo que superar en una economía maltrecha, con una estructura del Estado compleja y cara y con una ciudadanía que votaba (y aún vota) en las elecciones más con el corazón que con la razón, nos ha llevado a tristes episodios del gobierno de Rodríguez Zapatero (hoy traidor a la patria) apoyando narco dictaduras como la venezolana y sacando con ello pingües beneficios.
Hoy con el gobierno presidido por Pedro Sánchez nos encontramos con un país paralizado por la corrupción y una crisis económica para familias y empresas, un presidente del gobierno rodeado por los tribunales que apuntan directamente tanto a su familia como a su gestión y tantas grietas en la calidad democrática de España que asusta.
España está maltrecha y lo estará mientras el presidente del gobierno no se vea abocado a convocar elecciones para elegir un nuevo parlamento que en este momento está secuestrado por verdaderos delincuentes. España padece un cáncer llamado Pedro Sánchez y ha extendido la metástasis por todos los organismos e instituciones que tienen como misión actuar de contrapoder. Ya en otros artículos me he referido a las tropelías y delitos de los que este individuo presume ser artífice. Urge que la justicia actúe (único poder que en este momento no controla) y que con base en todo lo que ya se conoce por informes de la UCO termine en la cárcel, esto si antes no se autoexilia en la República Dominicana.
Diciembre 2025

