5 agosto 2022

Hoy me he propuesto ordenar algunas notas manuscritas que desde hace años tengo entre mis archivos y lejos de lo que es la normal tarea de los leguleyos (también nos llaman abogados) y de las cotidianas luchas por contribuir mínimamente a que se imparta justicia (aunque no se ha de ser necesariamente abogado ni juez para perseguirla), heme aquí, ante el papel, en una tarde soleada que invita a la reflexión y pensamientos en cosas no menos profundas, aunque la profundidad del pensamiento ,ni se puede medir, ni tan siquiera me atrevo a insinuar.

En fin, espero se me perdone este atrevimiento por transmitir esta sucesión de pensamientos que cuando los plasmé en el papel iban dirigidos a las gentes extremeñas por el acogida maravillosa que siempre me dispensaron y que siempre que hay oportunidad comparten de buen grado.

De Extremadura, pese al tiempo transcurrido, veo que conozco poco y muchas de las cosas que me gustaría saber, pese lo limitado del tiempo por los quehaceres que siempre son el obstáculo perfecto para impedirlo, aunque tengo el empeño por vencer esta carencia, alcanzar y conocer los pueblos extremeños tan plenos de pasado, de historia y acontecimiento, sus leyendas y tradiciones.

“ El hecho de ser una persona o cosa, la misma que se supone o se busca”, se encuentra la palabra identidad que así la define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

El ser o no de las personas y los pueblos depende exclusivamente de eso, de las ganas y los esfuerzos que cada persona y cada pueblo tenga por encontrarse a sí mismo, por conocer lo que fueron o hicieron sus antepasados, por conocer y saber lo que ha quedado de todo aquello que otros se esforzaron en construir y además tratar de preservarlo.

Construir las formas de vida, los anhelos, las costumbres, el lenguaje, los trabajos, los instrumentos, hacen de cada uno de nosotros una pieza insustituible en el engranaje de la civilización.

Conocer los límites geográficos de nuestra tierra no es sino conocer cual es la dimensión de la cazuela donde tenemos que preparar, condimentar y degustar el alimento cotidiano de nuestro día a día, de nuestra cultura, de nuestros gustos y disgustos, de nuestro buen y mal hacer.

Desde los ancestros más remotos pasando por los romanos, hasta el día de hoy, a Extremadura se la denominaba como la “provincia de la que se sabe menos que de otras; y creen algunos que hay allí muy poco que observar en obras de buen gusto”.

Esta era la realidad para aquellos viajeros que paso a paso recorrían caminos en los siglos XVI y XVII y de cuyos viajes nos han quedado testimonios escritos.

La exquisitez de los romanos, que amaban la buena vida, la calidad en las cosas y la naturaleza, no escatimó medios para aposentarse en la Extremadura, desde Badajoz hasta Cáceres.

Inventar la ciudad de la Placencia o Ambrosía (Plasencia) no fue cosa de un petimetre trasnochado sino de aquellos que gustaban de bien-estar. Su situación estratégica, vecina de Portugal y de Castilla, próxima al mar desde cualquier punto, y rodeada de un impresionante rosario de montañas, hacen de Extremadura una región agradable para vivir, además de punto de partida hacia otras regiones de la España romana, y en todas las épocas.

Es la zona que va desde Plasencia hasta Salamanca una región ampliamente visitada por aquellos romanos de caballos rápidos y con cresta que denotaba la importancia de su jinete; se desplazaban por las calzadas romanas y recorrían desde Plasencia, como punto de partida, todas las tierras colindantes en bastantes leguas.

Así se decía de El Villar que era “un pueblo frondoso, ameno y muy saludable, de exquisitas aguas, con porción de castaños y otros arboles frutales”, y asimismo de “yerbas” medicinales, que son comunes en toda esta serranía.

Ante tal descripción de excelencias es difícil pensar que los romanos expertos en la dominación de pueblos no escogieran aquello que verdaderamente les conviniera. Una tierra tan sobrada en recursos naturales es difícil ni tan siquiera imaginar, por ello, una vez encontrada (descubierta), los romanos y civilizaciones posteriores no escatimaron esfuerzos en defender sus asentamientos entre una población hospitalaria y fácilmente sumisa a los intereses del “imperio”.

