30 abril 2017

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«Ilusionistas de poca monta prometen el cielo a quienes necesitan oír que lo conseguirán aunque sea asaltándolo, en el camino se llenan los bolsillos con el buen vivir, a la sombra del trabajo de los demás; hoy los políticos no son filósofos porque pocos filósofos llegan a políticos…»

Lucio Anneo Séneca, fue un estoico (doctrina filosófica nacida en Grecia allá por el año 300 a.C. cuya definición según la Real Academia de la Lengua viene a ser equivalente a fortaleza o ecuanimidad ante la desgracia); nació en Córdoba, abogado y orador, no le cayó bien a Calígula, tampoco le hizo mucha gracia al cojo y tartaja Claudio hasta el punto que la larga y agitada vida de Séneca estuvo a punto de no ser larga.

Que todo lo que ocurre es fruto de la necesidad, que no sirve de nada entregarse a la desesperación o al júbilo y que debemos reaccionar serenamente ante los avatares de la vida es el fundamento del estoicismo.

Divulgar a los cuatro vientos que hay que luchar contra las injusticias sociales, las diferencias que hunden en la más absoluta pobreza a segmentos de población, es algo a lo que aun estando acostumbrados a escuchar de líderes sociales a todas las escalas, nunca se cumplen, más bien sucede al contrario en un mundo binario dónde para que algo exista es necesaria la parte opuesta, el cero y el uno, el día y la noche, el blanco y el negro, arriba y abajo, el acomodado y el pobre….; reconocer la condición de pobre es dar carta de naturaleza al rico, es la vida en si misma a la que contribuimos las personas, salvo contadas excepciones, por mucho que nos empeñemos en decir lo contrario.

Séneca es uno de esos ejemplos de prócer que vendía consejos aunque para el no eran de aplicación, hasta el punto que no hizo ascos a las excelencias materiales por mucho estoicismo que predicara; esto les pasa hoy a más de un preboste de izquierdas que propugnan la igualdad desde la comodidad; es más fácil jugar a ser de izquierdas con cuentas millonarias en el banco, recibiendo y manejando dineros de dudosa procedencia o viviendo cómodamente en buenas mansiones, nunca desde un choza   dónde lo prescindible es todo. Al final Séneca lo terminó confesando: “Yo no alabo la vida que llevo, sino la que debería llevar”.

Séneca fue un sabio, algo de lo que hoy no hay; al igual que no hay un líder de izquierdas pobre. Las ilusiones pasan ante nosotros y podemos cogerlas o no, pero si se cogen el batacazo es sublime; las castas no solo existen en la India a la hora de identificar quien eres socialmente, aquí en España en pleno siglo XXI las castas existen y de qué manera; los que no eran de casta superior luchan por serlo a costa de los parias de la tierra que existieron, existen y existirán.

Ilusionistas de poca monta prometen el cielo a quienes necesitan oír que lo conseguirán aunque sea asaltándolo, en el camino se llenan los bolsillos con el buen vivir, a la sombra del trabajo de los demás; hoy los políticos no son filósofos porque pocos filósofos llegan a políticos,  determinadas razas de políticos a quienes aun no se les ha caído el rancio pelaje de la revolución en la que se envuelven confortablemente y que despuntan maneras de aprovechamiento y pillaje; una auténtica plaga, que para bien general habría que incapacitar de por vida.

¿Y porqué cito a Séneca, cuando hay tantos y tantos ejemplos de quienes dicen una cosa y hace la contraria? Porque es el ejemplo perfecto; durante la mayor parte de su vida, Séneca se dedicó a asuntos de gobierno y a escribirle sus floridos discursos al sanguinario Nerón. Séneca  fue idolatrado, admirado, condenado, idealizado y despreciado. Su magnífica prosa, sus fulgurantes expresiones, sus tragedias escritas, la altura de sus conceptos y… su muerte serena le han atraído la admiración de muchos y, al tiempo, han convencido a otros de la autenticidad de su correspondencia con San Pablo. Pero la distancia entre su hacer y su decir indujeron a otros a un condena sin apelación posible.

No faltó quienes lo representaron como un neurótico esquizofrénico que predicaba la huída del mundo, era un despiadado hombre de negocios; predicaba el desafío al destino. Solo su actividad de especulación le habría aportado al final una fortuna valorada en 300 millones de sestercios.

“Aliter loqueris, aliter vivis” (dices una cosa y vives otra), hoy lo vemos y oímos día a día, estos politicastros a quienes se les llena la boca de moralidad y bien hacer en beneficios sociales quiméricos e inalcanzables, una auténtica farsa. Todavía van más allá para condenar abiertamente a quienes viven de forma distinta a los principios  que predican y estos de hoy no son precisamente estoicos; políticos a los que me refiero se encuentran en la inmediata proximidad del totalitarismo como el de Nerón y no pueden hacer otra cosa que intentar sobresalir como sea y afirmarse, aumentar sus fortunas y su poder so pena de la propia destrucción, de la destrucción de su mundo, de sus amigos y de su ambiente vital; auténticos farsantes.

Al igual que Séneca, este desecho social como son algunos personajillos de la casta política, casta de la que previamente han renegado, son un ejemplo, no demasiado enaltecedor, de la debilidad humana y de la inadecuación de los recursos de la voluntad para conseguir los objetivos poco edificantes y las aspiraciones faltas de ética, estos a diferencia de aquel pensador no tienen el coraje no ya para abrirse las venas, como hiciera Séneca, sino para alejarse y desaparecer para siempre por el abismo de la miseria humana que crean.

 

Mariano Avilés – jurista.  Abril 2017

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