16 agosto 2023

Alonso Fernández de Madrigal, conocido como el Tostado o el Abulense ( Madrigal de las Altas Torres 1410-1455) fue un clérigo, académico y escritor español, obispo de Ávila a instancia del rey. estudió Artes, Teología y Leyes en la Universidad de Salamanca. La extensión de su saber y lo mucho que escribió dieron origen a la frase proverbial «saber o haber escrito más que el Tostado». Su ingente obra latina ocupó quince grandes volúmenes en la edición veneciana publicada entre 1507 y 1530.

Sirva el anterior párrafo de preámbulo para abordar el problema que sacude hoy en día a una buena parte de la sociedad española menores de cuarenta años. No vamos a exigirle a nuestros abuelos e incluso a nuestros padres que vivieron la guerra civil que escriban como Cervantes, ni hacer una buena redacción (ser redactor se ha convertido en una profesión, precisamente porque no todos sabemos redactar correctamente), ni tan siquiera les podemos exigir a las generaciones mayores que sepan leer y por tanto escribir, la guerra civil les privó de esa posibilidad de mínima cultura dejándolos indefensos ante un mundo gris-oscuro. La Iglesia acumulaba el mejor y mayor número de escribanos, copistas y traductores, ello salvo honrosas excepciones de la sociedad civil.

La cultura nihilista que ha tocado vivir en los últimos tiempos me lleva a sentenciar que ya no quedan escritores aficionados a trasladar las ideas a un papel, y que quien lo lea logre una nítida fotografía de lo que el escritor ha querido transmitir.

Cuentan que Eugenio d’Ors, (escritor de la generación de 1927) calificado como nacionalista exaltado, acostumbraba a redactar sus textos y los daba a leer a algún miembro de su servidumbre; paradójico era que si el texto lo entendía el lector, procedía de inmediato a cambiarlo para hacerlo menos comprensible. No cabe duda que raro debía ser el señor d’Ors.

Quitando el caso del señor d’Ors, quienes solemos escribir queremos hacernos entender, bien para crear opinión o para entrar en debate; este sería el objetivo a conseguir que, no siempre se alcanza.

Vivimos en la tiranía tecnológica, todo pasa por los avances que en poco tiempo ha supuesto un cambio de hábitos tanto a la hora de leer (libros electrónicos) como a la hora de escribir (ordenador). He podido comprobar en mí mismo como mi letra (que no era fea) se ha deteriorado precisamente por no escribir lo suficiente sin utilizar un ordenador. El arte de escribir con una buena caligrafía ha sucumbido, primero porque no se escribe y segundo por la pobre caligrafía es la resultante de la escasa práctica.

Hablamos de tecnología y de escribir sin pararnos a pensar que esas plataformas que conforman los chats han llevado, fundamentalmente a los más jóvenes a sepultar las correctas expresiones y a utilizar el lenguaje con la corrección debida y lo peor de todo es que entre esos usuarios se entienden perfectamente, lo que me lleva a pensar que no hay marcha atrás para volver el correcto camino.

Mi experiencia como profesor de universidad me ha llevado a testar la amarga realidad en la que los alumnos, en el último curso de carrera, a la hora de redactar o desarrollar una pregunta de examen, son incapaces de exponer un relato medianamente inteligible y ordenado, además de estar plagado de faltas de ortografía y palabras en expresión abreviada, características de los chats a los que aludía anteriormente.

La inteligencia artificial nos lleva a no tener que redactar un comunicado, discurso o documento; basta con dar las indicaciones precisas sobre el contenido para que artificialmente se genere el documento que debiera haberse elaborado con el arte de saber escribir y redactar.

Quiero terminar esta reflexión de hoy animando a la lectura, sobre todo a los más jóvenes. Leer es adquirir un fondo impresionante en el lenguaje, en la expresión y en la claridad de ideas además de saber como debe estar construida una frase.

La riqueza del vocabulario viene precisamente de dedicar un tiempo a la lectura; ya no quedan lectores, todo nos lo tienen que transmitir por la voz o por medios electrónicos, que lean por nosotros, o que lean otros, dirán.

Las familias deben acostumbrar a sus hijos a que lean, a despertar la curiosidad por un texto bien escrito y por saber ver la belleza de un buen relato como quien admira un cuadro o una fotografía. Hoy mi nieto Mateo (6 años) me ha dado la grata noticia de que en lo que va de verano ha leído dos libros con casi doscientas cincuenta páginas en total. Un orgullo que espero mantener.

El arte de la narración (dependiendo del formato en el que estemos pensando) se reduce a una máxima:  “Escribe claro para que te entiendan y corto para que te lean”, aunque el Tostado dejó huella perpetua en la catedral de Ávila.

Mariano Avilés – jurista

Agosto 2023

no