12 junio 2022

Hablar de comunismo es retrotraernos a los episodios más sórdidos y oscuros de todos los tiempos. Para hablar sobre el comunismo hay que leer y documentarse de la forma más objetiva posible. Cuantos de quienes hoy se llaman comunistas no han leído ni una sola frase de lo que el comunismo ha supuesto para el mundo a lo largo de su historia y tampoco pretenden hacer el mayor esfuerzo en rectificar porque están asentados en el poder tratando de infundir doctrina; puros estafadores de conciencias.

El movimiento comunista impregnó el mundo y fundamentalmente Europa de un color grisáceo casi negro del quehacer humano por alcanzar cotas de libertad legítimas allá dónde no existían y que representaban, y aún representan, un agravio al compararlas con sociedades más avanzadas y cohesionadas. Hoy hablar de comunismo es algo viejuno, carente de ideas y postergado por las sociedades que quieren avanzar con libertad.

Como diré más adelante en febrero de 1917 estalló la revolución más violenta de todos los tiempos, proclamando un solo grito de esperanza para todos “los desdichados y humillados”. En Moscú, los trabajadores obligaban a sus patronos a aprender las bases del futuro derecho obrero; en Odesa los estudiantes dictaban a su profesor un nuevo programa de historia de las civilizaciones; en el ejército , los soldados invitaban al capellán a que asistiera a sus reuniones  para que generaran un sentido a su vida y los niños inventaron para los menores de catorde años el derecho a aprender boxeo para que los mayores les hicieran caso. ¡El mundo al revés!.

Los obreros pasaban de las reivindicaciones económicas a las demandas sociales, que implicaban un cambio radical de las relaciones sociales entre patronos y asalariados y otra forma de poder. Organizados en comités de fábrica, cuyo objetivo primero era controlar la contratación y los despidos e impedir a los patronos que cerraran abusivamente la empresa con el pretexto de interrupción de los suministros, los obreros llegaron a exigir el «control obrero» de la producción. Pero para que este control obrero llegara a tener vida, era preciso una forma absolutamente nueva de gobierno, el «poder de los soviets», único capaz de adoptar medidas radicales, fundamentalmente la ocupación de empresas, y su nacionalización, una reivindicación desconocida en la primavera de 1917, pero cada vez más situada en primer lugar seis meses más tarde.

De junio a octubre de 1917, más de dos millones de soldados, cansados de combatir o de esperar con el estómago vacío en las trincheras y las guarniciones, desertaron de un ejército que se disolvía. Su regreso a la aldea alimentó, a su vez, los disturbios en los campos.

El comunismo se sitúa en esta parte de la historia desbordante de tragedias. El comunismo, fenómeno trascendental del siglo XX que comienza en 1914 y concluye en Moscú en 1991, se encuentra en el centro mismo del panorama de acontecimientos.

Debiera distinguirse entre la doctrina y la práctica del comunismo. Como filosofía política, el comunismo existe desde hace siglos, incluso milenios. Platón en “La República”, defendió la idea de una ciudad ideal donde los hombres no serían corrompidos por el dinero ni el poder, donde mandarían la sabiduría, la razón y la justicia. Tomás Moro, canciller de Inglaterra en 1530, autor de la famosa Utopía y muerto bajo el hacha del verdugo de Enrique VIII, fue otro precursor de esa tesis de la ciudad ideal. La trayectoria utópica da la impresión de ser perfectamente legítima como crítica útil de la sociedad.

El comunismo del que hablo aquí no se sitúa en el cielo de las ideas. Se trata de un comunismo muy real, que ha existido en ciertos países, encarnado por dirigentes célebres —Lenin, Stalin, Mao, Hô Chi Minh, Castro, etc.

Básicamente los regímenes comunistas han actuado «en el nombre de un Estado que ha practicado una política de hegemonía ideológica», y en nombre de esta doctrina, fundamento lógico y necesario del sistema, fueron asesinados decenas de millones de inocentes sin que pudiera imputárseles nada en particular, a menos que se reconozca que era un crimen  ser noble, burgués, kulak, ucraniano e incluso obrero o… miembro del partido comunista.

Existe un silencio cómplice sobre los crímenes comunistas, un silencio social, político y hasta académico sobre esta catástrofe que ha afectado, desde hace más de ochenta años, a una tercera parte de la población en todos los continentes. Es imposible analizar históricamente el comunismo sin poner sobre la mesa el concepto del crimen sistemático, de masa contra la humanidad, ¿o acaso es una actitud de no querer saber o un temor a tratar de comprender?. Los verdugos siempre hacen lo imposible por borrar las huellas de sus acciones e incluso para justificarlas. 

