16 junio 2022

Si Pablo Iglesias (el tipógrafo, claro) levantara la cabeza y viera lo que hoy entiende y consiente el partido llamado socialista, se volvería a la tumba horrorizado, y ya es decir.

En el XIII congreso del exilio, entre otras, se hizo pública la “resolución política” aprobada en Suresnes (octubre 1974), sobre el vago fondo de un marxismo llamado dialéctico, los socialistas presentaron un programa caracterizado por su radicalidad,  acompañado por un programa mínimo definido por el pragmatismo que tenía como máxima “la conquista del poder político y económico por la clase trabajadora  y la radical transformación de la sociedad capitalista en socialista”.

La democracia en aquellos momentos no pasaba de ser un “medio para conseguir aquellos fines”, es decir la utilización del sistema para alcanzar otro sistema, su sistema. El sistema capitalista parecía “condenado a desaparecer” por sus contradicciones internas.

La identificación de los socialistas como marxistas y el compromiso con la democracia y la libertad fueron las piezas centrales de una nueva teoría de la transición al socialismo. El socialista pretendía alejarse por igual del socialdemócrata y del comunista, conquistar una sociedad en la que desapareciera la explotación del hombre por el hombre, una sociedad sin clases y que desde la perspectiva actual es una suerte de utopía que nunca se dará.

Apoyarse en la democracia era la única vía para ir subiendo escalones, pero este discurso ideológico empezó a mutar a partir de los fatales resultados electorales de 1979.

Ya en el primer informe sobre elecciones, Felipe González aludió al extraño espectáculo de una derecha que en su evocación al pasado intentaba meter miedo haciendo aparecer al partido socialista como un verdadero peligro para la sociedad; era necesario acabar con esa imagen negativa.

Desde aquel entonces a los momentos actuales parece que el partido socialista haya copiado el método de aquella derecha (hoy “derechona”) y es ahora, la izquierda la que dice que la derecha y la ultraderecha son quienes se comen a los niños crudos; ahí está el partido socialista para salvarnos de todo mal.

Insistieron hasta la saciedad de que el partido era democrático y que lo pretendido era transformar la sociedad democráticamente, esto es, lanzar la imagen de que socialismo era igual a democracia y a libertad; propuso González la transformación del lenguaje de transición al socialismo por un lenguaje de consolidación de la democracia y los socialistas aparecían como la única fuerza que podía conseguirlo ofreciendo a los ciudadanos un horizonte de tranquilidad y progreso.

Pero como diría el filósofo, “nada es, todo cambia” y en los partidos de izquierda aún más, precisamente por tratar de buscar incansablemente ese nicho de avances sociales que nunca llegan. A medida que se acercaban al gobierno, las palabras claves del nuevo lenguaje socialista no eran ya clase obrera, socialismo democrático o república federal que se empezaron a dar por amortizadas, sino términos como modernización, europeización, consolidación de la democracia y vertebración de España, impuestos y gastos sin control. Los socialistas se entendieron a sí mismos como sustitutos de la burguesía; vieron que existía otra realidad deseada por los ciudadanos por muy socialistas que fueran empezaban a probar las ventajas de una vida más cómoda.

Se presentaron como partido dispuesto a desarrollar una política socialdemócrata de crecimiento y redistribución y también decididos a consolidar la democracia y examinar cuestiones sociales y de Estado históricas pendientes de solución: economía competitiva, descentralización política y adecuación de las fuerzas armadas a una nueva realidad constitucional, entre otras.

Creyeron ser los portadores de una “nueva ética política” y de un proyecto de regeneración moral del Estado y de la sociedad. Todo hasta que una nueva generación de políticos socialistas se hicieran eco de la denominada “Nueva Vía” que resultó triunfadora en el 35 congreso del partido y que se celebró a comienzos del siglo XXI.

Esta nueva generación de políticos socialista encabezada por Rodríguez Zapatero (de infausto recuerdo) y que continuara el «doctor» Sánchez (que supera cualquier estadística negativa para el bien social) lo ha sido para alterar la tradición socialista nacida en Suresnes con la introducción de teorías de republicanismo y un nuevo (no por ello mejor) estilo de hacer política destructiva.

Hoy, con independencia de los acontecimientos que a nivel global han sucedido, asistimos a una crisis sin precedentes de ideas y decisiones en el gobierno de España, que han abocado al país a ser una nación poco fiable a nivel internacional, con una sociedad dividida, con una vulneración sistemática de las tradiciones parlamentarias, con una gestión de lo público de imposible análisis amable, con una destrucción paulatina de las instituciones más importantes del Estado y con unos ciudadanos que cada día observan al gobierno de España como el peor enemigo para el progreso social y para los intereses particulares de las personas que ven mermada su capacidad económica de forma alarmante mientras se nos presenta un Estado con la mayor tasa de recaudación fiscal de todos los tiempos pero con unos servicios públicos de peor calidad cada día.

La calidad democrática en España se ha visto empañada por la pésima gestión del Gobierno que ve en el oportunismo una ocasión para medrar a costa de la precariedad de la población que malvive mientras los ministros mandados por el líder mesiánico se regodean en los cientos de miles de millones de euros cedidos a regañadientes por países de la Unión Europea, quienes pese a las protestas manifestadas no son capaces de poner freno a los desmanes socialistas.

Ya dije en su momento que progresismo y progreso en nada se parecen; ante una gestión lamentable y degenerativa de la vida pública aquel partido socialista con ideas que decían “renovadas”, ha devenido en un desastre que no lo conoce “ni la madre que lo parió” y pese a ello, aquellos “patriarcas”, que todavía pontifican sobre lo que se hace en su partido de tradición y de importancia en la transición democrática y no son capaces de dar un puñetazo en la mesa y apartar al ostracismo más remoto, por el bien común, a Sánchez y a quienes le amparan; alguien me dijo que «por donde pasa la sombra del sanchismo no crece la legalidad». Al final el cacique Sánchez está logrando que el partido socialista se disuelva como un azucarillo que se irá por las alcantarillas irremisiblemente. Frente a ello, este viejo país llamado España, resistirá.

Mariano Avilés – jurista  

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