3 agosto 2022

Varios han sido los nombres que se le han dado a los médicos que nos atienden de esa patología leve que desaparece tan pronto escuchamos las primeras palabras tranquilizadoras del médico de medicina general (por tanto, no especializada); son estos profesionales de la medicina la puerta de entrada a la luz de la tranquilidad o a las tinieblas de la duda.

Al igual que el fontanero, el electricista, el albañil, el informático o el abogado (pongamos por caso) de confianza, el médico de confianza es tan necesario como un martillo para un carpintero (por ponerlo claro).

El médico de familia ha existido desde siempre e incluso ahora que la familia está en claro retroceso, es un momento difícil para la identidad de la familia, aunque la imagen del médico de familia persiste y sigue siendo la tabla de salvación en esos momentos en los que la salud nos hace dudar por desconocimiento, después de consultar a Google, hasta llegar a pensar si tenemos formalizadas las últimas voluntades.

Desde los tiempos más ancestrales, a la humanidad le ha preocupado dos conceptos básicos: La vida y la muerte. Alrededor de ello se han forjado tradiciones, religiones, hechiceros, falsos predicadores, chamanes, chantajistas, sanadores y profesionales de la salud.

Desde la superstición, adivinación y hechicería hasta la devoción a las Santas Reliquias fueron motivo no solo de veneración sino el símbolo para justificar guerras que tenían poder salutífero.

El culto y devoción a los santos, iniciado en el periodo visigótico y Alta Edad Media se fue intensificando progresivamente y el pueblo llano, inseguro en todos los órdenes de la vida, buscó intermediarios con Dios que fueran “asequibles” y próximos a él, bien por haber tenido un pasado humano, bien porque estuviesen antropormofizados como los ángeles.

La sociedad tradicional europea ha practicado simultáneamente dos tipos de medicina, esto es la medicina primitiva, sobrenatural o religiosa y la medicina académica o científica. La medicina popular, en detrimento de la medicina científica tiene una honda raíz religiosa con la finalidad de curar las enfermedades humanas, impuesta por el magisterio continuado durante siglos por la Iglesia.

La medicina durante mucho tiempo a lo largo de la historia estuvo en manos de curanderos y santos con incidencia en unas regiones más que en otras, regiones aquellas que se consideraban remotas y abandonadas como el caso de Asturias, de  cuya zona se llegó a escribir:

“no hay Indias donde vuestras mercedes van por tantos peligros de agua y otras miserias que tengan más necesidad de entender la palabra de Dios que estas Asturias”

El médico rural se desenvolvía con muchas dificultades en el medio propio del pueblo llano, con muchas penurias, pues en momentos de epidemia o de un mal año de cosechas llevaba a su pobladores dispersos al mundo de la mendicidad.

La ciencia y la cultura llegaron a España en el siglo XVII con notable retraso respecto al resto de Europa; las universidades estaban dedicadas a la literatura y se nutrían exclusivamente de teólogos, juristas y militares.

La medicina ilustrada trajo la ampliación del número de galenos hasta en territorios olvidados; la presencia de médicos en las villas y pueblos más importantes se iba completando con la presencia de cirujanos que pasaron a sustituir a sangradores indocumentados. El incremento de instituciones hospitalarias en zonas de población importante completó  indicios de modernidad.

La medicina popular no terminó de desaparecer y corría paralela a la científica a la que suplía en sus deficiencias (que eran muchas), especialmente en el medio rural, en la Edad Moderna los curanderos y saludadores fueron recurso obligado ante la falta de remedios científicos.

Al comenzar el siglo XIX España estaba en la bancarrota (los gastos públicos duplicaban los ingresos), con malas cosechas que era la base de la economía no se podía aspirar a un desarrollo sostenido.

La invasión napoleónica, acontecimientos políticos de marcado carácter liberal y la incompleta industrialización presidieron la trayectoria del nuevo siglo. Durante la primera mitad del siglo XIX existía un importante déficit de profesionales de la medicina hasta que una vez mediado el siglo comenzó un despegue importante del sector médico y hospitalario y aún así hasta el primer tercio del siglo XX, tanto en el medio rural como en el urbano no había desaparecido la llamada medicina popular.