El hermetismo en los países comunistas, el control total de la prensa, medios y de todas las salidas hacia el extranjero, la propaganda sobre los «éxitos del régimen», todo este aparato de bloqueo de la información ha perseguido impedir que saliera a la luz la verdad sobre los crímenes y no contentos con esconder sus crímenes, los verdugos y los iluminadores de la conciencia humana combatieron por todos los medios a los hombres que intentaban informar; hubo intentos de dar información por algunos observadores y analistas sin que el éxito pudieran celebrarlo porque las mismas víctimas dudaban a la hora de manifestarse.

Cuenta la historia que el primer gran cambio en el reconocimiento oficial de los crímenes comunistas se sitúa el 24 de febrero de 1956. Esa tarde, “Nikita Jrushchov, Primer secretario, sube a la tribuna del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, el PCUS. La sesión es a puerta cerrada. Solo los delegados al congreso asisten a la misma. En medio de un silencio absoluto, aterrados, escuchan al Primer secretario del Partido destruir metódicamente la imagen del «padrecito de los pueblos», del «genial Stalin» que fue, durante treinta años, el héroe del comunismo mundial”.

Este informe, conocido desde entonces como el «informe secreto», constituye una de las inflexiones fundamentales del comunismo contemporáneo. Por primera vez, un dirigente comunista del más alto rango reconoció oficialmente, aunque solo para información de los comunistas, que el régimen que se había hecho con el poder en 1917 había conocido una «derivación» criminal.

Jrushchov fue valiente, incluso, aunque en 1956 no dudó en enviar los blindados soviéticos a Budapest. En 1961, durante el XXII Congreso del PCUS, Jrushchov recordó no solamente a las víctimas comunistas sino también al conjunto de víctimas de Stalin, y propuso incluso que se erigiera un monumento en su memoria. Sin duda había traspasado el límite invisible más allá del cual se ponía en cuestión el principio mismo del régimen: el monopolio del poder absoluto reservado al Partido comunista.

Posteriormente, ya en los años setenta y ochenta, Solzhenitsyn publicó Archipiélago Gulag y después el ciclo de los «Nudos» de la revolución rusa y provocó un verdadero trauma en la opinión pública.

Por los archivos se confirman no solo los testimonios puntuales, sino que permiten ir mucho más allá. Los archivos internos del sistema de represión de la antigua Unión Soviética así como de las antiguas democracias populares y de Camboya, arrojan luz sobre una realidad aterradora: el carácter masivo y sistemático de terror, que, en muchos casos, ha desembocado en crímenes contra la Humanidad.

Existía terror en aquellos que pretendían fundamentar su autoridad en la competencia, el saber, el servicio público entendido en su verdadera dimensión o en el antiguo derecho divino.

La Historia con mayúscula se debe a la humanidad. Ningún tema debe estar vetado para quien investiga la historia incluso con presiones políticas, ideológicas, personales, el historiador debe alcanzar la meta del conocimiento, de la exhumación y de la interpretación de los hechos, sobre todo cuando estos han estado durante mucho tiempo y de manera voluntaria hundidos en el secreto de los archivos y de las conciencias por voluntad de quienes alteran la convivencia.

La historia negra del comunismo es amplia, no es solo la Unión Soviética, también alcanza a la China maoísta, a Corea del Norte y a la Camboya de Pol Pot. Cada nación comunista ha estado unida por una especie de cordón umbilical a la matriz rusa y soviética hasta desarrollar un movimiento mundial que azota a toda la Humanidad como una plaga.

Un cierto grado de amnesia oficial, pudiera parecer necesaria para curar las heridas de todo tipo provocadas por medio siglo o más de comunismo. Allá donde el comunismo continúa en el poder, los verdugos o sus herederos llevan a cabo o una negación sistemática, como en Cuba o en China, o incluso continúan reivindicando el terror como forma de gobierno como en Corea del Norte. Este deber de la historia y de la memoria posee indudablemente un aspecto moral.

La revolución comunista se cimienta sobre la impotencia del Gobierno para enfrentarse a los grandes problemas de la nación, la debilidad de las instituciones y de las autoridades tradicionales, el desarrollo de los movimientos sociales, y el fracaso de la tentativa de golpe militar del general Kornílov permitieron al partido bolchevique volver a salir a la superficie, a finales del mes de agosto de 1917, dándose una situación propicia para tomar el poder mediante una insurrección armada.

El «poder para los soviets» (Lenin -Tesis de abril), era el lema, sin duda, más popular en la Rusia de 1917, y se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en el poder del partido bolchevique sobre los soviets. En cuanto al «control obrero», otra reivindicación fundamental de aquellos en nombre de los cuales los bolcheviques pretendían actuar, los proletarios de Petrogrado y de otros grandes centros industriales, fue rápidamente descartada en beneficio de un control del Estado pretendidamente «obrero», sobre las empresas y los trabajadores.

