«Apelar a los sentimientos, amores, odios, deseos y miedos para ganarse el favor de los pueblos se ha constituido como un arte; desde el “flautista de Hamelin” hasta los encantadores de serpientes, han dejado siempre un mensaje claro para el análisis y es que bajo el arte de la oratoria y de aparentes razones de valía atraen a las gentes y a sus decisiones en beneficio propio…»
Los nervios empiezan a aflorar en los dirigentes políticos – los políticos son el castigo que nos toca sufrir- porque llega para ellos el momento del examen y para nosotros tener que soportar las mentiras que quieren hacernos ver que serán el salvavidas a nuestros dolores de cabeza; no vienen a arreglar nuestros problemas cotidianos, sino para cambiar sus promesas (por las que se les vota) por otras y, a veces, por la contraria.
Decía John McCarthy, sólo hay una cosa más perjudicial que un político que olvida sus promesas electorales, y es uno que trata de cumplirlas; en España estamos de suerte. Son tantas las ofertas electorales que nos llegan y llegarán en estos tormentosos días, y tan evidente el oportunismo de muchas de ellas, que es difícil no compartir el cinismo del difunto profesor de la Universidad de Standford y concluir que la mayoría se anuncian sin ninguna intención de hacerlas realidad.
El incumplimiento de la promesa electoral es proporcional a la falta de memoria política y conciencia crítica de una sociedad indolente. En Estados Unidos, por ejemplo, los candidatos se andan con mucho cuidado a la hora de proponer compromisos fiscales desde que George Bush (padre) pidiera que leyeran sus labios -«no habrá nuevos impuestos»-, y después se desdijera. Perdió la reelección. En otros países existe la costumbre de exigir las compensaciones electorales por adelantado. El ex primer ministro de Tailandia, Thaksin Shinawatra, solía presentarse en los mítines de aldeas del norte del país con vacas y sacos de arroz. «Las promesas no llenan el estómago», decían los indecisos al comprometer su voto para el cacique.
Ese ser residual de la democracia y maestro de la mentira llamado Pedro Sánchez presupone la idiocia de los españoles y que, por el contrario, personalmente es el aventajado de la clase; ese ser –decía- ha antepuesto sus intereses personales –de forma descarada- a los intereses generales -y porque le han frenado- sin que le haya aparecido en la cara dura que tiene el menor atisbo de sonrojo. Adolfo Suárez entiendo que fue el ejemplo contrario al de esta calamidad de político al que me acabo de referir, hoy todavía Presidente del Gobierno.
No se trata de esperar que las promesas de los políticos se cumplan siempre, es imposible, sino que exista intención de cumplirlas. Adolfo Suárez con su «puedo prometer y prometo…» del cierre de campaña del 77 marcó un antes y un después. Prometió, entre otras cosas, poner los intereses nacionales por encima de los suyos y lo hizo hasta el día de su despedida, cuando llegó a la conclusión de que su dimisión era más beneficiosa para el país «que mi permanencia en la Presidencia».
Serán las próximas sin duda unas elecciones distintas, porque la aparición de partidos políticos minoritarios pasan a disputarse un reparto de votos procedentes de indecisos, hartos, cansados, parados, maltratados… tanta bondad se contiene en un sistema llamado democrático que cada día pretende un mayor control de los ciudadanos vía legislativa y normas menores hasta dejarnos prácticamente anulados, reducidos a una mínima expresión de movimiento propio, ideal sería no tener tantas administraciones que cobijan a los amigos con la sola intención de poner trabas en el difícil camino del día a día, en lugar de ayudar. Ser ciudadano en España no es tarea fácil, pues en la mochila de gobernantes y amigos colocados tan solo hay escasa o nula preparación; evidentemente sus decisiones tienen enorme afectación negativa hacia los ciudadanos. Estamos inmersos en una sociedad nihilista e hiperregulada que nos conduce a la nada, en todos los aspectos.
