Es verdad que la palabra escrita es algo muy poderoso, por eso medir la fuerza con la que se empujan las palabras es importante, normalmente cada palabra que se escribe, cada sentimiento que se expresa, cada emoción manifestada en las letras volcadas en el papel, son una prolongación de quien las escribe; yo me pongo delante de ese papel de manera habitual sin querer ser especialmente incisivo en mis palabras, que son puro sentimiento, en esta feria de la ilusión y de las vanidades que se decanta en mi alma intranquila.
Muy pocas veces se reconocen los errores sufridos, no es fácil tarea, pero cuando esto sucede engrandecen a quien lo hace y yo lo vengo a hacer ahora; la grandeza del ser humano es saber que se ha cometido algún error aunque su rectificación, a veces, sea difícil, aunque por el hecho de pretenderlo ya se cumpla con la penitencia.
Donde vamos no hay gentes
ni coches ruidosos,
ni voces en grito
que nuble tu mente.
Tu imagen traspasa fronteras,
escala techos y paredes,
vuelan los cuerpos vestidos
que se elevan y balancean.
Son amores risueños,
amores incomprendidos.
Esto fue lo que confesó Mr. Stevens, un personaje genialmente interpretado por Anthony Hopkins en la película “Lo que queda del día”; un mayordomo prudente con la flema británica y sentimientos sin transparencia, un ideal de servicio a su señor que ve pasar el amor de su vida y no es capaz de alcanzarlo y mucho menos retenerlo; es la historia viva de muchas personas que han sufrido la emoción que supone ver y sentir el amor de cerca, tan cerca que puedan tocarlo y que envenena para luego alejarse, sensaciones perdidas en el armario de la vida, desvencijado por el tiempo; pura metáfora existencial.
Mr. Stevens es un hombre revestido de una elegancia que le hace especialmente atractivo en sus actitudes, con porte educado en sus formas, prudente en sus decisiones, ese tipo de persona a quien no le corresponde ser curioso en determinados asuntos que no son de su competencia, son asuntos mayores, de Estado, a los que tienen acceso unos pocos afortunados para marcar la vida de los demás con sus decisiones.
Mr. Stevens es discreto y responsable en la extraordinaria mansión de Lord Darlington que como muchos miembros del establishment británico en los años treinta, es captado por los nazis para intentar una vía de comunicación con el gobierno británico; un papel serio, elocuente, un protagonismo ganado a pulso, centro de atención de todos, aun siendo el mayordomo; deja traslucir una falta de perspectiva de lo oportuno en determinadas cosas, cosas íntimas, con insensibilidad hacia el sentimiento personal que aflora a su alrededor y que le llamaba a gritos sin que el los pudiera escuchar; sentimientos de cariño sincero que estaban presentes, en cada rincón de aquella gran casa en la que se sucedían actos políticos de primer nivel internacional; el servicio escuchaba y veía pero en modo alguno le correspondía entrar en asuntos tan complicados. Ella Miss Kenton, nunca le dijo expresamente sus sentimientos hacia el, aunque hacía verdaderos esfuerzos por mostrarse con el cariño creciente, temerosa, en ocasiones, de sus reacciones y comportamientos.
La humildad y prudencia nunca suponen lanzar una calificación de desaprobación hacia las personas que aprisionan la vida sin tener porqué estar prisionera; en el semblante siempre aparece un gesto de tristeza y temor; callar las penas y ahogarlas en la soledad, sucede a muchas personas en ciertos casos; fácilmente se puede morir por quien te quiere, sin sentir el miedo al dolor que produce una ruptura de emociones o cuando se quiebra una ilusión; en todos los actos hay que dejar un pedacito de la vida y acumular sensaciones en el alma. Cuando una persona muere, si no deja nada escrito, pronto es olvidado.
Un momento de desamor, y nadie deberá embargar ni el alma ni los sueños, hasta encontrar a quien este junto a ti, al alba, en libertad, esa libertad que se grita desde muy dentro y que hace que cada uno sea como es; una libertad que permita flotar en el mundo dejándote llevar por la belleza de momentos exclusivos e irrepetibles en la caducidad de la vida que busca la eternidad.
