«Los medios de comunicación deben ser portadores de la noticia cuando sucede, tienen un importante papel social de aclamación como de denuncia, pero lo que no parece lógico es tener que soportar permanentemente este machaqueo mental que a todos nos supera….»
La barbaridad a la que día a día asistimos desde hace prácticamente dos años que se inició la pandemia no tiene ni nombre ni límites.
Es cierto que el Covid ha sido durante todo este tiempo una realidad, que nos ha castigado de forma inquietante y temerosa, también es verdad la reacción que ha tenido la ciencia gracias a la cual el virus se ha visto progresivamente desposeido de su carga letal en las personas, repito, gracias a las vacunas y a la respuesta de la población que mayoritariamente ha decido tomar el camino sensato de la vacunación. Ahí quedan para el recuerdo la negación de algunos por no hablar de insolidaridad y falta de consideración hacia los demás.
Es cierto que una situación como la acontecida descabalga a cualquier gobierno, pero también es verdad que cuando el gobierno de una nave debe mostrar su valor, arrojo y valentía es cuando el mar se pone bravo y las condiciones para la navegación se transforman en peligrosas para la supervivencia de los tripulantes y pasajeros.
La decisión del capitán de dejar la nave, a punto de zozobrar, en manos de inferiores entiendo que no es nunca la mejor decisión; un inferior debe sentir que es mandado para hacer bien su trabajo y esto, desgraciadamente, no lo hemos tenido; nunca debió dejar el capitán el gobierno de la nave en manos de otros, y en caso de hacerlo siempre bajo una única orden, la de quien debe asumir la responsabilidad de lo que ocurra. Tanto el sobrecargo como los marineros deben pensar que el capitán hizo mutis por el foro o que está escondido debajo de una manta pensando que en cualquier momento la tormenta le va a arrasar.
En el orden castrense lo descrito anteriormente es abandono y dejación de responsabilidad e incluso desertar, por lo que al llegar a buen puerto el buque debe ser depuesto y desposeído de los galones el supuesto capitán a quien se le atribuyó el arrojo y ecuanimidad para el lugar que ocupaba en la cadena.
Sometido posiblemente a un Consejo de Guerra el capitán alardeará del triunfo por haber salvado la nave del naufragio e intentará defenderse incluso culpando a otro inferiores suyos que pudieron pagar con su vida la galerna que envolvió al buque, tendrá quien le defienda por su actuación, tratando de eludir responsabilidades, pero hete aquí que siempre queda un cabo suelto, un testigo de cargo o simplemente un análisis objetivo de los hechos para que la condena recaiga con fuerza.
Navegar con buena mar no parece que sea excesivamente complicado para un avezado marino, lo complicado es hacer ostentación y gala del buen gobierno cuando vienen mal dadas. Ahí se demuestra las dotes de gobierno y de mando.
Decenas de miles de nuestros compatriotas han fallecido, otros tantos permanecen con secuelas y aún así quien fuera capitán de madera saca pecho y ni tan siquiera reconoce la extraordinaria labor que hicieran y siguen haciendo quienes se dedican día a día a salvar vidas en condiciones horribles y con un salario miserable para la función que desempeñan; justo castigo le esperará a quien de esta manera chulesca actúa.
Entre tanto ¿que sucede en este país?, pues que los medios de comunicación nos dicen hasta el hartazgo datos y cifras, y más datos y más cifras hasta llenar horas y horas de radio y televisión, prensa escrita y digital, una sin razón a la que nadie de los que mandan han puesto límite; acaso pareciera que interesa crear un pánico injustificado y salvaje entre la población, que normalmente se comporta de forma más correcta y sentido de la responsabilidad que los gobernantes.
Basta escuchar cualquier cadena de radio o televisión y leer algunos periódicos para comprobar que el noventa por ciento de su espacio lo ocupan en tema tan recurrente como la pandemia; con ello llenan horas y horas tratando a acumular audiencia, poniendo tintes de tragedia (pasada) y tragedia del día a día por venir (que no merecemos); son como Nostradamus pero de los baratos, farsantes y engañabobos.
El pueblo quiere sangre – deben creer estos insensatos de los medios-; con su actuación irresponsable los pongo en entredicho porque cargan las tintas de manera miserable; nos muestran permanentemente a expertos que se contradicen unos con otros hasta no dejar nada claro y nos quedamos sin saber cual sería la posición correcta del experto. Ya conocemos otros expertos gubernamentales que por su catadura amoral merecen toda la reprobación, eso si existen que en alguna ocasión ni eso. Ya sabemos lo que genera el exceso de información: La desinformación más absoluta.
Los medios de comunicación deben ser portadores de la noticia cuando sucede, tienen un importante papel social de aclamación como de denuncia, pero lo que no parece lógico es tener que soportar permanentemente este machaqueo mental que a todos nos supera. Yo he llegado a la conclusión de que si pongo para ver o escuchar una cadena prefiero ver y escuchar la publicidad, esta me cansa pero no me daña.
“El estallido de la noticia” es una película que impresiona por la forma dramática e irresponsable de tratar una noticia, enfrentando la profesionalidad del periodista con los requerimientos exigidos por la dirección de la cadena para ganar audiencia y dinero. Llevan a la tragedia sin límites la ambición y la sana competencia. Un claro ejemplo de lo que ocurre en la realidad actual.
La paranoia social y el pánico que han generado los medios de comunicación es un tema recurrente que en algún momento deberemos analizar para ver grados de culpabilidad.
Los ministros están a lo suyo y no voy a decir a por uvas porque no es tiempo de vendimia (tampoco se les espera vendimiando); la de sanidad filosofando, el de consumo pensando como deben ser los juguetes y el roscón de reyes (en lugar de controlar los precios de luz de gas de alimentos, test de antígenos, etc.) merece que lo condenen a “galeras de por vida para que aprenda lo que es ganarse el pan”, el de universidad fugado y el nuevo ni se sabe quien es, y así podemos seguir uno a uno de los ministros sin salvar a nadie, ni siquiera a Nadia (Calviño).
El capitán de madera que hemos tenido se arrugó simplemente con la brisa del mar; este no es aquel capitán de madera aguerrido que navegaba a Belén cruzando el mar dónde un niño recién nacido le esperaba (preciosa canción poco conocida). No, aquel capitán no es este ,ya hubiese querido serlo o posiblemente no.
En conclusión nosotros y la historia juzgaremos este tipo de tropelías que envuelven a una sociedad desorientada, cabizbaja, preocupada por estas pandemias que padecemos (sanitaria y política) y que levante la mano quien diga que hoy sanitaria y políticamente están satisfechos con el trato que se le está dando a este luctuoso asunto.
Mariano Avilés – Jurista
Diciembre 2021
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