«era un romántico de las causas perdidas de antemano pero siempre pensaba que pudiera obtenerse una victoria por pequeña que fuera; no se daba fácilmente por vencido y hacía de cada acto en la vida una bandera en busca de una justicia que en muchas ocasiones ni se podría adivinar que existiera.»
Martín Aldao caminó lentamente como si el tiempo hubiera ido atrapando sus pasos; la mente perdida en el infinito…. contemplando en la lejanía aquellas ideas que ni siquiera asomaban por su cabeza. Muchas huellas dejaron atrás los pliegues de sus recuerdos, bellos recuerdos que ahora pedían descansar.
Desde aquella atalaya natural en la que, una vez mas decidió detenerse, divisaba todo aquello que podía añorar: el agua del embalse, aquellas maravillosas piedras que tantas formas le sugerían, un cielo inmaculado vestido de azul y sobre todo la generosa sombra de las encinas centenarias que de forma caprichosa envolvían uno a uno los pensamientos que luego trasladaba a sus papeles.
Sin casi darse cuenta, los minutos, las horas fueron pasando y con el la luz del sol fue jugueteando con las sombras de las preciosas ramas de la encina mas próxima, retorcidas mirando hacia el cielo como queriendo coger la luz a bocanadas, dándole formas de capricho a las ráfagas de ese viento cálido de primavera que suavizaba los claroscuros de la dilatada existencia del maravilloso árbol hasta hacerla entendible.
Por un momento la nostalgia se apoderó de el y pensó en la maravilla del tiempo disfrutado, de los acontecimientos vividos y de cómo su alma había madurado a fuerza de golpes forjados en la constancia de la traidora indecisión, y como aquella encina se fue cubriendo de una corteza inexpugnable, dura y rugosa, aunque también de una belleza inusitada, especial que hacía imposible que el olvido se apoderara de Martín.
Pensó que quizás al rugoso tronco de la encina le pasaría algo parecido; los acontecimientos dejaron huella en su corteza, y con señorío contemplaba a quienes acudían hacia ella en busca de sombra o simplemente para aligerar su peso haciendo de su historia leña para el invierno; y aun así, ahí estaba tan altiva y saludable; seguro que se sentiría útil si tuviera sentimientos.
Escudriñó su alma en busca de los recuerdos más elementales… y allí estaban, buscó insistentemente en la memoria de sus tiempos que recordaba con facilidad el horizonte ya lejano de lo vivido y se le escapaban imágenes y datos que el tiempo alejaba sin piedad; curiosamente, los hechos mas recientes eran los mas fugaces; encontró sus logros y sus fracasos, solía redescubrir con cierta rapidez aquellos amores que le dejaron la huella inquebrantable de lo que felizmente sucedió y que aun conservaba en el barniz agradable que envolvía el ambiente, sus desamores conquistados y perdidos a lo largo de tanto tiempo; de ilusiones frustradas por volver a tener a quien quiso de forma desaforada.
Martín era un alma sensible, comprometida y vulnerable; recordó tiempos de poemas y rimas con mensaje que destilaba anhelos y emociones , la letra sustituía dulcemente y con armonía sentida a la mismísima palabra; la emoción tenía vida propia cuando leía y recitaba los poemas escritos para ella que se cobraban incluso alguna lágrima tanto de el como en la cara de ella con gestos que oscilaban entre expectantes e incrédulos; Melissa Armero era una mujer de exótica belleza, difícil de describir y acertar en su definición por mucho que se esforzara.
¡Tiempos aquellos! Se dijo a si mismo; ¿Cómo era posible que cuando Martín escribía pudiera decir cosas de tan extraordinaria belleza?, ¿Cómo era posible que hubiera desaprovechado cada momento para brindar aquella grandeza de la que era capaz?, ¿Cómo pudo ocultar al mundo tanta sensibilidad y en especial para quién escribía?. Igual que escribir un poema –pensó- es el arte de abrir el corazón a los demás, no escribirla era un acto de traición; pero aun tenía ese don que sin saber porqué ejercía caprichosamente de vez en cuando; la espontaneidad de sus pensamientos le conducían a ver el infinito con absoluta claridad; Martín tenía muy claro que la inspiración era Melissa Armero.
Escarbar en el alma le gustaba, cuando su estado de ánimo lo invitaba a la reflexión escrita, ciertamente disfrutaba, otras veces le desgarraba el alma con sumo placer; imaginaba momentos extraordinarios que arañaban un gramo de ilusión a la estresante existencia de los momentos de la estrategia política que padecía; aquello a lo que venía dedicándose desde hacía tanto tiempo y para lo que había vivido hasta que Melissa Armero apareció en su vida.
