
«Se cumple, por tanto, un año desde que se ocultó (2020) de forma perversa e irresponsable la posibilidad de contagio social por una pandemia incipiente de la que el Gobierno tenía puntual información del peligro por aquellas concentraciones, no solo no prohibidas, sino alentadas por grupos mediáticos….»
Un año más se acerca el día 8 de marzo, día de luto, y me siento mal. Ese día fatídico en el que señaladas feministas salen a la calle vociferando consignas. Feministas de carnet que no representan a la mujer con mayúsculas; feminismo que dejó de ser hace tiempo la definición del género femenino, y que estas transgresoras van contra ella claro, y contra los hombres.
Se diría que son ellas mismas, esas que se las identifica tan pronto abren la boca para proferir consignas contrarias a la regeneración social y a la igualdad entre las personas, están hechas como en un molde, todas muy parecidas, no necesitan uniforme para saber que forman parte de un conjunto inconfundible, representan la pérdida de la propia esencia femenina para pasarse al lado contrario y convertirse en una suerte de macho cabreado; no hay más que ver a la Ministra de Igualdad, da miedo, aquella a quien su macho alfa le puso no un piso, le puso un Ministerio bien pagado por todos; feministas de carnet, de salón y con el riñón bien cubierto a base de subvenciones, militan muy lejos de lo que pudiéramos llamar un movimiento femenino sensato. Ya sabemos, el feminismo es progre dentro de su totalitarismo y el machismo lo peor.
Se cumple, por tanto, un año desde que se ocultó (2020) de forma perversa e irresponsable la posibilidad de contagio social por una pandemia incipiente de la que el Gobierno tenía puntual información del peligro por aquellas concentraciones, no solo no prohibidas, sino alentadas por grupos mediáticos de quienes se autodenominan progresía y que son el regreso al mundo oscuro, regresar a las actuaciones más tenebrosas del ser humano para perjudicar a los demás ciudadanos, como así sucedió. El lobby feminista de presión puesto al servicio de intereses políticos bastardos.
¿A cuántas personas provocaron la muerte con aquella forma desatada de reivindicar los derechos que ya nadie discute? ¿Cuántas muertes se hubieran evitado si estas vocingleras se hubieran reservado en su exaltación? ¿Cómo se puede ser tan sectarias condenando puntuales ataques a la mujer, aireados por los medios de comunicación, pero callando otros clamorosos ataques por intereses políticos como sucedió, por ejemplo en Baleares?. ¡¡Se les ve el plumero desde Marte!!.
Con lo que digo no trato de callar a nadie que esté en su sano juicio; denuncio que en la sociedad actual para alcanzar los plenos derechos de cualquier colectivo no se necesitan de actuaciones contrarias a la conducta humana responsable ni al orden. Los tiempos avanzan tan deprisa que, si hablamos de feministas, estas reivindicaciones que exhiben parecen ya de la Edad Media. Hoy por fortuna la mujer goza de un estatus social (reconocimiento y respeto) que en nada representan estas folklóricas (con perdón por lo que afecte al folklore) bien subvencionadas.
Han pasado muchos siglos desde que la costumbre de la Covada fuera una práctica social obligada entre los romanos (s. III a.C.) que consistía en el papel protagonista desempeñado por el padre en el momento del parto, ya fuese imitando los dolores de la mujer o acostándose en la cama, donde recibía los cuidados y atenciones de los familiares, mientras la mujer retomaba inmediatamente las tareas cotidianas.
Apolonio de Rodas, en su obra Los Argonautas narra: “… cuando las mujeres han dado hijos a sus hombres, son éstos quienes gimen, caídos en los lechos; y ellas los cuidan, les hacen comer y les preparan los baños que convienen a las recién paridas”. En el siglo I a.C., Diodoro de Sicilia menciona que los corsos tenían una costumbre semejante: “… no tienen cuidado alguno de sus mujeres que están de parto; cuando una ha dado a luz, el marido se acuesta, cual enfermo, y permanece encamado un número fijo de días, como una recién parida»; Estrabón lo describió en su Geografía al hablar de Hispania en particular de los pueblos del norte “…Las mujeres trabajan la tierra y cuando dan la luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos.”
