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hoy no tenemos nada que perder, salvo la vergüenza de ver reducido este país a cenizas; será entonces posiblemente cuando haya que refundarlo todo.
“Sin escuela, sin universidades, sin administración, sin parlamento, sin Cortes, sin seguridad, sin crédito territorial, sin flota, sin ejército, sin diplomacia”, así describe Pedro Dorado a España, catedrático dela Universidadde Salamanca, un año después de la derrota colonial de1898” http://www.youtube.com/watch?v=l9TDXngTEJw&feature=related
Aquellos intelectuales del 98 llenaron muchas páginas de artículos diagnosticando los graves males del país, tratando de conocer las causas para encontrar las soluciones, porque los efectos eran claros. Posteriormente Ortega y Gasset en Vieja y nueva política (1914) y el socialista Araquistáin en España en el crisol (1920) sentencian que no hay recambio para la renovación, para solucionar lo que ya era una crisis generalizada y terminal; Ortega decía que había un síntoma revelador de esa decadencia extrema: “la ausencia en toda Europa de una ilusión hacia el mañana” y Azaña diría “estamos en un momento crítico de la historia”.
Momentos difíciles como aquellos guardan un gran paralelismo con lo que ahora está sucediendo en Europa y en el mundo entero; estamos asistiendo a una profunda conmoción moral y una enorme transformación económica con la resultante de una crisis del régimen parlamentario, todo ello, como entonces, nos pudiera hacer entrar en un periodo de “convulsiones violentas”, motivadas también por la ansiedad social y el deseo de confrontación que, sin duda, tienen una especial participación las facciones de izquierda.
El paralelismo de lo que ocurrió a finales del siglo XIX con aquella generación vencida por los acontecimientos de una España decadente, que continuó con una crisis de identidad a comienzos y en la primera mitad del siglo XX con la guerra civil, se traslada, sin solución de continuidad al actual siglo XXI en una crisis del sistema capitalista sin precedentes, azuzada por elementos del propio sistema que pese a los mecanismos de información actuales, la sociedad civil no alcanza a comprender.
Estamos en un momento especialmente complicado, en el que la sociedad está a la deriva, sin un punto de amarre dónde poder referenciarse para sentirse segura; con un gobierno que, a mi juicio, hace lo que su responsabilidad le dicta que tiene que hacer; sabemos además que tampoco hay mucha más alternativa que la de someterse a los dictados de quien manda enla UniónEuropea, ese invento bastardo montado para que determinadas castas sigan manteniendo su estatus cada día más cuestionado.
A la sociedad española no le basta con tener un gobierno responsable y que las acciones que realice las haga para salvar de la quema a un país que ya se le ha situado sobre los maderos listos para encender la mecha y salir ardiendo; hace falta claridad y comunicación, algo que no se está dando a los ciudadanos cuando se les exige esfuerzos, esfuerzos a cambio de cada vez menos servicios.
Posiblemente sean estos los servicios que podamos tener con una economía despilfarradora sin precedente, en un estado de las autonomías a las que les ha venido grande el reconocimiento constitucional, pero que si no se reforma será el cáncer que terminará matando a este país. Tenemos que saber que piensa el Presidente del Gobierno hoy callado y mudo, una ausencia de comunicación que delata inseguridad y que se nos trata como a ignorantes o lo diré de otra manera, a perfectos imbéciles que se les llama para ir a las urnas y para pagar impuestos y a partir de ahí nada.
No es que se exija mucho, simplemente comunicar, comunicar y comunicar y esto el gobierno, con independencia de sus errores (por acción y no por omisión como haya sucedido anteriormente) y sus aciertos; estoy convencido que si se nos dice lo que pasa y el porqué de las medidas que se toman podremos comprenderlo.
Siempre han sido los políticos, los periodistas y los intelectuales los que han marcado el paso con sus análisis del transcurrir de los tiempos y acontecimientos presentes y futuros. Victor Pérez-Díaz, entre otros, llegó a decir en el artículo titulado El fin de la ceguera política, publicado en El País el 13 de febrero de 2004 que “en España se acerca una crisis de dimensiones extraordinarias”. Ahora al igual que en 1898, de los análisis del enfermo no sale un buen pronóstico, lo malo que entonces perdimos una buena parte de nuestros territorios de ultramar, hoy no tenemos nada que perder, salvo la vergüenza de ver reducido este país a cenizas; será entonces posiblemente cuando haya que refundarlo todo.
Mariano Avilés – jurista
