15 enero 2022

«…liberales, demócratas o republicanos  eran calificados como progresistas y personajes de muy distinto pelaje pudieron ser tachados como progresistas aunque todos tenían en común la interpretación de la sociedad volcada hacia un futuro mejor…»

Siempre me llamó la atención que se equipare la palabra progresismo a la mejor posición para que la sociedad prospere en derechos cuando en muchas ocasiones es al contrario, progresista -dicen- es quien pretende “el más rápido desenvolvimiento de las libertades públicas”.

Un sector social ha patrimonializado este término que tiene como raíz la palabra progreso pero que no significa lo mismo; progresismo no es una acepción de progreso y eso ya lo hemos evidenciado a poco que viéramos algunos ejemplos que machaconamente han sabido colarnos las izquierdas para hacernos creer en ese avance hacia la libertad; progresismo es un concepto obsoleto, al igual que vemos que quienes se autodenominan progresistas no persiguen las libertades públicas, bien al contrario buscan establecer un sistema de vida en el que el Estado sea quien disponga de la libertad arrebatada a los ciudadanos.

Haciendo un poco de historia resulta ilustrativo las definiciones que se han ido acuñando por la Real Academia de la Lengua. En la edición del diccionario de 1884 la palabra “progresista” respondía a “un partido que aspira a ir reformando o mejorando progresivamente las instituciones políticas y sociales en sentido liberal”. En la redacción de 1914 el concepto denota un sentido histórico al decir que “aplícase a un partido liberal de España que tenía por mira principal el más rápido desenvolvimiento de las libertades públicas”, remisión a la historia que en la edición de 1985 es más acusada cuando se precisaba que la actuación de dicho partido databa del “segundo tercio del siglo XIX”. Fue finalmente en la edición de 1936 cuando la voz “progresista” ingresó en el diccionario como “ideas progresivas de partidos políticos que pregonaban esas ideas”.

El término progresista fue utilizado por diversos partidos políticos en sus nombres; el progresismo pasó por buenos y malos momentos; liberales, demócratas o republicanos  eran calificados como progresistas y personajes de muy distinto pelaje pudieron ser tachados como progresistas aunque todos tenían en común la interpretación de la sociedad volcada hacia un futuro mejor; lo cierto es que como observó Ortega, que clamó contra el culto al progreso, “los políticos progresistas utilizan el término para significar una peculiar política concreta y limitada (…), la suya”.

Unamuno no estuvo lejos de las posiciones de Ortega y arremetió en varias ocasiones contra el concepto “eminentemente conservador” de progreso que tienen los progresistas -decía-, con la ingenua pretensión de que la “humanidad marcha sobre railes” por un sendero “trazado de antemano”.

Fue Azaña quien asumiera la tradición liberal y sostuvo que la República era la legítima heredera de la tradición progresista. La izquierda fue siempre la que se autodenominaba progresista dejando para sus adversarios de la derecha adjetivos menos edificantes como “retrógrados” u “obscurantistas”.

Franco en un discurso ante las Cortes (1967) arremetió contra ciertos internacionalistas “que presumiendo de progresismo se aferran a un puñado de manoseadas fórmulas de los siglos XVIII y XIX y, por tanto, son unos inmovilistas”.

En la década de los años setenta del pasado siglo la voz progresista y progre fue apareciendo en revistas y discursos, tal fue el caso del semanario Triunfo dónde “la progresía” emitía sus opiniones que tenían sus seguidores precisamente en la oposición al régimen del dictador; hubo quien dijo que “frente a los cavernícolas, los carcas y retrógrados”, los progresistas seguían confiando en que “el avance de la historia o de la vida iba en el sentido de la izquierda”.

El progre pasó a ser la contrafigura del facha. El empleo de la palabra progre trajo consigo la devaluación del término. El progre quedó a los ojos de la izquierda socialista más evolucionada como una figura patética de quienes se habían quedado enganchados a una ética y estética anticuadas y sin adaptarse a los cambios.

