23 febrero 2019

 

“España está muy necesitada de una nueva guerra civil, pero civil de veras, no con armas de fuego ni de filo, sino con armas de ardiente palabra, que es la espada del espíritu.» 

 

Unamuno en 1903 afirmaba que “España está muy necesitada de una nueva guerra civil, pero civil de veras, no con armas de fuego ni de filo, sino con armas de ardiente palabra, que es la espada del espíritu.» Igual hizo Pío Baroja (1927): “el liberalismo español ha necesitado para triunfar que el país estuviera en guerra; en plena guerra se tomaron las únicas medidas liberales que se han tomado en España (…) En la paz, el elemento tradicional vence siempre al elemento liberal. Sólo con la guerra el liberalismo ha podido ser activo”. La reivindicación de la guerra contó con numerosos adeptos, principalmente entre los intelectuales y políticos más identificados con el liberalismo español.

La guerra siempre fue fuente de inspiración; sucede con poetas como José María Pemán (poema de la bestia y el ángel) y Dionisio Ridruejo (oda a la guerra que luego fuera al 18 de julio). Salvando las distancias intelectuales hoy lo es para Pedro Sánchez.

Se  ha dicho que la historia para que tenga validez deberá ser el fiel reflejo de los hechos acaecidos. Hace ya años que venimos padeciendo, de forma machacona e inmisericorde (sobre todo las generaciones de la posguerra), la referencia continuada a la “Memoria Histórica” que nos sitúa automáticamente en la Guerra Civil y el franquismo con tintes reivindicativos.

La transición española trató de soldar, que no curar, las heridas que había producido la contienda entre ambos bandos y aquellos difíciles tiempos de transición obligaban a no remover los aspectos más espinosos para mantener la convivencia de un pueblo tan dispar como el español, exaltado donde los haya.

Que los políticos acordaran no utilizar esta arma arrojadiza los unos contra los otros parecía una forma sensata de entender la dureza de lo que aquello representó para una maltrecha sociedad. Integrantes de uno y otro bando cometieron verdaderas atrocidades, ninguno de los dos pudieron exhibir jamás la bandera de estar libres de culpa. Hoy no hay acuerdo sobre quien fue el responsable de aquello que tanto hizo sufrir a nuestros mayores, ni quién cometió más crímenes, ni qué tipo de violencia es más reprobable.

La  ley de Amnistía de 1977 reintegró en sus derechos a quienes fueron sancionados  por motivos políticos (menos los militares); se “extinguió la responsabilidad criminal” de quienes lucharon contra la dictadura con la violencia; era necesario el olvido, todo esto hasta que en el tránsito del siglo XX al XXI se puso fin al consenso alcanzado en la Transición.

Fue Santos Juliá en el año 2003 quien supo distinguir entre “amnesia” (pérdida involuntaria de la memoria), “echar en olvido” (olvidarse voluntariamente de una cosa) , “soslayar el pasado” (decisión consciente de olvidar) y lo que ocurrió en España nada tenía que ver con la amnesia; pero los intelectuales de izquierdas, expertos en justificar lo que es injustificable para muchos excepto para ellos, han seguido buscando la rehabilitación oficial de los suyos, porque los otros  fueron los que asesinaron y así se justifican ante la pasividad de propios y extraños, dando por sentado que la “memoria histórica” es sólo una, cuando en realidad la memoria siempre es plural.

Asociaciones como la creada para la Recuperación de la Memoria Histórica del año 2000 y la localización y exhumación de fosas comunes han fomentado sentimientos que para buena parte de los ciudadanos estaban generosamente olvidados o ni tan siquiera existían, salvando el recuerdo imborrable a las personas.

El fomento de estas asociaciones hizo cundir un espíritu revanchista fomentado desde posiciones de izquierdas hasta el punto que entre 2003 y 2005 estas organizaciones pasaron de 30 a más de 170 arropadas por el amparo oficial. El partido socialista se convirtió en el hilo conductor necesario para la propaganda de las iniciativas de las que dieron en llamarse “víctimas de la represión franquista”, causa azuzada por un nacionalismo latente y al acecho para sacar tajada.

Cuando el fuego ya está muy avivado las dotaciones de bomberos, por muy grandes que sean, resultan insuficientes. La reacción de los conservadores del país alegando que “recuperar la memoria histórica” era innecesario, fue como casi siempre tardía, además de calificar el momento de inoportuno e incluso revanchista, con matices guerracivilistas que pone en serio peligro la concordia entre los españoles.