Un eclesiástico de El Villar aseguraba allá por el siglo XVII que entre dicho pueblo y Cáparra “se conocen ruinas de antigüo aqueducto; y no sería de extrañar, que la magnificencia romana lleven aguas de estos montes a tan principal, y famosa población suya, como era Cáparra, distante de aquí como unas dos leguas”.

No voy a hacer en este relato un interminable monólogo de lo comentado por el cura de El Villar, pues eso lo dejaré para ocasiones más propicias en las que el deseo de lectura de las pequeñas historias que granan esta tierra extremeña esté integrada en cada uno de nosotros; cada vez que veamos aparecer este intento de aproximación al hoy comentando aludiendo a las anécdotas que sucedieron y pasaron en algún lugar que no por lejanas son de menos interés y agrado para quien de buena gana las lee.

“El viejo duerme hasta media mañana, se divierte en las fiestas, bebe algo de vino y, en la actualidad cerveza, otro índice del reciente bienestar económico, quitándose tal vez el ronquillo con un trago de aguardiente. Se sienta al sol con los amigos, los pocos quintos aún vivos, o con los consuegros, lo cual en su opinión es mucho menos gustoso. A la vuelta del paseo echa un cigarro (ya no se lía el tabaco en Las Hurdes) y busca compañeros para una partida al tute”. (Cuadernos Populares -Junta de Extremadura).

Sigamos el camino para citar por un momento a Baños de Montemayor, que era otro motivo importante para los desplazamientos de aquellos pobladores  por la zona. El territorio entre Baños y Aldeanueva del Camino (dos leguas) así como los caminos próximos fueron medidos por Juan Ginés de Sepúlveda, el Maestro Esquivel y Antonio de Nebrija, y por las medidas que en Mérida habían hecho, sacaron cual era el verdadero pie español (que no excedía al romano).

El hacer camino y tierra fue la constante de ilustres hombres así como de los pobladores de estos lugares que son un verdadero vergel -dicen las crónicas- comenzando a conocerse los parajes, las distancias y la nobleza con la que las gentes de esta tierra han aguardado tiempos de bonanza y prosperidad.

Estas como otras tierras, están llenas de curiosidades, anécdotas contadas y cantadas por aquellos personajes ilustres que precisamente (salvo excepciones) llegaron a su ilustración fuera de Extremadura; poetas, nobles y gentes del pueblo llano que transmitieran verbalmente la experiencia que el camino del daba sobre todo con sus ganados trashumantes. ¡Ya se van los pastores de la Extremadura!.

Solamente una muestra de las muchas tradiciones existentes y en este caso sobre las costumbres casamenteras; me refiero a “porra dentru” que hasta hace poco se practicaba en Piornal y otros pueblos extremeños.

Que la moza acepte al pretendiente, no es suficiente para iniciar relaciones de “noviuh fromalih” porque falta el consentimiento de los padres de la supuesta novia. El muchacho se acercaba a la puerta de la casa y al grito de ¡porra dentru! Lanzaba su bastón al interior. Si el pretendiente era del agrado del padre, recogía el bastón y lo guardaba como signo de aceptación. El pretendiente se veía obligado a solicitar la devolución de la cachiporra y este era el pretexto para poder tomar asiento en la cocina de la casa de la pretendida novia. En caso de “nonih” el pretendido suegro tomaba el bastón y lo arrojaba a la calle a la voz de ¡porra fuera!; en otras ocasiones rompía el bastón antes de tirarlo a la calle.

Hoy más que nunca estoy convencido que si interesantes son las anécdotas conocidas, porque así fueron transmitidas de generación en generación, bien escritas o habladas, más interesantes aún pueden resultar aquellas que por estar ocultas o no publicadas  reposan en las mentes tranquilas de los habitantes de estas zonas y que afloran en un rato de siempre agradable conversación.

Vivir y conocer Extremadura es una experiencia de tradición olvidada, superviviente en sí misma y carente de los cuidados de los que son acreedores sus habitantes. Extremadura quiere resurgir de sus cenizas y no lo ponen fácil las Administraciones. No concuerda, para nada, las ganas de prosperar con los apoyos que reciben. Quisiera que algún día pudiera revertirse esta tendencia del olvido extremeño (como en muchas regiones del país) y para ello quienes administran nuestros esfuerzos e ilusiones tendrían que ponerse a pensar en soluciones y cansarse de solicitar ayuda y solidaridad, gentes que siendo capaces están obligados en ese empeño.

Mariano Avilés – Jurista

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