Artículo escrito en junio 1982 (como si fuera hoy)
Las constantes agresiones que en materia de derecho internacional se han llevado a cabo de una forma casi continuada, obliga a someter a consideración la fuerza negociadora del árbitro comúnmente aceptado por gran parte de los países de todo el mundo, Las Naciones Unidas.
No cabe la menor duda que hasta en los conflictos más fáciles, y a veces hasta los sin sentido, al contar con una mediación que decida la contienda de forma justa y con la mayor equidad es casi obligado.
El que internacionalmente se haya considerado la validez negociadora de la Naciones Unidad alumbran una vía más de solución a las cada vez más difíciles relaciones internacionales que en la actualidad están tildadas por el particularismo a nivel ideológico, y este hecho desemboca en una carencia de unidad de creencias y de intereses en el plano universal.
El problema estriba en determinar con relación a la estructura de las Naciones Unidas, la forma en que hombres que mantienen posiciones totalmente dispares ante temas fundamentales, puedan cooperar en la protección de los derechos humanos indispensables y a la salvaguarda de la integridad territorial de las naciones.
En el seno de la gran organización mundial se acoge todo tipo de preocupaciones tendentes a una mejor convivencia entre todas las naciones manifestada en la Carta Magna de 1945, con ella se inicia un proceso de humanización del derecho internacional promoviendo y reglamentando la cooperación pacífica de los estados.
Es virtualmente importante que la letra impresa entre a formar parte de un mundo que evoluciona entre contiendas. El asalto a embajadas en algunos países del mundo evidencian el deterioro del concepto fundamental de lo que significa territorio de un país y al que no se puede acceder por la violencia.
Las bases que en principio se sentaron en materia de derechos humanos descansa en el voluntarismo de aquellos que lo suscribieron y que día a día sistemáticamente violan; existe, por tanto, un gran contraste entre los principios proclamados y la práctica que de los mismos hacen los estados.
Políticos de la talla de De Gaulle decían creer sólo en la Europa hecha con los materiales existentes, con los estados, no reconociendo por tanto la posibilidad de una soberanía supranacional para Europa. Paul-Henri Spaak (político belga) estaba totalmente convencido que las organizaciones internacionales tienen poco de realistas y mucho de idealistas, factor aquel fundamental para construir algo importante.
El hecho de que el mundo tienda a asociarse en grandes organizaciones internacionales nacidas bajo el signo de la paz, ha sido motivo suficiente para crear las mismas organizaciones para la guerra. El que España sea miembro de pleno derecho de la OTAN significa la lucha por la integración en el mundo moderno de velar por la paz desde la amenaza de guerra, y esta pudiera ser una postura poco consistente pues las grandes organizaciones internacionales aquí no vienen sino a hacernos ver -quien lo quiera ver- la dureza de una guerra actual caso de producirse.
El respeto a los derechos humanos en todo el mundo debe ser el objetivo prioritario de cualquier nación, y hoy por hoy, se están infringiendo su esencia misma de forma clara y ante los ojos de unas sociedades más civilizadas que nunca. Infracciones que pasan por todos los matices que pueden adquirir y que suponen vejaciones directas contra las personas o sus creencias.
El asociar las “situaciones coloniales” y “derechos humanos” es un hecho que no se ha producido en el ordenamiento internacional hasta fecha relativamente reciente. Existe en nuestra historia un dato significativo para la valoración del mundo colonial por las potencias europeas. Desde 1559 (Tratado de Chateau-Cambresis entre España y Francia) se admite que aun cuando existiese en Europa un estado de paz entre ambas partes, podrían tratarse como enemigos más allá de la línea en el ámbito de las situaciones coloniales.
“Fue así establecido verbalmente que las hostilidades más allá del meridiano de las Azores, en el occidente, y del Trópico de Cáncer, en el sur, no debían ser objeto de quejas ni de reclamaciones de reparación, y que en esas zonas el más fuerte era el señor”. En otros tratados posteriores de siglos XVI y XVII, especialmente en lo que conciernen a Gran Bretaña y Francia, verán limitado su alcance en el espacio al distinguir entre territorio “metropolitano” y territorio “colonial”.
En la Carta de 1945 se proclama el general respeto de los derechos y libertades del hombre en relación con la paz y la seguridad de la comunidad internacional que se materializa en el principio de no intervención en los asuntos internos de los estados y el principio de libre determinación de los pueblos. En efecto, el entronque entre situaciones coloniales y derecho humanos es tardío en la normativa.
Abundando en esta idea el profesor Miaja de la Muela señala que la ONU se ha convertido en el ariete contra los últimos restos del colonialismo. La consideración de las situaciones coloniales, bajo el ángulo de la paz y seguridad internacional, corresponde al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas potenciando la aplicación de sanciones internacionales que tienen como objetivo último asegurar el respeto por los derechos humanos cuando el mantenimiento de una situación colonial “compromete la causa de la paz”.
Ante las situaciones de guerra que se pudieran crear en virtud del sometimiento colonialista de los pueblos, se ha considerado últimamente que la lucha armada de estos pueblos para el logro de su independencia constituye un supuesto de uso legítimo de la fuerza. Situaciones de colonialismo que pudieran ser argumentadas en defensa de una tutela administrativa y cultural que está debidamente prevista legalmente como “sucesión de los Estados”, caso ocurrido con Guinea Ecuatorial.
Con la frase de Ortega al decir que la Unión Europea no es una fantasía, es la realidad misma, pudiera verse una comunidad europea e intercontinental muchos más ágiles de lo que en este momento son. Construyamos una comunidad internacionalmente válida desde unos postulados generalmente observados, renovando lo renovable, que pudiera ser mucho, y manteniendo lo que interese para bien de todos. Debemos dar un voto de confianza a los que luchan por el mantenimiento de los derechos humanos en el mundo, que sin duda no deja de ser difícil, siempre confiando que para unir al mundo no hay que destruir más que construir.
Mariano Avilés – Jurista
Febrero 2022