Luis María Ansón en el año 2007 sostuvo que “la memoria histórica sobre aquella atrocidad  que fue la Guerra Civil española, tal y como la entiende Zapatero” (Prócer del Consejo de Estado), “solo puede reabrir las heridas que la Transición consiguió cicatrizar”.

En el año 2005 desde la Universidad Complutense de Madrid se promovieron investigaciones en la Cátedra Extraordinaria de la Memoria Histórica del siglo XX; estas investigaciones se han centrado fundamentalmente sobre la Guerra Civil y la represión franquista, todo ello hasta que el año 2006 fuera proclamado por ley “Año de la Memoria Histórica”; faltó añadir “triunfal”, todo esto sin que millones de ciudadanos y sus representantes políticos  se echaran las manos a la cabeza; vamos todo ocurrió sin pestañear aunque alguien del Partido Popular se atreviera a decir que la “mal llamada recuperación de la memoria histórica no es otra cosa que la utilización del pasado como arma política” y que “era contraria al pacto constitucional”;  se propuso que el año 2006 fuese declarado “año de la Concordia”.

El partido Socialista que en la Transición jugó un papel transcendental para la columna vertebral de una democracia pluripartidista, en materia de “Memoria Histórica” ha ido cambiando el gesto de concordia por el perfil de revancha alentado por la ultraizquierda y el separatismo, adquiriendo carácter sectario y talibán. Quienes siguen persiguiendo la rehabilitación de los vencidos que  lucharon contra la dictadura no alcanzan, por mucho que se pretenda, a reflexionar y a profundizar sobre la autenticidad de las convicciones democráticas de los que estaban en el lado republicano.

Las diferencias entre las propias asociaciones que promueven la “Memoria Histórica” (a saber cuántos dineros nos cuesta) han hecho tradicionalmente difícil un consenso, generalmente instrumentalizado por formaciones políticas con fines electoralistas. Lejos estamos de haber resuelto nuestras diferencias y nada mal vendría un poco de cordura para que nuestra sociedad no se sienta inútilmente dividida lejos de los intereses de algunos políticos proclives a generar problemas dónde no los hay porque va en su ADN; ese sería el mayor disgusto para la ultraizquierda.

El Presidente del Gobierno actual Pedro Sánchez, “el doctor calamitas” como le han dado en llamar, que ha envuelto todo lo que hace en una gran mentira, ha hecho de la Memoria Histórica un código de conducta indigno como son en sí misma todas las pretensiones de memoria que provoca enfrentamientos sobre sentimientos que reposaban y sobre los que las sucesivas  generaciones nunca lo han tenido como una cuestión a revitalizar. Han tenido que venir los gobiernos socialistas a revivir la figura de Franco.

Una ley ésta arbitraria, enfrentista y sectaria que el vago de Mariano Rajoy (al César…) no fue capaz de derogar; una ley que parte del aserto de que tiene como objeto “contribuir a cerrar heridas y eliminar cualquier elemento de división entre los ciudadanos”, cuando su premisa es “ la reparación y reconocimiento de las víctimas de la guerra civil y el franquismo”, dando por supuesto que el otro bando de la contienda no asesinó a nadie cuando las crónicas y la historia están repletas de atrocidades de uno y otro bando.

“La ley abre una oportunidad para que el Valle de los Caídos, como lugar de memoria, pueda adquirir otro significado para sus visitantes y para la conciencia colectiva del país, desde el espíritu de reconciliación y el respeto al pluralismo del pacto constitucional”. Magnífica forma esta de revitalizar fantasmas para llegar a la reconciliación.

“La Ley de Memoria Histórica, en su artículo 16, establece que el Valle de los Caídos se regirá estrictamente por las normas aplicables a los lugares de culto y cementerios públicos, a la vez que en él se prohíben los actos políticos o exaltadores de la Guerra Civil o del franquismo.”

Nunca se entenderá (tampoco tengo mucho interés en analizar el pensamiento del estadista Sánchez) como interpreta , “el doctor calamitas” este dislate para que tan enfervorizadamente haya devuelto a la actualidad a quien murió hace más de cuarenta años.  Lo más razonable es que estos que tanto mienten dejen que descansen en paz a las 33.833 personas, víctimas de la guerra civil; en definitiva me alegro que se hayan encontrado todos ellos con la ley de frente y que se respete a los demás, algo que no parece entrar en tan insigne cabeza.

M.A.- Jurista

Febrero 2019

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