«Hoy recuerdo aquel fatídico día de mi treinta cumpleaños, el once de marzo –en el que nuevamente volví a nacer- ; puedo ver el oprobio y la vergüenza, la injusticia que se ha hecho con las víctimas de aquella matanza; que la desvergüenza cometida con la representación teatral llevada a cabo por jueces y autoridades sea reparada para que la memoria de tanto dolor se vea calmada con la serenidad de saber que quienes murieron inocentemente y quienes estuvieron afectados y heridos han sido reparados con memoria digna de la sociedad pero sin la justicia de quienes debieron haberla impartido».
Si fuera mas guapa
y un poco más lista,
si fuera especial,
si fuera de revista,
tendría el valor
de cruzar el vagón
y preguntarte quién eres.
Y así pasan los días
de lunes a viernes,
como las golondrinas
del poema de Bécquer,
de estación a estación,
enfrente tu y yo,
va y viene el silencio.
Un día más sonó mi despertador; las horas que estaban por llegar en este jueves once de marzo no me aplastaban el ánimo como lo hiciera cualquier otro día del año. A la misma hora de siempre, como siempre, me levanté y en mi interior noté un exceso de energía fuera de lo habitual; por delante quedaba aun toda la jornada de trabajo, en un lugar al que acudo desde hace años; quiero hacer de este día algo especial, dije, todos los años tengo este día especial y es precisamente hoy.
Pese a la energía positiva que recorre mi ánimo, no dejé de tener la sensación de la rutina implacable cuando de forma matemática salgo de casa; a la misma hora temprana me encamino hacía la estación de cercanías para subirme a ese tren que me llevará al mundo dónde las emociones se aparcan y los sueños se ven a la distancia suficiente para incluso no reconocerlos; el mundo del trabajo es otro mundo, es un paréntesis en la vida de las personas y aun así lo valoro por lo que vale, también lo utilizo para comparar con otros espacios del corazón y de la mente, compartimentos bien diferentes.
Siempre veo a las mismas personas, porque sistemáticamente y de forma instintiva me coloco en el andén de la estación en el mismo punto, exactamente a la misma distancia de este panel que anuncia la llegada de los trenes y justo enfrente de aquel otro panel publicitario que hay en el andén del otro lado de la vía, un ritual maniático que podemos tener las personas y que no modificamos porque no nos damos ni cuenta, y además, ¿para qué voy a modificarlo?. Allá distingo al mismo señor del sombrero y también a los mismos estudiantes con los libros preparados y enfrascados en la charla matinal obligada, aunque todo hay que reconocerlo, el ánimo irá apareciendo a medida que la mañana transcurra. Los vigilantes deambulan de derecha a izquierda con paso cansado, observadores de todo, sin mirar.
Lo intuyo, en la distancia no los oigo, pero sus conversaciones son de pocas palabras y gestos lentos; me pasaría igual si me diera por charlar con mis acompañantes anónimos en este lado del anden que es la entrada para que me transporten, una vez más, envuelta en pensamientos perezosos y pasos cansados que me recorre el alma.
Como un protocolo establecido, sin posibilidad de error, anuncian el tren que cada día se encuentra conmigo, llegará en los tres minutos que faltan para que sean las siete y media de la mañana; en estos minutos todavía tienen que aparecer las personas que curiosamente echo de menos; pienso que el tren no aparecerá hasta que no estemos todos, y mentalmente comienzo a comprobar quien falta.
En este día, la ida hacia Madrid será normal, posiblemente algo más alterada de lo habitual, pensando en lo que me espera cuando termine mi trabajo; por la tarde tengo cosas interesantes que hacer, veré amigos y hasta es posible que tenga que hacer historia de lo que me ha sucedido este último año, sin que mi tiempo me haya dado ni un minuto de sosiego, a mi existencia expectante; a veces entre semana –pienso- es saludable romper con el hábito que quieren imponerme mis piernas para dirigirme a los mismos sitios, a las mismas horas; así es la vida en la ciudad en la que terminas pagando con muchas horas de tu vida los viajes que se hacen por los caminos trazados, que casi siempre, son difíciles de modificar una vez que los has iniciado.
En estos pensamientos perezosos y lentos he dedicado, durante años, los minutos de espera; mi agenda mental muchas veces no me responde de forma ágil; pero este once de marzo es especial, y parece que me invita a hacer el análisis de lo que va a pasar a partir de ahora como si lo tuviera delante de mi. ¡Un gran día!.