El Derecho Romano y las costumbres de entonces fueron inspiración (por invasión) de nuestras leyes que lógicamente han ido cambiando, adaptándose y actualizándose. Dicho lo anterior como curiosidad, para ver desde dónde venimos y adónde se ha llegado, no deberemos quitar el valor de la lucha social que ha tenido que emprender la mujer para que se le reconozcan sus méritos, dejando sentado que los colectivos deben reivindicar mejoras sin malgastar lo conseguido.
El camino ha sido largo, pero esto es como todo, cuando se reconoce un derecho que se ha reivindicado a lo largo del tiempo el debate decae y se reduce a perfilar posteriormente actuaciones que la sociedad va adaptando de forma casi natural, de forma ordenada y sin salir a vociferar a las calles como si una jauría humana se tratara, profiriendo insultos contra los hombres; claro, para eso se les subvenciona, repito.
Estas feministas actuales de pancarta y tambor necesitarían tener un pequeño barniz de la historia de la lucha de la mujer por alcanzar la igualdad frente al hombre; honrosa lucha que dista mucho de lo que actualmente representan las feministas de algarada.
Fue Elena Maseras quien en 1878 se convirtió en la primera mujer estudiante de medicina en España y supuso un punto de partida de todo un proceso de cambio social por cuanto a no mucho tardar la mujer reivindicaría su acceso al mundo laboral. La abogada Concepción Arenal (a quien el noventa por ciento de las feministas no saben ni quien fue, salvo porque alguna calle lleve su nombre), precursora del feminismo comenzó rechazando el cuestionamiento de la capacidad intelectual de la mujer, principal argumento del dominio ejercido por los hombres; en este sentido deberemos convenir que es un argumento totalmente superado desde comienzos del siglo pasado cuando la edición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua de 1914 definió el feminismo como “la doctrina social favorable a la condición de la mujer a quien concede capacidad y derechos reservados hasta ahora a los hombres”. Este podría ser el fundamento sobre el que se edificaran posteriormente discursos reformistas interrumpidos por la dictadura franquista.
Gregorio Marañón en 1927 sostuvo la tesis de que la mujer no era inferior al hombre sino su complemento, argumento muy bien aceptado, porque avalaba el planteamiento de un estatuto social de igualdad, aunque el feminismo no se entendía igual si era obrero (con un desarrollo más lento que el conservador). Socialistas y anarquistas percibieron el feminismo como algo propio del capitalismo.
Federica Montseny (ministra durante la Segunda República), primera mujer en ocupar un cargo ministerial en España (1924), llegó a combatir el movimiento feminista con dureza en las páginas de La Revista Blanca. En sus artículos elaboró un modelo ideal de mujer, situado entre dos polos opuestos que llamó la “machona” y la “niña pera”; el feminismo provocaba rechazo en el mundo obrero.
Cierto es que la Segunda República creó las condiciones favorables para el reconocimiento del derecho electoral de todos los ciudadanos, incluidas lógicamente las mujeres y fue Clara Campoamor la única de las tres mujeres elegidas diputadas en las elecciones de 1931 quien defendió este derecho. La propuesta de voto de hombres y mujeres mayores de veintiún años fue duramente rebatida por el diputado Manuel Ayuso (republicano federal) que pedía el establecimiento de la edad electoral de las mujeres a los cuarenta y cinco años basándose en supuestos estudios científicos que afirmaban que antes de esa edad la mujer no estaba preparada.
Fue la abogada y política radical socialista republicana Victoria Kent quien pese a no oponerse a que votasen las mujeres, entendía que este debate debía aplazarse por una “Cuestión de oportunidad para la república” por la escasa formación de las mujeres españolas y su falta de independencia a la hora de hablar de temas políticos.
El llamado “mandato biológico” femenino planteó el tema del control de la natalidad que inicialmente fue apoyado por un sector del anarquismo quienes en su revista Generación Consciente (1928) defendían la teoría de la “maternidad consciente” y, por tanto, decidir acerca del momento adecuado para tener hijos; con ello se planteaba la discordia en la actitud de las mujeres ante el tema de la maternidad, función social prioritaria defendida a ultranza por Montseny.
