Ser alcalde del pueblo que te vio nacer o del que consideres que es tu pueblo es tanto como ser profeta en la tierra de uno. Se me antoja por un momento que ostentar este cargo puede ser un regalo o una venganza, aunque no se llega a ser alcalde si uno no quiere serlo.
El alcalde ostenta poder por muy pequeño que sea el pueblo, el alcalde generalmente es querido y a veces odiado, sobre todo en esos aprendices de pueblo en los que todos se conocen; el alcalde siempre presume de su pueblo y todo lo que se consiga es poco para que prospere; el alcalde siempre está accesible y a disposición las veinticuatro horas del día, como las boticas de los sitios rurales; en los pequeños pueblos se es alcalde a cambio tan solo de agradecimiento de los convecinos, si es que este agradecimiento se da. No pocas veces han sido jueces de paz, curiosa denominación para un juez.
Son malos tiempos los que corren en los pueblecitos que se dispersan por la geografía española, de esa España que yo llamo olvidada; pueblos con pocos recursos más allá de los campos, tierras de labor y ganado que sobreviven a duras penas y que no albergan futuro para nuevas generaciones que ven como el pueblo de sus antepasados va reduciendo día a día el número de habitantes.
Y aún así, existen alcaldes que piensan en un futuro mejor para el pueblo, que idean conceptos nuevos para viejas reivindicaciones y esto sucede hasta que los pueblos y ciudades mayores se tragan a sus jóvenes que ven otras perspectivas de vida que no les da el lugar de origen.
Quienes hemos emigrado del pueblo (aunque en mi caso el pueblo era y es grande) hemos visto en el horizonte otras posibilidades que sabiéndolas aprovechar dan su rédito.
El alcalde del pueblo pequeño administra más directamente la vida cotidiana de aquello que afecta a sus convecinos, los ediles que le acompañan en el gobierno presumen de haber conseguido ese oscuro objeto de deseo que es la concejalía o de entrar en el equipo del lider; llegar a sentarse en el ayuntamiento se ve desde fuera como un privilegio y desde dentro como una gran responsabilidad.
Gestionar bien no es fácil y gobernar con coherencia tampoco; las zancadillas partidistas hacen de esta labor sana una actividad embarrada de la que huimos quienes desde cierta distancia la vemos y padecemos. El alcalde de un pequeño pueblo tiene nombre y apellidos y hasta familia conocida por todos.
Cuenta la historia que Carlos V fue quien ante la necesidad de dinero pasó a vender los oficios públicos al mejor postor; la nómina de los cargos se multiplicó; así sucedió tanto en las grandes ciudades como en los pueblos de menor rango. “La venta de oficios probablemente fue la principal vía de progresión en la sociedad de aquellos años”.
La Constitución de Cádiz de 1812, exigía carácter representativo de los ayuntamientos que se encontraban más o menos subordinados al poder central, según hubiese gobierno moderado o progresista. Tras la gran autonomía alcanzada por estos poderes durante el Sexenio Democrático, la Restauración impuso el regreso de las oligarquías a los consistorios mediante la edificación de un sólido y longevo sistema caciquil y clientelar, que sólo fue cuestionado casi sesenta años después durante el advenimiento de la Segunda República.
Será a partir de 1812, cuando los alcaldes constitucionales evolucionan en sus funciones aunque mantienen la misma denominación. Desde 1834 las funciones como jueces de paz desaparecen, y ya desde 1845 es cuando se fusionan las figuras del corregidor con la de un alcalde, como «jefe del municipio» encargado de la administración local y como primera autoridad civil en la localidad.
Llegó a existir un alcalde para el estado noble y otro para el estado llano; y en las principales poblaciones un alcalde designado por el rey. Los poblados que ostentaban ese privilegio tenían título de villa o de ciudad. Las villas con alcalde tenían derecho a erigir un rollo o lugar de ajusticiamiento como el de Trujillo con las características propias del gótico de finales del siglo XV. Existió, además, en el Reino de Castilla, el cargo de Alcalde de la Casa y Corte de Su Majestad, que era el funcionario judicial que impartía justicia.
La figura del alcalde de pueblo pequeño está bien representada en la literatura. Pedro Crespo (en la obra de Lope de Vega que conquistó para el teatro, y Calderón de la Barca lo elevó a la fama inmortal) es una figura folclórica, figura cómica de los alcaldes campesinos, habitual motivo literario de burlas y escarnios por su zafia ignorancia de la que hacían gala.
Los fuertes impuestos para cubrir guerras y gastos excesivos de la monarquía hizo que el campo quedara despoblado; unos lo abandonaron atraídos por el brillo y la vida de la milicia o de la corte, aumentando el número de pícaros y ganapanes; otros se refugiaron en la religión o compraron títulos de nobleza, lo que, en cualquier caso, se les libra de pagar tributos; también se les impide trabajar y acrecentar la riqueza obtenida.
