27 noviembre 2022

Artículo escrito en julio de 1981 perteneciente a la colección «La brisa del tiempo que pasó»

Seguramente fueran los vinos de Extremadura los primeros que llegaron al Nuevo Mundo, pues sin ser de los más notables, algunos de ellos tenían fama en el siglo XVI y fueron loados por eximios escritores de aquel tiempo.

Vinos vigorosos y populares, llegaron a ser los preferidos del emperador Carlos I en los últimos años de su vida. De los dos más famosos, uno era pacense, el de Guadalcanal (hoy la villa de Guadalcanal pertenece a la provincia de Sevilla), pero algunos escritores clásicos como Lope de Vega, la consideraban extremeña.

Dice así El Fénix de los Ingenios: “Es Guadalcanal su nombre, su población, la primera de la Extremadura, yendo de la Andalucía a ella”, podía competir con los más notables vinos sevillanos. El otro vino era cacereño y hoy está olvidado o acaso no existe, se trata del “descargamaría”, que se cosechaba en la pequeña villa de su nombre, situada en el corazón de la sierra de Gata, al sureste de Peña Roya y del puerto Descarga, un terreno muy escabroso, regado por un ramal del río Trasgas llamado río Arrago.

En Extremadura había otros vinos de menos nombradía pero de buen beber, así, entre otros en Badajoz, los procedentes de tierra de Barros como el de Villafranca de los Barros, Solana de los Barros, Torremejía. Entre los originarios de la comarca de la Serena, estaban los de Villanueva de la Serena, Guareña, Don Benito; en Cáceres algunos de la zona de Montánchez, de Miajadas, Ceclavín, Cilleros.

Como antes se ha dicho, el vino blanco de Guadalcanal era el que alcanzaba mayor nombradía, fue mencionado por Fray Bartolomé de las Casas y también por Cervantes; el doctor Juan Sorapan de Rieros (Logrosán 1572), refranero y gastrónomo, lo estima como remedio indudable contra la melancolía y no lo olvidan Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés (escritor, botánico, etnógrafo y colonizador español nombrado en 1532 por el emperador Carlos I primer cronista de las Indias recién descubiertas), ni Mateo Alemán (especialista en novela picaresca).

En la zona occidental de la provincia de Badajoz, especialmente en Olivenza y otros lugares cercanos, se preparaban de modo doméstico unos vinos muy particulares que se denominaban “pitarras”. Para ello los aldeanos compraban la uva en el campo, después estrujaban uno a uno los racimos con la mano recogiendo el mosto que se desprendía con la presión y después lo dejaban fermentar en un tonel hasta que el vino se hacía.

Varios de estos productores formaban una especie de comuna y reunían sus “pitarras” en una bodega común. Cuando deseaban disponer de una cantidad de estas “pitarras” pedían la llave, tomaban el vino que necesitaban y depositaban su valor en una alcancía que allí se hallaba para este fin. Como regla curiosa de estas sociedades, es que no se podía invitar a beber de la “pitarra” a los convecinos, pero si a los forasteros, y en este caso el costo del vino gastado era sufragado por todos los socios.

Vino de gran fama en Extremadura fue el de Arroyo de la Luz. En siglo XIX (Guerra de la Independencia), cuentan las crónicas que a fin de sufragar los gastos de la guerra, el mismo Concejo acordó enajenar “las viñas de acá y las del valle”.

En los momentos en los que se produce el hundimiento del ejército francés, ya en el epílogo de la Guerra de la Independencia cruzan estas tierras cacereñas numerosos contingentes de tropas. Así uno de ellos, mandado por el célebre héroe de aquella guerra, el General Castaños, vencedor de Bailén, llega a Arroyo en 1813. Puede que la penuria económica de la población en tan difícil coyuntura la colocase muy por debajo de su hospitalidad y de esta forma, si no  pudo obsequiarse al victorioso general con grandes regalos, al menos se le distinguió con un presente inestimable, vino de Arroyo, que siempre fue producto de gran fama en la comarca.

Para la historia quedó el recuerdo de tal hecho, según cuentan que ocurrió, en los libros municipales, conforme a este asiento:

“El depositario Francisco Carrero Cid, pagará a don Alonso Manzano Javato 158 reales de vellón, valor de una arroba de vino generoso que suministró el excmo. señor don Francisco Javier Castaños, General de los ejércitos nacionales en su último tránsito por esta villa”.

No es extraño que la calidad de tan excelente vino, que sería obsequio de héroes, fuera preservada por la villa de Arroyo de las manipulaciones de personas desaprensivas que pretendían «dar gato por liebre».

Ello es la razón de que en 1683 se acordase por el Concejo arroyano la adopción de medidas que protegiesen la fama del vino de Arroyo de cualquier maniobra fraudulenta:

“Se dio cuenta de que muchos y diferentes vecinos venden públicamente vino con capa que son de sus cosechas, siendo cierto que lo van a comprar a la villa de Alburquerque, acordándose que se publique bando por voz de pregonero de que ninguna persona sea osada a vender dicho vino, so pena de mil maravedíes aplicados para obras públicas”.

Este es uno de tantos pasajes de la historia de la villa de Arroyo del Puerco, hoy llamado Arroyo de la Luz, según un decreto del gobierno de Franco de 11-12-1939, siendo alcalde de la villa Don Francisco Gonzalez Toril.

Hoy los vinos extremeños, quizás por una falta de prespectiva comercial adecuada, tan necesaria, aun siendo de calidad, les falta demanda, les falta explotar una denominación de origen de una tierra que da muy buenos caldos, donde el cultivo es cuidado más que para la venta para el consumo propio y poco más.

No obstante, también en torno al vino de pitarra, ese vino misterioso que no se llega a conocer nunca, existe el desconocimiento propio de lo que aún es artesano, hecho para muy pocas personas, lejos de la mecánica y la industria; beber hoy el vino de pitarra es un privilegio que quisiera se conservara, pues seguirían existiendo gentes preocupadas y ocupadas en guardar la tan larga tradición; yo tengo el privilegio de gozar de estos caldos que cuando están bien elaborados son una absoluta delicia.

De forma mágica nos trasladamos en el tiempo; ya en las fechas actuales del año 2022 la calidad de los vinos de pitarra han mejorado sustancialmente, sobre todo porque la cultura del vino se ha visto exponencialmente incrementada; la enología tiene su lugar y si hay un profesional enólogo por medio aquellos pitarras de entonces en nada se parecen a los actuales salvo en su fundamento; quienes disfrutamos de un buen pitarra sabemos apreciar de dónde viene esta tradición de siglos.

Cada año cumplo con el protocolo de buscar el mejor pitarra en Ahigal dónde Santiago Paniagua, hijo de Isidoro, cuida los caldos con mimo y esmero y hace al vino, al buen vino de pitarra, un templo en su bodega de siempre, dónde apreciar esta maravilla, privilegio de quienes lo sabemos valorar.

Mariano Avilés- jurista

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