26 mayo 2022

Quienes lean lo que a continuación se relata posiblemente me tachen de extremista, pero ahora me invade un sentimiento de pesimismo del que, a veces, es difícil reponerse cuando veo el entorno y el camino por el que discurre la sociedad en general, especialmente los más  jóvenes. Pienso que mi generación es la de la regeneración, un juego de palabras curioso pero cierto.

Vengo de mediados del siglo pasado, es decir, que tengo una edad, podría decir sin temor a equivocarme que fui feliz dentro de las limitaciones que existían en los años sesenta y siguientes; en mi generación, creo, tuvimos la sensación de que íbamos progresando, aunque en los colegios públicos se diera a los niños leche en polvo como complemento alimenticio y se merendara onzas de chocolate con pan o pan con aceite mientras se jugaba en la calle, ¡el mejor sitio!.

Nacimos pasados los años cincuenta del siglo XX, fuimos educados con el esfuerzo de aquellas generaciones que vivieron la guerra civil española, fueron momentos en los que partíamos de una vida de supervivencia que nos fue haciendo duros ante las circunstancias y felices con lo que teníamos; una sociedad que se conformaba con vivir en paz y que se les dejara trabajar y prosperar, cada uno con sus proyectos de futuro. Recordemos que entonces el futuro lo era todo, apenas teníamos una porción de presente, cualquier avance por pequeño que fuera era subir un escalón más hacia un entorno de estabilidad, el futuro era tan amplio que era difícil no tener futuro si a ello te empeñabas.

Colegio, recreos divertidos, todos amigos, menos Vicente, Pablo, Jesús…..que hacían la vida por su cuenta; así eran las clases de niños, solo niños (las niñas tenían las suyas), clases de respeto al profesor o al maestro, y si eran frailes…para qué contar, estos tenían peor leche que los profes de la “sociedad civil”. Confieso que hoy no tengo el menor sentimiento de ser ni clasista ni tarado mental por haber bebido de las fuentes del Colegio de los PP. Trinitarios, es más sé dónde nace el rio Ebro y dónde está el Sistema Ibérico.

Los padres (no todos) preferían que fuéramos a colegio religioso, aprendimos a rezar, a coleccionar estampas de Santos y a tener la disciplina como la primera página de un libro que se abría cada día de nuestro pasar por el colegio. Filas organizadas en el patio antes de entrar a las aulas, orden y silencio, en lo que podían obligarnos quienes tenían la esclava tarea de controlar.

Por las tardes era el desparrame y por las noches, antes e incluso después de cenar (si era verano) también. Jugar a “guardias y ladrones” o a escondernos por el convento de nuestros queridos frailes; nuestro mayor reto y deporte diario era cabrear y burlar el control de Pipi, que ahora con la perspectiva de los años creo que era un personaje auténtico.

Una vez al año acudía al colegio un fotógrafo que nos hacía soñar con lo que de mayores podríamos ser: Un mapa político de España con todas sus provincias bien señaladas, una mesa, un teléfono simulado y cada uno de nosotros posando como si fuéramos ministros. Entonces no había bandera detrás.

El instituto, a partir de cuando existió, era otro nivel y ese nivel era reconocido socialmente entre los nuestros; estábamos los pequeños y los mayores, esa era realmente la escala social entre nosotros, no había otras diferencias aunque no convenía mezclarse.

Eran aquellos días de pueblo, de disfrutar de todo lo que teníamos a nuestro alcance, de siestas de verano indeseadas y noches de juego en la calle. ¡Aquello era vida!. Quienes tuvimos la gran suerte de nacer y vivir en un pueblo creo que tuvimos otra niñez, menos vistosa pero una niñez más libre y sana posiblemente, que los de la gran ciudad, y hasta creo que mucho más divertida.

La pídola, las canicas, la taba, el aro, el pañuelo y más tarde el baloncesto y el frontón, todo era absolutamente primario y básico, pero….. ¡nos hizo tan felices!. No disponíamos de artilugios electrónicos y una de las cosas más modernas eran la nevera cuyo frio se alimentaba de las barras de hielo que nos acercaba el vendedor hasta nuestra casa y que partía (según la medida solicitada) con un tubo de hierro hueco. Escuchábamos el parte informativo (que no nos interesaba) en aquellos aparatos de radio que aún se conservan como reliquia. La presintonía todavía resuena en mi cabeza; era la conexión que teníamos con el resto de nuestros conciudadanos.

La clase media comenzaba a aparecer, fruto de un ingente esfuerzo de quienes hoy nos preceden en edad hasta hacer cada vez más sostenible una estructura social que comenzaba a tejer el puzle de una nación pujante que pese a sus grandezas y esfuerzos tenía las debilidades propias de la posguerra. Cualquier ilusión podía ser realizable con un poco de suerte y fortuna a la hora de abordar proyectos. Creo que aquellas generaciones fuimos felices  y nos veíamos satisfechos con realizar lo que nos proponíamos; hoy habrá a quienes les pudiera parecer ridículo, pero éramos así, auténticos.

Pudimos conocer el aquellos años el esfuerzo de tantas familias que tuvieron que emigrar para encontrar una vida mejor a base de trabajo duro que llegaban a los países de Europa, una Europa que según los libros de geografía estaba “separada” de España por los Pirineos; Europa miraba a España de reojo.

Es verdad que por aquellos momentos la información era nula y se centraba exclusivamente en las noticias que emitía RNE en sus boletines radiofónicos y el informativo NODO que previo a cualquier película que se fuera a ver al cine (lujo donde los hubiera) te incluían en el precio de la entrada el peaje de tener que ver y escuchar los avances que el régimen iba haciendo; noticias en las que nos contaban las excelencias y las bondades de los actos del Jefe del Estado (que le llamaban cerillita) que pescaba los mayores peces, inauguraba enormes pantanos y asistía a las demostraciones sindicales en el Bernabéu, eso si no iba en la procesión del Corpus bajo palio.

Decían nuestros mayores que no había libertad de expresión, pero los jóvenes ya teníamos un espíritu crítico (sin grandes exhibiciones por lo que pudiera pasar); así surgieron palabras como cineforum, discoforum, tertulias intelectuales y tantas formas de calificar una mejor situación en el reconocimiento de quienes pedíamos mayor libertad soñando que los libros prohibidos algún día dejaran de serlo.

Universidad y “grises” que se colaban en las aulas para calmar los ánimos; estudio y guateques cuando tocaba un fin de semana, sin grandes ostentaciones, pero sin duda éramos felices. Tocadiscos con los discos single porque los LP eran otro nivel, mucho refresco y poco alcohol y siempre observando no alterar el orden social.

Aunque vivimos el “trauma” de tener que salir del pueblo (normalmente hacía Madrid). Simplemente salir del lugar de nacimiento lo sentíamos como un paso hacia la prosperidad. Cada semana se planteaba como un ir y venir del pueblo a Madrid y de Madrid al pueblo a encontrarnos con los amigos y la pandilla, ¡habíamos ascendido en la escala social!, ya habíamos logrado lo que nuestros padres nunca pudieron hacer.

Éramos conscientes del esfuerzo de las familias por procurarnos una formación y una vida mejor, a sabiendas de que a poco que hicieras siempre viviríamos mejor porque se partía desde cero.

Esta época a caballo entre colegio, instituto, universidad fue realmente interesante nuestra vida estaba llena de proyectos, recuerdos y amigos que con el progreso profesional se fueron quedando en el camino del recuerdo, sin posibilidad de olvido.

Mariano Avilés – jurista

Mayo 2022

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