Tiempos oscuros estos que vivimos para invocar la palabra “Libertad”. Yo conocí la dictadura de Franco en sus últimos momentos y he de decir que no fui consciente de una carencia de libertad en el sentido de sentirme prisionero de normas y formas de actuar emanados del poder.
Dos connotaciones se me antojan sobre la palabra libertad, una en sentido positivo como es la facultad de los individuos para ejercer su voluntad de acuerdo con su propio arbitrio, y otra en sentido negativo, con matices, como es la ausencia de coerción o dominación, aunque la libertad siempre tuvo que hacer frente a sus irremediables límites. “el hombre tiene que ser libre, pero no existe libertad sino dentro de un orden”, frase esta atribuida a José Antonio en un cartel falangista.
La alegoría femenina constituyó la imagen más recurrente para representar el concepto de libertad y el de república hasta el punto de confundirlas; siempre acompañadas de un atrezo de cadenas rotas o una antorcha; en definitiva la negación de la opresión y la luz como atributo de la libertad. La prensa conservadora ridiculizó a Manuel Azaña convirtiéndolo en una suerte de estatua de la libertad, pero con un embudo en la mano, en lugar de una antorcha, por el que dejaría pasar solo lo que a él le interesaba.
Desde inicios de los años sesenta del pasado siglo el concepto y la imagen de “la libertad” se fue enalteciendo y revisando sin eliminar connotaciones religiosas o anticomunistas y se asentaba la imagen de palomas libres volando.
Tras la muerte del dictador y el inicio del proceso de transición a la democracia la libertad volvió a ocupar un primer lugar en los lenguajes políticos y sociales; en los últimos años del pasado siglo y primeros del presente las apelaciones a la libertad fueron reconducidas y manoseada interesadamente por nacionalismos, movimientos sociales, colectivos de mujeres, asociaciones de gays y lesbianas u organizaciones conservadoras católicas.
Ya en la actualidad, con el gobierno de Pedro Sánchez, considero que el concepto de libertad ha cambiado tanto en su fondo como en su forma; hoy me siento mediatizado, observado, controlado, maniatado y maltratado en mi libertad, aquel don que tanto estimaba don Quijote, como es el de la libertad, de la que hablaba a Sancho (Luis Rosales, Cervantes y la Libertad – 1960).
Hoy la libertad se entiende como la ruptura con lo normal, rompiendo el orden de todo aquello que jamás se me hubiera ocurrido mencionar por ser cotidiano y no necesitar ni de modulación ni cambio; hoy la libertad roza lo chabacano, lo chapucero, lo ordinario, lo soez, nido a veces de malhechores; esa es la libertad de hoy basada en una nueva moral progresista contraria al progreso. En los actos habituales de las personas, la libertad no existe, por mucho que se vista de democracia, que no deja de ser una infamia como la entienden quienes gobiernan. La libertad hoy es sinónimo de dispersión y no de reconciliación. Los derechos individuales debieran ser la garantía de la libertad.
La historia contemporánea de España está llena de los encontronazos que el PSOE se ha dado contra la libertad, sobre todo desde su radicalización a partir de septiembre de 1933.
Indalecio Prieto solía asociar los conceptos de socialismo y libertad. En 1934 Largo Caballero dijo que “bajo el régimen burgués, la libertad era una gran mentira”, “la libertad es una ficción mientras exista la esclavitud económica”; Salvador de Madariaga impresionado por la revolución de 1934 contrapuso los conceptos de libertad e igualdad al tiempo que criticaba “la tendencia antiliberal de las democracias al uso”.
En muchas ocasiones hablar de libertad es chocar con el poder. Ortega en una conferencia que pronunció en Berlín llegó a afirmar que “la democracia por sí es enemiga de la libertad (…) si no es contenida por otras fuerzas ajenas a ella lleva al absolutismo mayoritario”.
Mientras estudiaba y documentaba este comentario he podido contraponer todo tipo de razonamientos a favor y en contra de la libertad, por lo que llego a la conclusión de lo etérea que se me antoja una noción única de libertad, que fuera admitida por todos, pero también digo que sin libertad la vida del ser humano y su desarrollo no es pleno o, sencillamente, no existe.
Algún ideólogo dijo “la libertad en un país en decadencia (social y democrática, y ésta es nuestra España hoy – el añadido el mío-) sin voz en el concierto de las naciones, a merced de las exigencias de cualquier poderoso imperio extranjero, es la libertad dentro de una cárcel, es una retórica de esclavos. Lo primero, la libertad de España. Parece mentira que haya quien hable de libertad individual en una patria encadenada por unos y despedazada por otros”.
Hoy España como monarquía constitucional libre, siendo un valor a preservar, es un espectro de su desarrollo y su grandeza; aquella España proclamada por notables intelectuales se nos aparece como viejunos a juzgar por la progresía y la izquierda social-demócrata que desplaza el concepto de libertad hacia el republicanismo y los nacionalismos en una inflamada retórica de la lucha por la libertad.
Serrat, ahora recién retirado, cantó en sus años jóvenes a la libertad por la que “sangro, lucho, pervivo (…) para la libertad siento más corazones (…) y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan, en la carne talada”. Para la libertad.
Al final los políticos han tratado de unir las palabras libertad y democracia hasta el punto de hacerlas casi sinónimas, aunque todavía es posible discernir la diferencia entre ambas.
Se gritaba ¡libertad! En el estreno galdosiano de Electra; se gritaba ¡Libertad! en muchas ciudades españolas al final del franquismo y en la transición añadiéndole “sin ira”; se gritaba ¡Libertad! En las ciudades de toda España tras los asesinatos de ETA ; pese a su antigüedad venerable, y pese a los abusos que se han cometido en nombre de la libertad, si nos la quitan, como pretenden, ¿Qué nos queda?.
Mariano Avilés – Jurista
Enero 2023
