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Un análisis crítico del sindicalismo, desde la razón y la realidad de un país esquilmado por todo el que puede y actúa sin escrúpulos en nombre de causas justas que no son ciertas , que la justicia tiene la obligación de aclarar con la igualdad exigida en una sociedad democrática.

 

Art. 7 de la Constitución Española: “Los sindicatos de trabajadores y las asociaciones empresariales contribuyen a la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales que les son propios. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”.

 

Un buen enunciado para conocer lo que es el sindicalismo en España hoy, los sindicatos autodenominados “de clase” instalados en la utopía, que dicen haber luchado por un modelo de sociedad y por una forma satisfactoria e igualitaria de distribuir la riqueza.

 

Estas organizaciones de clase vendidas al mejor postor, con una tasa de afiliación que roza el ridículo y cada vez menor representatividad de los trabajadores en los centros de trabajo, se han instalado en la opulencia, dicen que en representación de la clase trabajadora, cuyos intereses pretenden representar.

 

Fue casi en la segunda mitad del siglo XIX cuando Carlos Marx y Federico Engels dieron luz a una concepción particular del pensamiento obrero y desde entonces y con la perspectiva que da el paso del tiempo y a poco que se analice se puede ver, que el marxismo, desde el principio, tuvo un componente importante de represalia social en su fundamento que ocasionó en el siglo XX mas de cien millones de muertos; una ideología que ha generado verdadero odio y ha batido records de asesinatos, de rencores y revanchas, rechazo de valores sociales y un materialismo inhumano.

 

Desde mitad del siglo XIX hasta hoy el sindicalismo se ha visto sometido a vaivenes importantes, a cuyo tren han intentado subirse corrientes y movimientos de todo tipo, porque manejar a las masas y además estar acomodado debe tener un componente satisfactorio importante.

 

El sindicalismo revolucionario fue en no pocos momentos inspirador de líderes fascistas que se apoyaron en  “Reflexiones sobre la violencia” y aunque partiera con la idea de marcar su independencia frente al Estado, dista mucho de la realidad.

 

El nacionalsindicalismo que desembarcó en el socialismo revolucionario desde filosofías tradicionales católicas, nunca llegó a ser importante en España aunque con el régimen franquista y de la mano de Gerardo Salvador Merino tuviera algún que otro destello hasta el punto que hacia mitad del siglo XX Franco tuvo que abortar el intento de implantación del nacionalsindicalismo.

 

Hoy en el siglo XXI es difícil entender el papel de estas organizaciones desde el punto de vista de la representatividad, con una tasa de representatividad tan baja que roza el ridículo; con una formas propias del siglo XIX, porque desde su comienzo están “orientadas al conflicto”, aportando como valor un modelo de sociedad caduco con “una forma satisfactoria e igualitaria de distribuir la riqueza”.

 

El sindicalismo español es un reducto agriado, con apariencia caduca y acartonada que únicamente sufre por sus subvenciones, por sus liberados (claro a costa de que lo paguen los demás), por su burocracia que quiere justificar formas impensables, dentro de un entramado empresarial propio de las mejores estructuras contra las que dicen luchar, con prácticas torticeras e indeseables con sus propios trabajadores; unas organizaciones de gentes que se quedaron sin contenido ideológico desde la caída del muro de Berlín y del socialismo de estado, cuyo culto quieren rememorar en una sociedad moderna que cada día es menos permeable a estas cuestiones alejadas de una realidad social que ya viaja por otro camino.

 

Pero todo no queda solo ahí; están organizados para ocuparse de sus causas ajenas al mundo laboral, se financian de forma irregular con concesiones de patronales de expedientes de crisis y ERES (ahora, ¡y ya está bien!, con la sombra de la justicia pisándoles los talones), despidos, convenios, cursos de formación fantasmas; han negociado hasta la desvergüenza la percepción de grandes cantidades de dinero e inmuebles  bajo el pretexto de la devolución del llamado “patrimonio sindical”, insostenible e incalificable, con historias de estafas a sus propios afiliados por inadecuadas gestiones en cooperativas, etc.

 

Estas organizaciones están hoy en claro declive, con caída libre en su representatividad que es inversamente proporcional al grado de apoyo y subvenciones que han venido recibiendo; esto es, a menos representatividad, más subvención. Son organizaciones que viven para maquillar los fallos del sistema en el que se apoyan y para distorsionar las leyes de libre mercado; parece como si los poderes públicos no quisieran reconocerse si no tienen detrás a todos estos enemigos interesados de la realidad social.

 

José A. Primo de Rivera en algún momento dijo “sin pretender alterar las bases del sistema capitalista, sin ser ni pretender ser una alternativa a este injusto sistema económico, estos falsos sindicatos se dedican a echarle arena en los cojinetes”.

 

El día de ayer estas organizaciones hicieron algo que el tiempo tendrá que juzgar con la dureza que la ocasión requiere; pusieron en la escena teatralizada la “fumata blanca” a una huelga general que estaba decidida con bastante antelación; hacía días que un sindicalista me había dicho: “estamos llamados a pegar los carteles que ya tenemos”,  todo lo anterior está aderezado con el apoyo del partido mayoritario de la oposición que, lleno de rencor por perder en las urnas lo que no supieron ganar trabajando por el país, proclama que “cada oveja con su pareja”, yo voy un poco más allá y quito a la oveja que no tiene culpa de nada y pongo al borrego.

 

Piensan que la situación en la que está el país no va con ellos y convocan una manifestación precisamente el día 11 de marzo, no se detienen ante nada; se equivocan, saben muy bien, y aquí está su problema, que haciendo ruido no van a justificar todo lo que nos cuesta mantenerles, pero necesitan salir a la calle para mostrar que siguen vivos, aunque sea detrás de una pancarta que les sirve de burladero para que el toro no les embista (pero la pancarta es débil para tanto como oculta detrás); es más están tan alejados de los problemas de los trabajadores y de los pequeños y medianos empresarios (que también son trabajadores) que hace tiempo desaparecieron por el horizonte de los remotos tiempos de la historia; hoy las clases sociales están contextualizadas en otra realidad y estos siguen en el siglo XIX.

 

Es necesario dar carpetazo a este falso sindicalismo decadente y aburguesado, lleno de cinismo y cara dura, desfasado que tanto nos cuesta; una auténtica estafa para los trabajadores y contribuyentes. Si sus gastos, aficiones y formas de pasar el tiempo se las pagaran ellos y sus seguidores, nada tendría que decir; pero mientras yo sea uno de tantos que soportan estas estructuras injustificadas en épocas difíciles para todos, y especialmente para quienes no tienen trabajo, tendré que exigir a quienes gobiernan que de subvenciones ni un euro, de liberaciones en los trabajos a costa de las empresas nada, que jueguen a “representar” en sus tiempos libres y a asistir a grandes comilonas en nombre de la hoy dura causa laboral y que quienes quieran pagar la cuota sindical adelante, es la libertad la que juega.

 

Seguramente habrá que recordar aquí lo que ya he dicho en otro momento, no solo hay que refundar el Estado porque esto del sindicalismo hace tiempo que murió y creo, muy sinceramente, que los trabajadores y ciudadanos en general, podríamos vivir perfectamente sin ellos; ahora si que tiene sentido el artículo 7 de la Constituciónpara que los sindicatos de trabajadores y las asociaciones empresariales vayan a  los intereses económicos y sociales que les son propios, alejados de quienes les dan carta de naturaleza, los  ciudadanos. Que el gobierno no mire para otro lado e intervenga ya.

 

Mariano Avilés – jurista

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