Ver pasar lentamente los acontecimientos, ese es el destino incontrolado. El cariño callado de Miss Kenton, ama de llaves de aquella mansión, le confundió, hasta que le hizo caer en ese terrible error por el que Mr. Stevens no se dio cuenta de la eterna situación pasional que le envolvía y no pudo rectificar a tiempo; esto llevó a Miss Kenton a conocer, accidentalmente, a otra persona con la que más tarde se casaría, aunque previamente y antes de la decisión final que debía tomar de forma rápida por la insistencia de su pretendiente, ofreció a Mr. Stevens la posibilidad de abrir los ojos a la realidad del corazón, ocasión que nuevamente quedó frustrada, aunque dejara pensativo al mayordomo y con una duda en el alma que jamás pudo aclarar.
De forma callada Miss Kenton dio un paso adelante y dejó a Mr. Stevens detrás; aquella vetusta gran mansión absorbía al mayordomo demasiada dedicación y energía, era una gran responsabilidad que tenía un objetivo claro de servicio, de hacer las cosas con el rigor profesional preciso e impedía que pudiera ver el fondo real de lo que era verdaderamente importante; aquella mujer lo admiraba como persona con algunos toques de respeto y temor, como consejero, y lo deseaba como compañero en la vida, como ayuda en los momentos duros del día a día; momentos profesionales y personales entremezclados sin continuidad y sin respiro que producen vértigo y tristeza a la vez; sensaciones encontradas que se guardan en secuencias que llevan al impulso a hacer lo que los personajes de la película no hacen y generan una expectativa de querer que se produzca una nueva situación en la que todo se arregle.
El cariño con el que Miss Kenton trata al padre de Mr. Stevens destila dulzura y amor en primer grado; eran signos básicos de la naturaleza humana que tenían un trasfondo de profundo sentimiento.
Los cuentos y la vida misma discurren por caminos casi idénticos en los que las emociones se refuerzan con pasiones sinceras y sin condiciones, que se demuestran cuantas veces hace falta, a veces con miedo al ridículo y miedo a lo que otra persona pueda pensar; el ser humano debiera manifestarse con la plenitud de su libertad para ir forjando su propio destino.
Hay que dejar volar el alma para que viaje a sitios inesperados; situaciones idílicas y de cuento, como el que se percibe en esta historia en la que apoyo mi reflexión, un cuento hecho película, que siempre dura lo que queda de día y continúa el día siguiente, así hasta que el cuento llega a su fin.
¡Déjame volar contigo en la ilusión hasta situarnos en fronteras desconocidas!, parece querer decir el protagonista, y que triunfe un amor inmaterial y sin condiciones, sin ataduras ni límites, un amor verdadero que no pide nada a cambio salvo el recuerdo.
Mr. Stevens estuvo demasiado lento; las nubes aunque estuvieran juntas en esa ilusión, empujadas por el viento, podrían separarse con cualquier golpe inesperado de aire, o decisión probable, como así sucedió.
Mr. Stevens y Miss Kenton se mantuvieron unidos en el recuerdo, sabiendo lo que habían perdido el uno del otro y asumiendo que sus vidas habían tomado los rumbos que el destino quiso marcarles al final, una vez que los renglones se torcieron sin saber porqué.
Ni Mr. Stevens ni Miss Kenton parece que fueran felices al final, aunque en sus miradas quedara un hilo de esperanza de volver a juntarse en el universo de los días, buscándose entre los signos del Zodiaco para mirarse a los ojos y revivir lo sentido, con la imagen puesta en unas manos que queriendo permanecer juntas terminan por separarse porque el tren de Miss Kenton se alejó por otra vía sin esperar, dejando a Mr. Stevens en la estación con la lluvia como testigo.
Y…es que los sueños deben conservarse hasta la eternidad para vivirlos tantas veces como sea posible.
Mariano Avilés – Jurista
Abril 2023