La Iglesia, refugio que fuera de las clases más humildes, era tradicionalista y conservadora durante los siglos XIX y XX; expoliada en repetidas desamortizaciones, atacada sistemáticamente por los gobernantes liberales y aborrecida por las fuerzas obreras, no supo romper con su apego a la tradición.

Aunque la medicina popular no es un repertorio de procedimientos curativos más o menos raros o curiosos, no deja de ser interesante y ha sido estudiada como una manifestación cultural del pueblo y dejado interesantes crónicas de cómo entender y afrontar las dolencias de las personas.

La figura del médico emergió con intensidad; ya hemos pasado de la época de aquellas recomendaciones a la recién parida que debía incorporarse rápidamente a las tareas del campo y que entendían el vino como elemento insustituible en su dieta: “para lactar bien, poco antes de dar el pecho, la madre se tomaba una taza de pan migado con vino y azúcar”.

Aquellos pioneros de la salud que reconfortaban con consejos basados en tradiciones han llegado hasta el día de hoy constituidos en médicos de familia, médicos de atención primaria o médico de medicina general, que curan con la ayuda de la ciencia y la investigación farmacológica.

Aún hoy queda la bonita reminiscencia de llamar médico de cabecera  a estos facultativos que son la puerta de entrada para dar respuesta a nuestras dolencias más comunes.

Cuenta la tradición que el motivo por el que se les empezó a llamar “Médico de cabecera” fue por la posición en la que se colocaba el médico cuando iba a visitar a un paciente: en la cabecera de la cama (tengamos en cuenta que antiguamente los médicos no solían tener consulta, sino que eran ellos los que se desplazaban hasta el domicilio del enfermo). Muchas eran las ocasiones en las que el médico pasaba horas observando la evolución del enfermo y lo hacía situándose en la cabecera de la cama. 

Hay un buen número de historias y leyendas antiguas en donde se explican que la muerte siempre se coloca a los pies de la cama de la persona a la que se quiere llevar, mientras que el médico, que es quien debe retenerlo con vida, está situado en la cabecera.

Por mucho que cambie la medicina, el profesional sanitario y en especial el médico seguirá siendo un eslabón importante en materia de la salud de las personas. Son muchas las Administraciones que apuestan por una sanidad más humana en el que el centro de atención es el paciente que se enfrenta a un ambiente “hostil” por la inseguridad que le genera la intervención de los profesionales de la salud, máxime si se le sitúa en un centro hospitalario.

La tecnología nunca podrá sustituir el consejo del buen médico de cabecera o del buen médico especialista en una dolencia; el cumplimiento de protocolos es importante y debe darse con la

temporalidad adecuada; desde la fase de conocer y de llegar a un tratamiento con medicamentos mediante los signos guía hasta los otros dos momentos importantes que son la parte afectiva o humana y la parte ética; estas dos últimas en clara intención de desarrollo por las Administraciones Públicas.

En una sociedad cada vez más laica, el médico de cabecera se ve obligado con su entrevista clínica a sustituir al familiar de confianza a la hora de resolver el conflicto que tiene el paciente angustiado, ofreciendo un contacto personal que ayude a soportar sus dudas.

Ni ordenadores ni tecnología podrán sustituir al médico de cabecera que por formación y por vocación respondan a la demanda del enfermo que como decía al comienzo de esta reflexión con simples palabras del médico, el paciente comienza a sentirse bien porque es escuchado.

El médico de cabecera debe escuchar y hablar con el paciente, esta es la base de la confianza altamente demostrada y aunque los pacientes quieren también que la ciencia aflore en el médico, nada sustituye al buen médico de cabecera, al médico humano, todo ello sin despreciar los adelantos tecnológicos. Ahora deberemos plantearnos la duda de si el médico de cabecera es aquel que atiende al paciente en una conversación telefónica.

Mariano Avilés – Jurista

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