
«Utopía y fracaso es una ecuación que la historia ha ratificado en multitud de ocasiones como algo irrealizable, la historia es un cementerio de utopías.»
Son tantos los peligros que nos acechan y tantos los asuntos pendientes para que la España del siglo XXI siga un camino ascendente dentro de los países del primer mundo que es difícil abstraerse en poesías y líricas como posiblemente me gustaría; pero siendo cuestiones estas de primer orden humanístico y nada desdeñables quedan lamentablemente relegadas a un segundo plano precisamente por otras inquietudes y es que España en este momento es una nave que navega sola -¿sin rumbo?-, esto es sin gobierno (mejor término marinero imposible), y por tanto a la deriva con el peligro que encierra no tener una mano rigurosa que coja el timón con el interés de requiere la sociedad del bienestar frente a la sociedad subvencionada.
Algún grupúsculo político ávido de poder ha venido a descubrir que España a estas alturas de la civilización global está necesitada de utopías, y nunca más lejos de la realidad. “¡Basta de utopías!” exclamaba en 1899 Ramiro de Maeztu en su libro “Hacia otra España”. No había hecho más que pasar el desastre colonial y el nuevo siglo parecía empezar en España bajo el signo de la fatalidad, el pesimismo y un cierto hartazgo de lo que el siglo anterior había tenido de idealismo y abstracción de un color gris tirando a negro.
Lamentablemente tengo que remontarme a nuestra historia más reciente para ver y entender de lo que ahora podríamos empezar a hablar de nuevo, porque el baño de desencanto y realismo que coincidió en aquel entonces con el cambio de siglo apenas dejó espacio para el desarrollo de un pensamiento utópico fuera del campo anarquista, siempre propicio a este tipo de ensoñaciones.
Como sinónimo de quimera, como aspiración irrealizable y absurda, esa es la utopía en la que nos quieren embarcar ahora bisoños aprendices de lo que, según ellos, debe ser el bienestar social en el siglo XXI; con la sorpresa en los ojos de aquellos que entendíamos que el trayecto emprendido por España era el adecuado, dónde la razón solo tiene un camino porque lo demás son retorcidas excursiones que se apartan peligrosamente de ella.
Luis Araquistáin publicó un artículo en la revista Leviatán en septiembre de 1934 que bajo el título de “la utopía de Azaña” en el que venía a decir que “la bella utopía republicana” que había pretendido realizar Azaña durante su gobierno partía de un grave error de cálculo al considerar que la derecha aceptaría una “República que, manteniendo la propiedad privada , diese entrada permanente o regular en el Gobierno al proletariado”. La utopía de Azaña – es decir, su error- consistió en creer “que era posible construir y regir un Estado que no fuera un Estado de clases”.
Utopía y fracaso es una ecuación que la historia ha ratificado en multitud de ocasiones como algo irrealizable, la historia es un cementerio de utopías. Ortega y Gasset señaló en el “Tema de nuestro tiempo (1923)” como error recurrente de todas las revoluciones y contrarrevoluciones “la vana quimera de realizar una utopía más o menos completa”, en un intento condenado inexorablemente al fracaso. Cataluña, que siempre apunta buenas maneras utópicas, lo intentó allá por los años diez y veinte pretendiendo la construcción de la ciudad ideal como germen de una civilización, capaz de alcanzar un equilibrio perfecto entre lo rural y lo urbano, la economía y la política, la cultura y el trabajo.
Socialismo y utopía han caminado de la mano en largos tramos del camino. Corría el año 1977 cuando Enrique Tierno Galván reivindicaba en una conferencia la naturaleza utópica del socialismo, alzado frente a quienes, en España y en Europa, aceptan con resignación el capitalismo como una fatalidad histórica. “Si el socialista es algo”, llega a decir Tierno, “es un hombre utópico”, y a la inversa : “Dónde no hay utopía no hay socialismo”.
Sería en el año 1982 a principio del primer gobierno socialista cuando se sugirió por algún periodista que el universo de la utopía les está vedado a los líderes cuando llegan al poder, lo que no es cierto como todos sabemos, con un juguete tan encantador los gobernantes se sientes dioses; con ese juguete con el que se dirige y controla al Estado, la vida y haciendas de todos los ciudadanos ; cualquier experimento se puede llevar a cabo, sin problema para quien emprende aventuras descabelladas a coste cero, aunque sea un fiasco la aventura con coste importante social, económica y de credibilidad internacional. (Algún día hablaré de la necesidad de exigencia de responsabilidad, civil, penal y criminal de quienes gobiernan).
El informe Foessa publicado en 1981 llamado “Seis años de cambio político” terminaba apelando a que “se debe hacer política que sea posible, con realismo, ilusión y sin expectativas utópicas que sólo pueden llevar al desencanto”. Las elecciones generales del pasado mes de diciembre nos han permitido conocer programas de algún grupúsculo político que sigue esa senda que simplemente pone sobre el papel lo que muchos ciudadanos en aras a la mejora en la calidad democrática lamentablemente estamos deseando, no solo oir sino que además sea realizable; ahí está nuevamente la utopía, el desastre y el engaño de los embaucadores.
Mariano Avilés – Jurista / Febrero 2016
Artículo dedicado a mi buen amigo José Carlos Marín que ha dado nueva imagen a este blog y que me ha animado y empujado a seguir publicando.