La falta de moralidad en la política no quiero contemplarla como un aprovechamiento para quienes pretenden una regeneración en el quehacer de la cosa pública, sino la visión de la necesidad de una catarsis, un partir de cero que hoy parece que nos cuesta mucho entender como posible, aun viniendo de políticos sin mancha ni pecado (especie desaparecida en España) que tratan de convencernos de que todo será distinto si se les concede el voto. Al final, que los políticos se tomen en serio sus compromisos depende de su honestidad, pero más aún de que se enfrenten a una ciudadanía exigente. Si fuéramos otro tipo de electorado, más exigente, no asumiríamos que los programas están para incumplirlos, que decía Enrique Tierno Galván.
La vida pública no es sólo política, tiene también aspectos intelectuales, morales, económicos, religiosos; comprende los usos y costumbres humanas; el respeto por los demás; lamentablemente los propios políticos circunscriben con frecuencia su ámbito de actuación a intereses que difícilmente se identifican con el interés general. Los políticos han perdido el respeto al electorado hablan solo de ellos y para ellos.
Los intelectuales, entre los que humildemente pretendo que se me incluya, no convergemos, en muchos casos, con los políticos, aunque haya intelectuales que luego recalen en la política y posiblemente terminen contaminándose de inutilidad. El intelectual pretende aclarar las cosas –casi nunca lo consigue- , mientras que el político intenta confundirlas más de lo que ya estaban. Ortega decía que “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral (…) hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas prometen tiranías”; al final ser revolucionario o ser reformista es una cuestión de calendario.
La mayor parte de los ciudadanos quieren sosiego y, a decir verdad, lo que hace la política y los políticos es crispar, complicar la vida a quienes precisamente deberían arreglársela; todo menos hacer lo posible para que se pueda alcanzar la estabilidad en todas y cada una de las manifestaciones humanas; la política y los aparatos del Estado vacían a la persona de la soledad e intimidad tan necesarias para su desarrollo como tal.
Mentir es el verbo preferido del político. Si nuestros políticos estuvieran hechos de la misma pasta que Suárez, ese espejo en el que aún muchos dicen mirarse, repetirían aquello de «puedo prometer y prometo». Y después, si no cumplieran, se enfrentarían al coste político de haber fallado a los ciudadanos.
El bienestar de conciencia tendría que estar instalado entre los ciudadanos; las instituciones funcionarían para dar servicio a quienes las mantienen con sus impuestos y no al contrario. A modo de ejemplo, si no mintieran, la televisión pública hace tiempo que habría dejado de ser manipulada por el partido que gobierna, el Consejo General del Poder Judicial se elegiría con menor intervención política y el Senado sería una cámara útil, en vez del cementerio dorado de fieles militantes del partido. Basta ver imágenes de las instituciones y políticos que se creían retirados ahí siguen cobrando de los presupuestos; ejemplos de manual de supervivencia y mejor vivir. Si defraudar las expectativas electorales tuviera consecuencias, nuestros escolares serían bilingües hace ya tiempo, no habría lista de espera en los hospitales y la inversión en ciencia sería la que corresponde a un país desarrollado.
Con cierta frecuencia el poder e influencia de los demagogos cae sobre los ciudadanos, los demagogos han sido siempre los estranguladores de las civilizaciones. La demagogia radica en su irresponsabilidad ante las ideas que maneja y que no ha creado, bien al contrario se las han servido en bandeja verdaderos creadores; la demagogia es la degeneración intelectual que apareció en Francia en el sigo XVIII.
Apelar a los sentimientos, amores, odios, deseos y miedos para ganarse el favor de los pueblos se ha constituido como un arte; desde el “flautista de Hamelin” hasta los encantadores de serpientes, han dejado siempre un mensaje claro para el análisis y es que bajo el arte de la oratoria y de aparentes razones de valía atraen a las gentes y a sus decisiones en beneficio propio , para terminar viéndose siempre que aquellas razones no superan el más mínimo análisis. ¿Acaso queremos seguir a un músico que eleva al viento melodías maravillosos y no regresar jamás a la realidad cotidiana?. Es el momento de apelar a la cultura y sentido común de los ciudadanos para que sepamos valorar y defender nuestros intereses con el análisis de la gestión, de la seriedad, del cumplimiento; los forofos existen para el futbol, pero esto es mucho más serio; hay que hacer renacer al ciudadano responsable consigo mismo y la corresponsabilidad con los demás. Echemos de la vida pública a quienes engañan ¡¡Ya está bien de tanta demagogia!!.
M.A. Jurista
Febrero 2019