 Lo que digo a continuación es posible que nos suene si comparamos aquella situación de inestabilidad comunista con la España de 2022, de un gobierno de coalición entre socialistas y “unidas podemos”, con apoyos periféricos de separatistas y filoetarras. En aquel momento se instaló una incomprensión mutua entre el mundo obrero, obsesionado con el paro, por la degradación continua de su poder adquisitivo y por el hambre, y un Estado- que no el gobierno- preocupado por la eficacia económica.

Desde el mes de diciembre de 1917, el nuevo régimen tuvo que enfrentarse con una oleada de reivindicaciones obreras y de huelgas. En algunas semanas, los bolcheviques perdieron lo esencial del capital de confianza que habían acumulado en una parte del mundo laboral durante el año 1917.

El Gobierno institucionalizó la moción de «enemigo del pueblo». Un decreto firmado por Lenin estipulaba que «los miembros de las instancias dirigentes del partido constitucional-demócrata, partido de los enemigos del pueblo, quedan fuera de la ley y son susceptibles de arresto inmediato y de comparecencia ante los tribunales revolucionarios».

Estos tribunales acababan de ser instituidos en virtud del «decreto número 1 sobre los tribunales». Según este texto quedaban abolidas todas las leyes que estaban «en contradicción con los decretos del Gobierno obrero y campesino, así como de los programas políticos de los partidos socialdemócrata y socialista revolucionario». Mientras esperaban la redacción de un nuevo código penal, los jueces tenían la máxima flexibilidad para apreciar la validez de la legislación existente «en función del orden y de la legalidad revolucionaria».

Con la creación de una comisión de suministros, cuya primera proclama estigmatizaba a las «clases ricas que se aprovechan de la miseria», afirmaba: «que es hora de requisar los excedentes de los ricos y, por qué no, sus bienes». El 11 de noviembre de 1917, la comisión de suministros decidió enviar inmediatamente destacamentos especiales, compuestos por soldados, marinos, obreros y guardias rojos, a las provincias productoras de cereales, a fin de procurarse y expropiar los productos alimenticios.

Desde el otoño de 1917, millares de grandes propiedades rústicas habían sido saqueadas por los campesinos encolerizados, y centenares de grandes propietarios habían sido asesinados. En la Rusia del verano de 1917, la violencia era omnipresente. Esta violencia no era nueva, pero los acontecimientos del año 1917 habían permitido la convergencia de varias formas de violencia presentes en estado latente: una violencia urbana «reactivada» por la brutalidad de las relaciones capitalistas en el seno del mundo industrial; una violencia campesina «tradicional»; y la violencia «moderna» de la Primera guerra mundial portadora de una extraordinaria regresión y una formidable brutalización de las relaciones humanas.

Convertir a Rusia en «el país más libre del mundo» fue el sueño de idealistas como el príncipe Lvov, jefe de los dos primeros gobiernos provisionales.

«El espíritu del pueblo ruso», dijo en una de sus primeras declaraciones, «demuestra ser, por su misma naturaleza, un espíritu universalmente democrático. Está dispuesto no solo a fundirse en la democracia universal, sino a ponerse a la cabeza en el camino del progreso jalonado por los grandes principios de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad.» Asentado sobre estas convicciones, el gobierno provisional multiplicó las medidas democráticas —libertades fundamentales, sufragio universal, supresión de toda discriminación de casta, de raza o de religión, reconocimiento del derecho de Polonia y de Finlandia a la autodeterminación, promesa de autonomía para las minorías nacionales, etc.— que debían, según pensaba, permitir un vasto salto patriótico, consolidar la cohesión social, asegurar la victoria militar al lado de los aliados y unir sólidamente al nuevo régimen con las democracias occidentales; todas estas características no son sino mera utopía divulgada por la casta que manda.

Aquel duro año terminó con insurrección como una gran prueba de fuerza entre un Estado sin Gobierno y un Gobierno sin Estado, en ese movimiento el partido bolchevique encarnó la voluntad de derrocar el régimen nacido en febrero. En octubre de 1917 se pudo generar un movimiento de masas sabiendo que enfrente no había nada. Lo cierto que es durante toda la existencia de comunismo han tratado de barrer y eliminar ideas, personas y proyectos, aunque finalmente el comunismo llegara a hundirse en su propia miseria y autocracia; un ejemplo para no seguir, aunque algunos se empeñen en revivir al muerto. ¡Nada nuevo bajo el sol!.

Mariano Avilés – jurista

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