27 enero 2026

El día era el de los típicos del comienzo del invierno, el misterio envolvía el ambiente, a lo lejos se intuía la torre de la iglesia de Garganta la Olla, en la sierra de Tormantos, que avisaba, como siempre, de la importancia que tuvo y aún tiene el clero en el día a día de los pueblos rurales, es decir, pueblos de no muchos habitantes que en épocas de verano aumenta la población considerablemente llevados por el frescor de las estribaciones de Gredos, el cantar de las cascadas que se precipitan desde las cumbres y recrea los sentidos con el ruido del agua que se escapa hacia otros lugares, quizás al Tiétar o a alimentar ramblas y pozas.

Atrás se quedó el Monasterio de Yuste con su decrépito y austero aspecto, morada de Carlos I. La verdad es que supo elegir un sitio con un microclima excepcional. Por aquellos caminos tortuosos el emperador era transportado en su silla y en las caballerías habilitadas a tal fin; trayectos heroicos y difíciles que a buen seguro se harían eternos.

Es imposible que la vista repare tan solo en una parte del espectáculo de la naturaleza si no se hace una parada para el disfrute, no solo de la vista, también de los olores del campo mojado por la generosa lluvia que riega de este a oeste la península. Se agradece atisbar un mirador en el que el coche pueda parar; precisamente en este mirador, desde el que se ve perfectamente todo el pueblo; hay una estatua de La Serrana de la Vera (¿Isabel de Carvajal?), aquella que la leyenda sitúa en esos parajes abruptos y temibles en el invierno cerrado.

La Serrana de la Vera era una mujer de inusual belleza que habitaba en una cueva cercana al pueblo de Garganta la Olla de dónde era natural. A los hombres los seducía con un buen banquete de las piezas que cazaba con su arco y después de que los hombres sucumbían a sus encantos se vengaba de ellos para cobrarse un desengaño amoroso que tuvo. Al final fue capturada y ahorcada por sus crímenes, según aseveran los propios del lugar.

Esta parada en el mirador de La Serrana es reparador. Contemplar las tonalidades de verdes, de ocres mezclándose con la roca y el agua es un espectáculo único. El humo de las chimeneas del pueblo evoca la niñez lejos de la capital y expande un olor a leña quemada de indescriptible agrado. El olor a humo reconforta y retumba en la hondonada del valle las campanas de la iglesia que saluda con su magistral sonido limpio, al igual que el aire que se respira en este paraje.

Garganta la Olla respira quietud, respira esa calma que provoca que sus habitantes deambulen sosegadamente por sus calles centenarias, balconadas de madera imperecedera, dinteles de granito con inscripciones que recuerdan sus centenarios años contemplando el paisaje quieto, y limpieza, mucha limpieza en sus calles con fuentes de agua de la serranía que fluye sin pausa.

Recalamos en el número tres de la calle del Chorrillo dónde se ubicó el prostíbulo principal del pueblo para holganza del séquito de Carlos I. Esta “casa de muñecas” presume de un aspecto extraordinario, con una fechada azulona que gusta, era su color en origen, con los símbolos identitarios de una casa grande habilitada a tal fin y en el que las “mozas de fortuna” exhibían las enaguas con picos de color pardo que era el distintivo de la profesión desde la época de los Reyes Católicos. Esta casa que hoy alberga una pequeña pero exquisita tienda gourmet con productos extremeños de gran calidad, presume con orgullo aquel pasado que tuvo.

Y de nuevo sonaron las campanas de la iglesia que marcan el ritmo del día, fue y es aún hoy el sistema de “megafonía” que desde inmemoriales tiempos conocen todos los paisanos del lugar. Sonidos que para los que no estamos acostumbrados a escucharlas no terminamos de  distinguir un armonioso toque de otro diferente, es un lenguaje con “palabras” quedas, muy sonoras distintas para cada fin, el “toque de nublo”, el “tente nube”, misa, las horas, ángelus, muerte (diferente si es hombre o mujer el fallecido), toque de tormenta, toque de arrebato o fuego, llamada a concejo, fiesta, procesión, toque de ánimas o el animado volteo de las campanas. Ante tal exhibición de lenguaje es pregunta obligada ¿a qué tocan las campanas? y siempre el del pueblo te da la respuesta exacta.

No ha sido fácil la vida de las campanas a lo largo de la historia, unas veces se interpretaban desde las supersticiones ahuyentadoras del mal o el demonio, otras se trató de ordenar el uso inmoderado y en otras se le dio un significado mágico, se proclamaron edictos y decretos para reglamentar su uso aunque nunca perdieron su esencia sacra.

Benedicto XIV llamó la atención de emplearla “como único medio y camino para alcanzar los beneficios del Señor”, su sonar o tañido recuerdan en la historia citas de Jeremías, a la iglesia militante, a las trompetas usadas en la Ley Antigua o la importancia que tuvieron durante el Concilio primero de Colonia.