Creo que estamos todos, dije en mi recuento último de quienes deberían estar esperando el tren; acaban de llegar estos chiquitos jóvenes que tanto gracia me hacen, les calculo veintidós años más o menos a cada uno. Como si de máquinas se tratase, tomamos el tren de la misma manera, incluso sabemos quién nos precede y quién estará detrás; de forma clara y decidida cedo el paso porque he alterado el orden de una fila que no está escrita en ninguna parte; es una regla impresa en la mente de las personas que, sin saber por qué, se cumple a rajatabla.
Nuevamente ocupo el segundo asiento del tren, el que está justo a la izquierda según subo, el que está mirando en el sentido de la marcha, en el pasillo; enfrente , otra chica, ella y yo nos buscamos instintivamente para ubicar nuestra tranquilidad de que nada se altera; la saludo con la mirada, como todos los días; siempre he pensado que tiene que ser bibliotecaria, lleva cascos puestos; esta es una tarea –la de asignar profesiones a quienes ves- que ayuda a pasar el tiempo muerto y a conocer a los demás aunque no te hayas presentado nunca.
En el otro lado del pasillo, al lado de la ventanilla los jóvenes que han cogido el tren en el último minuto; ¡claro –pensé yo- si no hubieran aparecido el tren tendría que haberlos esperado!, tratando de poner un tono de humor que rompiese todas las piezas de este puzle de acontecimientos y personas, que día tras día encaja a la perfección.
He observado tanto a lo largo del tiempo y de las horas consumidas, que este tren es familiar, muy familiar, como mi casa, como mi trabajo, como mis amigos, es algo mío y pienso que si me falta algún día con sus gentes dentro, no seré yo misma.
Reparo nuevamente en los jóvenes que día a día tienen una actitud curiosa; ella lleva una falda de colores vivos, algo distinto de lo habitual; el como siempre, vaqueros y camisa debajo del abrigo necesario en esta temprana mañana de marzo dónde el frío todavía se hace notar.
El tren trata de animar a sus ocupantes con trote decidido y veo pasar el paisaje de todos los días con los mismos intervalos de ese tiempo que aun bosteza, con los mismos gestos de la luz del día que guiña un ojo e ilumina el recorrido; miro a mi alrededor y no conozco al hombre que está a mi lado, tampoco al que está junto a la “bibliotecaria” y que parpadea insistentemente ante la ventana que le sirve de barrera entre el interior del tren y el exterior del mundo.
Las estaciones pasan por la memoria como un reloj pasa a las tres después de dar las dos, mentalmente pienso que faltan ocho minutos para llegar a la estación de Atocha de Madrid; la magia aparece todos los días cuando subimos al tren en el mismo sitio y se desvanece cuando en el interior del vagón una voz de metal te anuncia que la próxima estación es Atocha cercanías; ahí te preparas para bajar.
Los jóvenes hoy tienen una actitud distinta, hay gestos de complicidad entre ellos, silencios y miradas, suspiros y tartamudeos; el parece más pasivo y reservado, quizás por vergüenza, y al final ella le toma la mano antes de llegar al túnel final….
http://www.youtube.com/watch?v=cQHkDCaa5Ac
Pasados siete días, siete largos días inexistentes en mi vida, me desperté en la cama de un hospital, pude saber que el tren, ese sitio que yo tenía como mi lugar privado de reunión, con mis gentes de siempre, mis compañeros de viaje, había estallado en un atentado cometido por alguien desconocido que violó nuestro sitio y arrancó muchas vidas, sin saber por qué.
A mis queridos jóvenes nunca más volví a verlos al igual que a la bibliotecaria que ocupaba un lugar en el asiento de enfrente, a tantos y tantos no los volví a ver….; aquel tren se escapó definitivamente de mi vida y con ellas mis gentes.
Ahora después de nueve años de aquel fatídico día de mi treinta cumpleaños, el once de marzo –en el que nuevamente volví a nacer- , puedo ver el oprobio y la vergüenza, la injusticia que se ha hecho con las víctimas de aquella matanza; la sociedad clama, pide honor y justicia, y que la desvergüenza cometida con la representación teatral llevada a cabo por jueces y autoridades sea reparada, para que la memoria de tanto dolor se vea calmado con la serenidad de saber que quienes murieron inocentemente y quienes estuvieron afectados y heridos han sido reparados con memoria digna por la sociedad aunque sigan sin contar con la justicia de quienes debieran haberla impartido.
http://www.youtube.com/watch?v=qov5aNKIJf0
Mi homenaje y recuerdo, hoy jueves a la víctimas del terrorismo y de aquel terrible atentado contra la dignidad .
Mariano Avilés – jurista

