VINO VININ, DE LA COPA COPIN, DE LA CANTINCOPA
Publicado por en Sabías que ...(En honor de mi amigo Manuel Alonso)
Ante las primeras invasiones de los pueblos bárbaros la población hispano-romana estaba aterrada por la brutalidad de los invasores; a estas primeras oleadas de pueblos germánicos que penetraron en el territorio hispano a sangre y fuego siguió otra no menos brutal que las anteriores, la de los visigodos, que habían vivido en las provincias orientales del imperio en contacto con la cultura romana con gran influencia en sus costumbres. Más tarde, en el siglo V, se convirtieron al cristianismo y poco después se hicieron arrianos. Con todo esto, la romanización de los visigodos fue rápida y completa.
Los visigodos, cuenta la historia, eran grandes bebedores, especialmente de vino, aunque tampoco despreciaban la sidra (sicera), ni la cerveza (cerevisia), en cuya preparación habían logrado gran perfección; según San Isidoro, conocían y practicaban el cultivo del lúpulo.
Concedían gran importancia a la viticultura (cultivo de la vid) y promulgaron algunas leyes que protegían los viñedos con preferencia a otros cultivos. Se conocían diversas variedades de uva que se utilizaban como alimento y también para la elaboración de vino (vinicultura).
De la uva llamada “aminta” obtenían vino blanco y de la “apiana” vino dulce; al vino puro se le llamaba “merum” y “mostum” al recién salido del lagar, “roseum” al vino tinto y “amineum” al vino blanco; se llamaba “pasum” al vino obtenido de uvas pasas.
A pesar de las terminantes prohibiciones coránicas, todas las clases sociales de los árabes españoles bebían vino en abundancia, sobre todo en los festejos privados, y el delito de embriaguez era juzgado con bastante benevolencia por los cadíes. Durante mucho tiempo los alfaquíes ortodoxos protestaron contra esta indulgencia y durante el reinado de Hakam II se pensó en arrasar todos los viñedos que existían en el reino; finalmente tuvieron que desistir en virtud de las muchas dificultades que se encontraron para llevar a cabo la destrucción.
Servía como pretexto para hacer el vino que gran parte de la uva vendimiada se destinara para elaborar mosto cocido, una suerte de mixtura a lo que se daba consistencia de jarabe y a la que se denominaba “rubb”, de dónde deriva la palabra castellana arrope. Este producto tenía las mismas aplicaciones que la miel y también se empleaba diluido con agua para hacer una bebida dulce que era muy apreciada, que por no embriagar era tolerada por las normas religiosas.
Aunque no fue precisamente la templanza en la bebida la característica de la Edad Media, sin duda en España la sobriedad era la norma reconocida por propios y extraños, llegando a hacerse proverbial la frugalidad castellana, en relación con los excesos que realizaban franceses, lombardos y tudescos.
Crítico descarado y mordaz fue el Arcipreste de Hita que fustigó duramente todos los vicios y corrupciones de su época en “El libro del buen amor”. Le sigue a la zaga, repudiando la embriaguez otro arcipreste, el de Talavera, don Alfonso Martínez de Toledo, que en su “Corbacho o reprobación del amor mundano” describe con crueles comentarios “como se debe el hombre guardar de la mujer embriagada” -ahora según alguna ministra con menos fuste que una bellota sería al contrario-.
Sin duda, uno de los grandes pensadores medievales que más se ocupó del vino fue el genial Arnau de Vilanova que en su obra “De vinis” contiene prescripciones acerca de la preparación y administración de los vinos medicinales tales como el vermut y vino de melisa, sin olvidar las noticias sobre la obtención del alcohol a partir del vino tinto a la vez que glosa los famosos aforismos de la Escuela de Salermo, y dice con relación al vino:
“Vina, probantur odore, sapore, nitore, colore. Si bona vina cupis, quince F. landentur in illis: Fortia, Formosa, frígida, frisca”.