El obispo Lorenzana (México) interpretó el sonido de las campanas como “los instrumentos de los que se vale la Iglesia para convocar al clero y al pueblo para celebrar sus festividades; para significar el llanto de los difuntos, y excitar a que se ruegue a Dios por ellos”.

En un texto antiguo en latín se precisa el uso de las campanas en la Iglesia: “Invenitur benedictio Campanea ante Carolum Magnum”, en él se da una extensa explicación sobre el empleo de las campanas. En el transcurrir de los tiempos se criticó que los toques estaban “al arbitrio y voluntariedad de los muchachos que lo hacen diversión”.

El tamaño, composición y peso daban la medida e importancia del lugar en el que o se iban a instalar o ya estaban instaladas la campanas; el testimonio de Fray Hernando de Ojeda en 1607 de la Orden de Santo Domingo revelaba la importancia de su campanario sobre el resto de los que existían en aquel entonces en la ciudad y de paso la gran virtud de las mismas contra los nublados y tempestades. El bueno de Fray Hernando justificaba, igualmente que cada vez que el badajo chocaba con el metal se creaba una atmósfera sacra que los feligreses sabían identificar.

La duración y frecuencia de los tañidos  están perfectamente documentados en el siglo XVIII, “desde el deán  hasta el campanero encontraban  como, cuando y durante  que espacio de tiempo debían tocarse las campanas(…) Se tañían a las cinco de la mañana, al toque de las misas, al toque de Tercia (nueve de la mañana), al toque de “alzar”, al toque de mediodía- que marcaba la hora del cotidiano yantar-, al toque de las tres de la tarde, al toque de Vísperas y Completas, al caer la tarde, al tocar la plegaria de las Ánimas  a las ocho de la noche, al toque de Queda a las nueve de la noche, además de los llamados que anunciaban fiestas y actos (matrimonios, confirmaciones, entierros o rezos para difuntos).

Se llegó a reglamentar el número de toques de badajo que se le debía dar a la campana dependiendo del rango del fallecido (al Rey se le dan doscientas campanadas de vacante, al Virrey y al Arzobispo cien, y así sucesivamente). Párrocos y prelados tenían los manuales explicando el uso de las campanas; el verdadero éxito de los tañidos estaban en que el grueso de la población fuera capaz de interpretarlos.

El seductor sonido de las campanas ha sido tema asiduo en la literatura española y en las leyendas transmitidas de generación en generación; así se cuenta que en la noche de San Juan se escucha el tañido lastimero de las campanas sumergidas en el lago de Sanabria que ocultó bajo sus aguas la aldea de Valverde de Lucerna y que nos trajo Unamuno en su obra San Manuel Bueno, mártir, para narrar la crisis de fe del párroco Don Manuel, quien ocultó su ateísmo para preservar la paz de sus feligreses.

Azorín en su obra La Voluntad (1902) escribe: “A lo lejos, una campana toca lenta, pausada, melancólica. El cielo comienza a clarear indeciso. La niebla se extiende en larga pincelada blanca sobre el campo. Y en clamoroso concierto de voces agudas, graves, chirriantes, metálicas, confusas, imperceptibles, sonoras, todos los gallos de la ciudad dormida cantan”.

El paisaje extremeño presume de su esplendor en este rincón del mundo. El pueblo se queda pequeño ante la grandiosidad de su iglesia que de cuando en cuando deja sentir los golpes de sus campanas y dar testimonio de que sigue ahí, en pie.

Ahora esos toques de campana ya no son tan asiduos entre semana. Las campanas de la iglesia son el acompañante fiel del reloj que trabajosamente da la hora en cada momento para que todos se ubiquen en sus quehaceres. El sonido retumba en el valle y quienes están en sus trabajos agrícolas en esas profundas montañas no dejan sentir el arraigo con su pueblo.

Garganta la Olla es el ejemplo de tantos y tantos pueblos que salpican la geografía española con las mismas costumbres y parecidas tradiciones. España no se entendería sin ellos.

Quiero terminar esta reflexión con un poema de Miguel de Unamuno contenido en su Romancero del destierro:

“Como en el cielo en la tierra en la montaña y la mar, Fuenterrabía soñada, tu campana oigo sonar.

Es el llanto del Jaizquibel, -sobre él pasa el huracán- entraña de mi honda España, te siento en mí palpitar.

Espejo del Bidasoa que vas a perderte al mar, ¡qué de ensueños te me llevas a Dios van a reposar…!

¡Campana Fuenterrabía, lengua de la eternidad, me traes la voz redentora de Dios, la única bondad!

Hazme, Señor, tu campana, campana de tu verdad, y la guerra de este siglo deme en tierra eterna paz.”

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