7 marzo 2023

Soy universitario desde hace bastantes años y he vivido la universidad como la he  sufrido de alumno y ahora siendo profesor, en este caso también de sufridor.

Del espíritu de aquellos años, de mi estancia en la universidad como alumno queda poco, más bien casi nada; me estoy refiriendo a la universidad entendida como paso previo a decidir cuál era el camino que cada joven decidía seguir.

Entonces había dos caminos, uno era la denostada formación profesional que te llevaba de cabeza al duro trabajo manual en empresas rudimentarias y por tanto poco especializadas, y otro el de la universidad que era sinónimo de categoría intelectual y posiblemente social en una España que comenzaba a andar el camino del progreso.

Aun así, escogieras el camino que escogieras, aunque fuera el más sencillo, dependiendo de las aspiraciones y, por supuesto, de las influencias de amigos, nada era fácil. Exigencias máximas llevaban a trabajadores y a estudiantes a cursar por una suerte de vida bastante exigente, lo que requería esfuerzos importantes desde el punto de vista de resistencia personal como de aguante económico.

En los años setenta apareció una tercera vía, una salida mixta que fue la del trabajo alternado con el estudio, y esta fue mi opción, sabedor de los esfuerzos que suponían trasladarse desde el pueblo a Madrid, porque por aquel entonces había solamente universidad y posibilidades de trabajar a la vez en las grandes capitales como era el caso de la capital de España.

Y así fue, la jornada de trabajo no era sencilla, se vivía intensamente, con horario nocturno de clases de universidad muy exigentes, aunque fueran un bálsamo intelectual, dónde los profesores eran dioses del Olimpo y dónde sus clases eran un regalo para el oído de quienes aspirábamos a saber algo de las disciplinas elegidas, en mi caso primero la psicología y después el derecho.

Por aquel entonces, si tenías la oportunidad de trabajar y estudiar podías tener una vida independiente alquilando un piso que a veces servía para el resto de la familia si querían seguir los pasos del que abría el camino y trasladarse también a la capital.

Se notaba quienes iban a la universidad por la mañana e incluso por la tarde; tenían otra forma de ver la vida y otro porte que no era sino el de disponer de tiempo para sus apetencias. Distintos éramos los que acudíamos a la universidad por la tarde-noche, quizás más tranquilos por el cansancio que recordaba la jornada de trabajo; bendita rutina: trabajo, clases en la universidad y estudio nocturno. Teníamos pocas ganas de fiestas, aunque evidentemente nos gustaran.

La universidad supuso para mi ese esfuerzo adicional que había que hacer para mejorar las expectativas en la vida y procurarse un mejor trabajo, partiendo de que en mi caso el trabajo no era malo y estaba bien remunerado.

Hoy llevado por la comparativa que inevitablemente se establece con lo que has vivido y lo que conoces ahora, entiendo que me lleva a una tristeza letal. Las circunstancias han cambiado, evidente, pero no lo han hecho para mejorar sino todo lo contrario.

He permanecido dando clase en la universidad ocho años porque quería constatar que el transcurrir del tiempo no solo había llevado a disponer de una enseñanza universitaria mejor, moderna y rejuvenecida (valores intrínsecamente positivos), aun manteniendo la esencia de lo que es la Academia, de lo que son los profesores y lo que es el esfuerzo y la disciplina y, la verdad, no salgo contento de esta aventura de universidad privada, por lo que entiendo que la deriva de la pública pudiera empeorar mi conclusión.

Dar una asignatura tan peculiar a los alumnos de farmacia como es la legislación farmacéutica (una aprendiz de asignatura que lo único que hace es cubrir el expediente) se me antoja tan complicado como hablarle del cosmos a un minero que a duras penas ve el sol. Yo lo he intentado, siempre lo he intentado, pero aun así es muy difícil imbuir de cultura jurídica a quienes ya de por sí detestan todo aquello que no huela a formulación magistral, cual es el caso al que me refiero.

La burocracia tecnológica discrimina a quienes tradicionalmente todavía nos gusta leer libros en papel y no en Tablet; soy de esos que nunca avanzan al ritmo de los tiempos tecnológicos; me he prometido a mí mismo que sabré lo estrictamente necesario para no quedar aparcado en el mundo de la obsolescencia y poder defenderme de las agresiones y requerimientos tecnológicos en todos los ámbitos de la vida y, hete aquí, compruebo que la burocracia de entonces en la universidad se ha tornado en la burocracia y dependencia tecnológica de ahora.

Pensar que he de someterme como profesor a la valoración de alumnos es tanto como decir que sobre el poder de los alumnos nada se resiste. La sociedad en general y la universidad en particular creo que entiende mal algunos conceptos que estaban bien asentados como era el principio de autoridad y, precisamente concediendo a los alumnos la posibilidad de valorar a los profesores, el principio de autoridad ha quedado devaluado y si cabe puesto en entredicho.

Hoy el alumno exhibe soberbia, ese sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo, es creerse por encima de los demás, si se es católico ya no es solo un modo de comportamiento desmedido y prepotente sino, además, un pecado capital. Esto es lo que la universidad ha dado a los alumnos o educandos; hoy ellos son los educadores y seremos los demás los que deberemos adaptarnos al cambio revolucionario que impulsan gobiernos desnortados.

Desde el ministerio del ramo no existe la más mínima preocupación por el declive de los valores que deberían conformar el mundo universitario, bien al contrario, cuanto más burdos sean los mensajes mejor parece encajar en una sociedad compleja en la que pululan individuos que acaban de dejar la adolescencia y que mañana serán quienes regirán los destinos de la sociedad; una pena.

Los valores de la universidad en general son superfluos, están basados en la materialidad y la inconsistencia. Baste decirle a cualquier alumno que desarrolle gramatical y sintácticamente una frase, y no sabrá; baste pedirle una coherencia en las expresiones escritas y no sabrá y baste preguntarle por cualquier tema social o cultural y no tendrán una opinión consolidada; es el nihilismo, es la nada.

He tenido la fortuna de pulsar cuanto describo en alumnos que están terminando la carrera, lo cual implica, no solamente que su formación previa a la universidad deja mucho que desear, sino que su formación humanística es nula, no entienden lo que es formarse como persona para afrontar un futuro con alicientes humanísticos fuera de la confrontación material. Las dos partes deberían ser importantes, complementarias y no excluyentes.

Quiero referirme, para ir terminando, a Cervantes para pedir como pidió él que no se desperdiciase su trabajo, sus palabras y se le dieran las alabanzas que le correspondían, no por lo que escribía, sino por lo que dejó de escribir porque no pudo.

Mucho se puede escribir de la formación y de la cultura de las nuevas generaciones universitarias y mucho se puede escribir sobre las cambiantes políticas de educación; referirse a ello de manera negativa no es sino reconocer el fracaso de una sociedad que no ha sabido conservar el tesoro de su grandeza para enseñarla y transmitirla a las siguientes generaciones. ¿Qué se puede esperar de gobernantes ignorantes e incultos, si no es frustración y zafiedad?.

Mariano Avilés – Jurista

Marzo 2023

no