Llegado el año 1936 y con el la Guerra Civil, la Generalidad de Cataluña (los anarquistas) decreta la posibilidad de “interrupción artificial del embarazo”, decreto que fracasó al no contar con el respaldo de las mujeres. En esta época del siglo XX las organizaciones de izquierdas apelaron a la implicación de la mujer en la defensa de la República. Eslóganes del territorio republicano recordaban continuamente a la mujer que su lugar estaba en la retaguardia: “¡Mujer! Tu trabajo y tu colaboración en el sindicato serán decisivos mientras nuestros hombres luchan”. Hubo también miles de mujeres que se implicaron en la lucha antifascista que respondían a los intereses de los partidos (como hoy).
La dictadura franquista fue elaborando un prototipo de mujer característico del momento, distinguiendo entre “mujeres” y “señoras”, identificando a la mujer-señora con la imagen viva difundida por el NODO de Carmen Polo (mujer de Franco), hasta que pudo llegar el declive de la tiranía en el vestir femenino (años sesenta) con la aparición del bikini. Fue a partir de la década de los años setenta cuando se comienza a facilitar el acceso de la mujer al trabajo aunque tratada como mano de obra barata y subalterna; la incorporación al mundo laboral impulsó un cambio que provocó un factor de movilización social alentado también por publicaciones como Cuadernos para el Diálogo que en 1965 dedicó un número extra a la mujer como ser humano “con derecho a la justicia y a la libertad”.
El semanario Triunfo (1970) dedicó igualmente un monográfico al tema de moda “la función de la mujer”. El Partido Feminista (Lidia Falcón 1979) quiso llevar a “las mujeres al poder” mediante el triunfo de la revolución feminista. Desde el Instituto de la Mujer (1983) se incentivaron políticas públicas de igualdad en favor de las mujeres con la introducción de la llamada “cuota femenina”.
La reivindicación de los derechos (indiscutibles) de la mujer siempre han estado envueltos o mejor dicho arropados por la política y ha sido, al menos en la última década, cuando las izquierdas se han apropiado de un sello que no cabe duda no les corresponde monopolizar, precisamente cuando la mujer está socialmente reconocida en todos los ámbitos de la vida, se han dado prisa en introducir el debate de la violencia física y psíquica de los hombre contra las mujeres tema este, que existiendo, no es potestativo ni exclusivo de ellas para mostrarse como víctimas de la sociedad, para ello las izquierdas más casposas acuñaron términos como “violencia doméstica”, “violencia machista” o “violencia de género” (aunque puede haber casos del lado de la mujer y del hombre).
Una vez hecho este rápido repaso por la historia del feminismo como movimiento reivindicativo de derechos de la mujer llegamos hasta hoy y ver la irrealidad de este fenómeno no apoyado por buena parte de las mujeres, movimiento que destila tintes de una política de baja estofa, poco progresista aunque sean las izquierdas quienes la promuevan.
En mi caso particular no quisiera que mis hijas se identificaran con semejante tropa sectaria y revoltosa y que luchen y reivindiquen el reconocimiento de la mujer por su valía, el esfuerzo, la disciplina y la solidaridad. A buen seguro que todas estas mujeres que se autodenominan feministas tienen padres, hijos y posiblemente maridos, que se les supone no identificables con un diablo con rabo y cuernos.
Stieg Larsson en la saga Millennium (Lisbert Salander) recoge en su primera entrega el título “Los hombres que no amaban a las mujeres”, un título que me ha servido de inspiración por la trama social, política y de violencia hasta llegar a la muerte que relata en su obra con todo lujo de detalles; me ha servido, decía, para readaptarlo al título que lleva este artículo.
Considero que los hombres no solamente amamos a las mujeres sino que además sabemos de su valía, constancia, personalidad y fuerza en un universo de reconocimientos adquiridos a lo largo de los siglos que ya difícilmente perderán. A la mujer hay que respetarla, diferenciándola del feminismo guerrillero y de taberna, que tratan de arrebatarle conscientemente estos valores que posee para ganar puntos en su carnet, que no es precisamente el de conducir.
Mariano Avilés – jurista