La situación no dejaba de ser complicada; la corona necesitaba labradores para aumentar la producción y para tener alguien a quien cobrar impuestos y es, precisamente, la excesiva carga tributaria lo que obliga a los campesinos a abandonar su actividad. En El alcalde de Zalamea se describe bien este panorama y se valora muy positivamente la dignidad de Pedro Crespo, dignidad que, paradójicamente, le libra de la tentación de hacerse noble, a pesar de que se lo pide una y otra vez su hijo. El honor es patrimonio del alma.
La solución al conflicto social creado fue recompensar el esfuerzo de los campesinos mediante el reconocimiento de la importancia, valor y dignidad del trabajo que ejercían, es decir, una ilusión que no se traducía en beneficios materiales, por lo que el labrador tendrá honra, pero no nobleza y seguirá siendo villano o, si se prefiere, cumpliendo sus obligaciones tributarias.
Al margen de cambios jurídico-institucionales la economía extremeña está basada en la agricultura y sobre todo, en la ganadería. La gran explotación mixta que es la dehesa da a esta tierra un perfil característico.
En una carta escrita por un viajero incansable y fechada en 1760 dice que “cuando les diga que estoy en un pueblo que escasamente contiene cuatrocientas almas, llegarán a la conclusión de que mi carta de hoy (27 de septiembre) será tan insípida como la de ayer. Me gustaría llenar mis relatos diarios de cosas interesantes, pero consideren que viajo sin parar a través de una región escasamente poblada y que poco se puede decir cuando hay poco que ver.”
He conocido alcaldes de grandes ciudades, de pueblos medianos y de pequeños pueblos, aunque todos tienen institucionalmente la misma condición e interés en cumplir con su mandato, no tienen la misma remuneración por lo que resulta loable la dedicación a los demás a cambio de casi nada, cuanto menor es el pueblo.
No conozco a ningún cargo público que diga que en su condición administrativa no pierde dinero y que por tanto lo suyo es un sacrificio por los demás, pero ahí están, procuran mantenerse y revalidar su estancia bajo el paraguas estatal o regional con el representativo bastón de mando; caso distinto son esos otros alcaldes de pequeños pueblecitos que dedican su tiempo libre al servicio de sus conciudadanos, después de su trabajo habitual, a cambio de la gratitud, cuando esta existe.
Alguna charla he tenido con el alcalde de Valdeobispo (Cáceres), un pueblo pequeño; Oscar Alcón, lleva años de alcalde y algún que otro cargo representativo en la Asociación para el Desarrollo del Valle del río Alagón.
Valdeobispo es una mancha de casas pobladas, alguna también abandonada, en medio del valle del río, situado al norte de la provincia extremeña que va perdiendo habitantes con el transcurrir de los años, es un claro ejemplo de la muerte anunciada de nuestras zonas rurales si no se hacen políticas de regeneración. Tierra de conquistadores, la extremeña, que necesita su propia reconquista.
En la última charla me indicó el alcalde que no se volvería a presentar a regir los pocos destinos que aún tiene Valdeobispo que administrar, porque pocos son sus habitantes. Un entorno privilegiado desde el punto de vista de ecosistema, como privilegiado de cruce de caminos y civilizaciones, pero de nada le ha servido, quizás porque el referente sea la cercana Plasencia.
El alcalde (Oscar) tiene semblante noble que le obliga y felizmente condiciona, paciente, reflexivo; buen conversador y con ideas claras. En las ocasiones que hemos podido hablar (alguna ha quedado pendiente) manifiesta objetivos interesantes para el bienestar del pueblo al que representa.
Su mediana edad le hace partícipe por derecho de vivencias del progreso de antes y del estupor por el estancamiento actual dada la edad avanzada de los habitantes de Valdeobispo y su despoblación. Ilusión y desilusión, cada paso en positivo, cada logro para el pueblo lo quita de su vida personal que sucumbe golpe a golpe sin esperar reconocimiento alguno.
Buen alcalde, en lo que he podido pulsar y percibir, con el empuje necesario que posiblemente no se vea recompensado desde las altas instituciones de la Junta, o sí, quién sabe. Los pueblos pequeños cada día, desgraciadamente cuentan menos, porque menos son los votos y políticamente hay que aplicar ese refrán que dice: Por el interés te quiero Andrés.
Hacer una foto con palabras de una persona no es tarea fácil, desconozco su posicionamiento ante la postura de los líderes actuales de su partido y el grado de afinidad hacia ellos, pero sea cual fuere, entiendo que estoy hablando de un hombre honesto y de convicciones propias y que sus decisiones circulan por el camino de la sinceridad, creo que Valdeobispo pierde un buen alcalde y gana un ciudadano respetado. Lo que venga a partir de ahora, el día veintiocho de mayo se sabrá.
Mariano Avilés – jurista

