
«Nadie es jamás tan viejo que después de un día no espere a otro» (Séneca)
«En la cofradía de los ignorantes e indiferentes donde las reglas vapulean la vida, hundió cien dagas en el pecho lleno de esperanza, hasta extirparle el último soplo de vida terrenal.»
Todos tenemos un viejo en nuestra vida.
Caminó despacio con sus pasos hastiados de tiempo y la mirada perdida en el pasado. Acarició el horizonte con gesto ausente. ¡Tantas huellas vestían de olvido su peregrinaje! que su rostro ajado y con pliegues de experiencias requerían un descanso.
Se sentó a la sombra de un viejo romero, y ahí abrazado a la sombra de las ramas renacidas en esa primavera pasada pudieron llorar sus ojos por una vida de ausencias.
Caminó la vida en la soledad de sus tristezas, erguido, como el roble que no se doblega, pero quebrado como pútrida madera.
El anciano de grisácea cabellera extendió sus manos para que la cálida brisa las cogiera y colmarlas de lagrimas sinceras.
Había amado hasta la locura de la dicha, pero la muerte le arrebató el sortilegio de un amor eterno.
En la cofradía de los ignorantes e indiferentes donde las reglas vapulean la vida, hundió cien dagas en el pecho lleno de esperanza, hasta extirparle el último soplo de vida terrenal.
Allá se alza el recuerdo de un sentimiento que no perece….dibujó en su mirada madura el semblante de un alma que aun se clava en el propio cuerpo, el de su amor que se niega a perder con la esperanza de un tiempo nuevo que haga gritar al silencio.
Unió los instantes de sus dolencias… la vida le quitó la razón de vivir; esta cofradía no entiende que pueda existir entre las personas una razón no material, es un amor que tiene derecho a ejercerse, va más allá, pero mucho más… reclama el derecho a vivirse en lo mundano de las eternidades.
Se despidió del viejo romero como caminando hacia un reencuentro, más allá de su propia muerte, buscando la esperanza.
Mariano Avilés – jurista
