Los monjes y la cerveza. Un misterio que llena de encanto y deseos de conocer el quehacer de los monjes cerveceros, un oficio con pericia que acercaba a Dios.
Estoy Convencido que si nuestros dirigentes tuvieran las “osadía” de sentarse entre el público y mezclarse con quienes estamos a pie de calle, tendrían no solamente una visión más cercana de las cosas cotidianas que preocupan a los ciudadanos, sino que además tendrían en sus manos posibilidades de conocer la certeza de que existen soluciones bien distintas de las que tratan de encontrar, muchas veces sin éxito, desde sus salones alfombrados.
No son muchas las oportunidades que nos brinda la vida en las grandes ciudades para disfrutar de charlas enriquecedoras y con sustancia, pero cada vez que puedo acudo por ese templo de la cerveza en Alcobendas (Madrid), en la GranManzana, que se llama Schoppen, y a la vez que degusto una o dos de los cientos de cervezas que tiene en su carta, aprovecho la oportunidad para largar unas parrafadas con su dueño y director Fernando Bravo, sin duda una de las personas que más saben de cerveza y que además disfruta ilustrando, a quien se lo pide, sobre las bondades de cada una de las botellas; un lobo solitario y emprendedor que derrocha ilusión por lo que hace y que encontré por casualidad.
Este lujo para los sentidos del olfato, gusto y vista, es la llamada a poder paladear cada una de las obras maestras que se guardan en botella esperando a que lleguemos los inexpertos a beberlas; pero Fernando está al lado y te hace revivir hasta el mismo momento de la fabricación de esa bebida natural, baja en calorías y en alcohol que se llama cerveza, que ya asomaba por los principios de los tiempos hasta llegar hasta la historia relativamente reciente de Gambrinus, quien allá por los Países Bajos vivió su propia historia existencial alrededor de la cerveza.
En las ocasiones que he pasado por Schoppen he aprendido cosas; hasta he llegado a convencerme que muchas veces se puede reparar la salud con terapias alternativas que no están basadas precisamente en el medicamento, este elemento químico sobre el que gira gran parte de mi existencia profesional. La cerveza como el medicamento son saludables en sus dosis correctas, pero además, la cerveza es pluricultural y mística.
Adorada en abadías y monasterios, alrededor de la cerveza se han forjado culturas, se ha mantenido el misterio cabalístico de los personajes monásticos que empleaban tiempo en fabricar cerveza y en iluminar manuscritos, secretos que muchos hemos querido desentrañar sumergiéndonos en sus historias, pero nos hemos encontrado con labios sellados hacia el mundo exterior. Un misterio que llena de encanto y deseos de conocer el quehacer de los monjes cerveceros, un oficio con pericia que acercaba a Dios.
Admirada por emperadores y plebeyos a lo largo de la historia, la cerveza ha estado presente en los grandes acontecimientos del mundo. Bebida de cabecera de Carlos V que cuando viajó a Yuste (Cáceres-España) para pasar sus últimos años, importó con la cerveza a los mejores cerveceros de Flandes; la cerveza ha presidido cenáculos y reuniones de sociedades secretas al son, entre otros, del non nobis dómine (http://www.youtube.com/watch?v=Z1GDRx-F1C0) de los templarios, ese himno épico que marca las batallas, las victorias y las derrotas.
Lúpulo, malta y agua hasta producir gas carbónico, bueno para la circulación de la sangre con aportación de polifenoles y flavonoides para el incremento de la calcitonina; todo lo que ahora digo me sugiere que existe un culto a la cerveza, por descubrir, más allá de nuestra tradicional “caña”.
Agasajarme a mi mismo y quien me acompañe, con una charla con Fernando es regalar de todo un poco, una pizca de olor, color y sabor, otra pequeña parte de análisis general de la sociedad, una buena porción de sensatez y todo eso ligado con una conversación tan dinámica como amena, que se decanta en dosis de ida y vuelta hasta la mesa, es lo que marca al final el combinado especial de estos buenos ratos.
Las charlas alrededor de la cerveza suelen ser, además de graciables, positivas en su fondo y su forma; soy de los que piensan que hacer un alto en el camino, de cuando en cuando, para tratar los asuntos profesionales, de la vida cotidiana y social, con este formato, nos ayudarán a encontrar caminos y lograr la luz en temas que posiblemente en los despachos no tendrían solución; posiblemente esta fuera una lección que todos deberíamos aprender.
Mariano Avilés – jurista