Durante los veinte primeros años de la transición el término progresista seguía siendo utilizado preferentemente por la izquierda para referirse a sí mismos, mientras que para los centristas la palabra estaba muy alejada de todo radicalismo ya que casaba casi a la perfección con el reformismo. Progresismo y reformismo empezó a ser utilizado por ministros de la UCD como Fernández Ordoñez y García Añoveros; ambos términos parece que contribuían a un ambiente de consenso en la transición; se rompía la dicotomía entre derechas e izquierdas. Comenzada la transición, absolutamente todos los partidos políticos se definían como progresistas.

Una década más tarde la izquierda siguió creyendo que poseía especiales derechos sobre el término “progresistas”. Aparecieron tres asociaciones de jueces: conservadores, progresistas y moderados, siendo las tres respetables, dan a entender sus tendencias, tanto el que defiende la práctica de las costumbres, como el que propone un más rápido desarrollo social o el que busca templar los rigores de los excesos.

El filósofo francés Jean-Claude Milner definió impecablemente el término progresista al decir que “es un discurso que siempre está dispuesto a improvisar un marco ético para justificar cualquier chapuza moral”.

Ya a finales del pasado siglo se hablaba que no había ni progresistas ni conservadores completos. Un comentarista sostenía que “lo más progresista es crear empleo, reducir impuestos y bajar el precio de la luz  y del teléfono” (El País 14-IX-1999).

A la imagen que transmitía el progre de intelectualoide, pequeño-burgués, revolucionario superficial y de izquierda de salón se le añadieron con el cambio de siglo matices políticos trasnochados de ideologías de los años setenta del siglo XX.

Decisiones controvertidas del gobierno de Zapatero terminó de “arreglar” la polémica. Vicente Verdú señalaba que “el progresismo nacido  como la deriva más jovial del marxismo padece estos años las graves dolencias de la edad (…) Si el izquierdismo fue la enfermedad infantil  del comunismo, el progresismo encarna  tendencialmente la enfermedad senil del izquierdismo” (El País 27-IV-2006).

Fernando Sabater en el 2004 lamentaba que “la izquierda haya dado la consideración de progresista a fuerzas tan reaccionarias como Batasuna o Esquerra Republicana de Cataluña”.

Esta apropiación de la izquierda, por no decir dejación de la derecha, ha pasado a manos de socialistas, comunistas, batasunos (con lo que ello representa), independentistas (que representan a minorías), ecologistas, feministas, etc. todos ellos alimentados en la actualidad por los presupuestos un Estado español del que reniegan.

Progresista ha terminado por significar lo contrario de lo que pretendía; los progresistas lejos de buscar las libertades públicas, claman por más intervención del Estado frente a las libertades de los ciudadanos; y aunque progresismo, en modo alguno, significa progreso, lo progre está lastrando el progreso que está en declive y que no tiene porvenir porque se ha quedado en una palabra vacía; el progreso ya no es un principio universal y se queda en simples mejoras sectoriales y provisionales; los ciudadanos necesitamos que se nos explique qué es lo que impide el avance y la mejora.

Abogar por un progreso natural arrebata a los políticos la posibilidad de manejar los hilos de conducta social; los políticos son muy dados a controlar y estrechar los movimientos de las personas. Avanzamos para que con la ciencia y la tecnología podamos buscar medicamentos contra la enfermedad y retrocedemos en el derecho a la libertad. Hoy si tuviera que avalar alguno de los dos conceptos «progresistas» y «progreso», no avalaría a ninguno de los dos; el progresista no existe y los que así se definen no ven más allá de la punta de su zapato; el progreso tampoco se aprecia como un valor en sí mismo que impulse a la sociedad, pero lo verdaderamente lamentable es tener que concluir diciendo que incluso la democracia, hoy decadente, está sinceramente herida de muerte.

Mariano Avilés – Jurista

Enero 2022  

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