En estas cortas líneas puede decirse que está incluido el código del perfecto catador de vinos que sabe extraer de su bebida placer para todos los sentidos o como pudiéramos decir: “Vino, vinin, de la copa, copín de la cantincopa”.
Durante la Reconquista, el lujo de obtener vino, dónde las circunstancias lo habían permitido por la repoblación de las viñas, se convirtieron en lugares privilegiados. El vino se solía beber con agua caliente, pues la higiene de entonces prohibía el vino frio, por lo que solía templarse sumergiendo en el jarro que lo contenía un hierro caliente.
Las comunidades religiosas y los monasterios jugaron durante la Reconquista un importante papel en la repoblación de los viñedos y la cultura que la acompaña y cuyo fruto era imprescindible para celebrar sus ritos religiosos. Los frailes llegaban a los lugares siempre por retaguardia de los ejércitos vencedores para establecer sus abadías y monasterios; en aquellas fechas, salvo contadas excepciones, disponían de viñedos cultivados por los propios frailes que también ejercían como vinateros o vinicultores.
Pero los frailes no se conformaban con preparar el vino de misa, siempre disponían de algunos toneles destinados a las bodegas abacial o episcopal (esto les honra). Con frecuencia acogían a los aldeanos y peregrinos y les suministraban vino, bebida considerada como alimento insustituible.
Además, en los monasterios se empleaba mucha mano de obra laica, sobre todo en el cultivo de las viñas y en las faenas de la bodega (ya sabían la importancia de la actividad económica y la espiritual). Las viñas se extendían alrededor de los monasterios hasta ir cubriendo una importante superficie de las tierras que encontraban sus límites en la frontera morisma.
En la Mancha amplia y llana, dónde tantas veces se enfrentaron moros y cristianos, donde confluyen las tierras de Ciudad Real, Toledo, Cuenca y Albacete, los colonos que venían del norte a repoblar los campos reconquistados también plantaron vides bajo protección de las órdenes militares de Calatrava, Santiago y San Juan, enseñoreando aquellos campos dónde fundaban conventos, monasterios y burgos o ciudades que ostentaban escudos con sus nombres: Alcázar de San Juan, Argamasilla de Alba, Quintanar de la Orden, Castellar de Santiago y también otros lugares como Daimiel, La Solana, Socuéllamos, Manzanares, Valdepeñas, villas que ya nacían rodeadas de viñedos y campos de trigo. Sus vinos fueron toscos y bravos, como lo eran en aquel entonces, y llegarían a producir en cantidad abrumadora, bajo el apelativo de vinos manchegos.
Los siglos XII al XIV fueron de florecimiento de la vinicultura catalana formándose los importantes viñedos del Penedés y del Campo de Tarragona, influyendo en la expansión mediterránea importantes acontecimientos de armas durante la Reconquista, como fueron la batalla de Las Navas de Tolosa (1212) en la que cayó derrotado el caudillo almohade Mohamed-ben-Yacub.
Al contacto con los vinicultores griegos e italianos se fueron perfeccionando las técnicas de la vinificación y se introdujeron algunas variedades de cepas italianas como la que sería conocida como “garnacha” y la “malvasía” griega que, según una dudosa tradición, fue traída por un marino de Roger de Lauria.
Durante los siglos XVI y XVII, cuando España dictaba aún su razón al mundo, las mesas de los españoles, buenos bebedores, se nutrían de excelentes caldos, y junto a los buenos vinos abundaban los vinachos atabernados y peleones, pero unos y otros, ajustándose al gusto de la época, solían se abocados o dulces, aún cuando se empezaba a forjar las cualidades de cada una de las regiones vinícolas de nuestro país.
Hay quien piensa (yo soy de esa misma opinión) que saborear un buen vino es tanto como descubrir una obra de arte, conocer un paisaje sublime, degustar una buena comida y oler el nacimiento de la primavera.
Cultivar semejante sensibilidad para poder sacar del vino todas sus cualidades de color, olor y sabor no es que sea placer de dioses es simplemente la evolución de la cultura del hombre para saber alcanzar lo sublime.
Mariano Avilés – Jurista
Marzo 2022
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