Empezó en política por afición, casi jugando, en aquellos momentos incipientes en los que había ganado la oposición para ser profesor de derecho político en la Universidad de Salamanca; parecía como si aquello de imaginar situaciones diplomáticas al límite fuera como jugar a guardias y ladrones, en los que el se colocaba siempre en el lado de los buenos, que eran evidentemente los suyos.
Dedicaba Martín sus esfuerzos a tratar de ser justo, a defender causas que posiblemente nadie quería defender, a perseguir aquellas injusticias que resultaban tan evidentes como ofensivas; era un romántico de las causas perdidas de antemano pero siempre pensaba que pudiera obtenerse una victoria por pequeña que fuera; no se daba fácilmente por vencido y hacía de cada acto en la vida una bandera en busca de una justicia que en muchas ocasiones ni se podría adivinar que existiera.
Hacía de sus clases verdaderos cuentos con historias inimaginables en las que los alumnos incluso se sentían protagonistas por una hora, dos veces en semana; así resultaron que sus clases estaban siempre llenas de esas mentes vírgenes que todo lo admiten, deseando recoger experiencias y momentos que les sirvieran para su posterior vida personal y profesional; era toda una explosión de esa fantasía teñida de realidad que todos necesitamos en algunos momentos de la existencia.
Solía mezclar sus charlas con inigualables momentos de lucidez en los que la poesía flotaba en todo el ambiente de aquella aula magna abarrotada de ilusiones que el solía administrar con gran maestría. Eran, sin duda, poemas de una belleza inexplicable, escritas por quien dedicaba sus tareas principales a asuntos terrenales, asuntos que rozaban la diplomacia como alternativa a las crisis del comportamiento humano con situaciones, a veces, un tanto oscuras; quizás aquellos poemas y pensamientos fueran el contrapunto necesario que buscaba el equilibrio entre lo humano y lo espiritual; lo humano que mostraba sin más el día a día de los quehaceres de las personas; lo espiritual que escudriñaba lo más alto, lo sensible, lo que hace grande a las personas y que provoca la diferencia de unos con los otros, pero indiscutiblemente la fuente de inspiración era Melissa.
Entre cuentos, poemas, anécdotas y vivencias se adivinaba el alma inquieta de Martín; Melissa escuchaba y a veces leía con delicadeza las sensibles palabras que salían de aquellos folios, algunos los había encuadernado y les mostraba devoción amorosa; la exquisita presentación y el cuidado con el que eran tratadas aquellas palabras escritas lo decían todo.
Melissa era una persona tímida y sencilla, con toques de dulzura tanto exterior como interior, de aspecto frágil y cuidado, con voz entre tenue y armónica, cuando hablaba daba ese toque perfecto a su voz para cautivar al escucharla, su armonía rozaba la perfección. Tuvo en su musa la inspiración permanente para sus pensamientos en el último tercio del tiempo vivido , eso le marcó de forma indudable; todo lo escribía pensando en aquella persona que pasó por su vida y no se quedó, aunque siempre permanecía en su memoria.
La mirada de Martín como sus escritos y sus pensamientos se proyectaban en el recuerdo de un sentimiento que no había fenecido, bien al contrario se retroalimentaba con cada frase, con cada artículo publicado, con cada conferencia dada, con cada palabra de las cuartetas que construía y que ahora las volvía a recordar desde esta atalaya.
Aunque las circunstancias hubieran cambiado extraordinariamente desde aquellos momentos en los que impartía sus clases hasta aquel día en el que aconteció el importante hecho de la firma de la adhesión al tratado de la Unión Europea envuelto en aquel incidente que terminó con la muerte misteriosa del agregado de la embajada de Portugal en España, un incidente en el que Martín se vio envuelto como investigador de un hecho que en principio no parecía grave y que al final resultó ser algo que nunca podría haberse imaginado. La noticia no trascendió.
La teoría que Martín impartía en las aulas tuvo que ponerla en práctica aquel profesor de éxito. Llamaron a Martín desde el Ministerio de Asuntos Exteriores para desarrollar una investigación rutinaria y terminó siendo el asunto más complejo de su vida profesional.
En esos momentos de tensión la calma y el sosiego la encontraba en la poesía y en su musa. No eran pocas las ocasiones en las que decía a sus interlocutores que quien no tuviera una musa en la que pensar tendría que inventarla, al igual que Don Quijote inventó a su Dulcinea particular; todos deberíamos tener nuestro referente de paz interior, alguien que en momentos de desasosiego debe guiar el camino por el ideal de lo que debería ser.
Estas paradas, tan necesarias en cualquier persona, Rolando Aldao lo practicaba con cierta frecuencia, motivado fundamentalmente por la necesidad de recomponer no solo el cuerpo, sino también sus dañados sentimientos por el roce con lo material, ordenar ese álbum de acontecimientos de la vida, sobre todo si lo vivido era intenso; muchos acontecimientos contemplaban su existencia……
(fragmento)
M.A. Jurista

