28 octubre 2022

Artículo escrito en noviembre de 1979 con motivo de una excursión de amigos a Cebreros

Por carreteras estrechas y tortuosas se puede llegar a Cebreros. Lugar al que ya muchos reconocen como cuna de la democracia española; el pueblecito abulense situado en un hoyo rodeado de montañas es dónde Adolfo Suárez comenzó a correr y a hacer sus primeras chiquilladas. A mis amigos y a mi no nos llevó el conocer el paisaje que viera Adolfo, como en el pueblo le llaman, sino a pasar un día de carnaval entre acogedora gente.

Es Cebreros un pueblo muy pequeño, casas bajas, antigüas como pueblo castellano que es, las calles no están empedradas ya, pues no en vano tienen un buen puntal en la Moncloa. El “huésped de la Moncloa” como se ha dado en llamar a Suárez que lógicamente no olvida a su pueblo, ni los de su pueblo le olvidan a él; no faltan los de Cebreros por los pasillos presidenciales.

Animoso ambiente el que se respiraba en el pueblo aquel día frío del mes de febrero en el que se celebraba el día grande del Santo, acogiendo a centenares y centenares de visitantes que desplazados de pueblos próximos e incluso de Madrid acudían al festejo dónde el ambiente era realmente grato; en Cebreros esos días no hay extraños, no hay ni de fuera ni de dentro, ni de izquierdas ni de derechas, pero sí muchos del centro.

Buen vino en sus establecimientos que guardan celosamente recuerdos fotográficos de encuentros con Adolfo; un botón de su chaqueta o un bolígrafo, regalo especial del presidente. Así de espontáneos y fieles a sus personajes son los abulenses.

La fiesta seguía entre vaso y vaso de vino entorpecido de vez en cuando con grandes comparsas carnavalescas disfrazadas a cual mejor, ¡tienen ingenio los del lugar!, decíamos entre nosotros. Se charlaba con la gente, te invitaban e invitabas y comprendíamos la emoción que les embargaba en esos días que llevaban preparando la fiesta mucho tiempo atrás y que esperaban fervorosamente durante el resto del año. Personajes curiosos, apodos más aún y amistad espontánea.

El apodo en Cebreros está especialmente arraigado, como buenos castellanos que son dan honor a la facilidad de poner segundos nombres a las personas o a las cosas, costumbre no tan introducida entre la juventud y si entre aquellos que de alguna manera pasan los sesenta.

Allá nadie se llama por su nombre sino que tienen ese segundo factor, el del apodo, para identificarse perfectamente, para que con solo decir ese segundo nombre que en muchos casos se convierte en el primero, se identifique a la persona y a toda su familia, dándote detallada cuenta de sus hechos y ascendencia.

Recordaba a mi pueblo y aquellas reuniones familiares en las que siempre que estuviera una persona mayor salía el apodo a la luz entre las múltiples historias y anécdotas del lugar. Aquellas tertulias que día tras día detallaban minuciosamente vida y obras de los personajes que en aquellas conversaciones se sacaban a pasear.

Era María Cuevas persona abierta, fácilmente accesible y dada a la cháchara diaria con vecinas y colindantes. Corta estatura y reflejándose en su cara la dura tarea de la vida de las gentes del campo, animosa y hasta diría con carácter un tanto juvenil a su setenta y cinco años. No se cansaba María de contarnos como el Cebreros de su tiempo era otro.

“Distinta forma teníamos entonces de celebrar el día del Santo, y eso que a mi no me sujetaba nadie”, nos decía María. Comíamos y comíamos rosquillas escuchándola, aquellas rosquillas del Santo que ella misma había hecho para la familia y los amigos que fueran a visitarla aunque fuera por primera vez, como era nuestro caso.

Entre tanto, vino y más vino. Allá por los altavoces colocados en la torre de la iglesia del pueblo, se oía el reiterativo compás de la dulzaina y el tamboril que a ritmo cansado y cansino hacía que los más jóvenes, disfrazados todos ellos, dieran movimiento a la enorme rueda del baile en la que era obligado intervenir y que giraba durante horas.

Perplejos estábamos todos de la rapidez que María imprimía a la palabra, que empujándose unas a otras reñían por salir a la luz, atascándose de vez en cuando por su falta de capacidad coordinadora. En el punto opuesto del lugar dónde estábamos se encontraba Dios que a todo asentía con cariño fraternal.

Tenía Dios aproximadamente ochenta años, callado y pensativo, admirado, tal vez, por la terrible euforia de María, su mujer, que no se agotaba con nada; mientras hablaba nos animaba incansablemente a seguir comiendo y bebiendo. Admirable era la espontaneidad de las gentes de Cebreros, allí nadie es desconocido y menos en el día grande, es el día, no hay otro igual.

Paradójico fue que al poco tiempo llegara Judas, dio un beso a su hermano (Dios), aquello y la Pasión poco tenían de diferencia, yo me imaginaba disfrazado de apóstol cuando menos; paradójico digo, porque aquel Judas era hermano de Dios, así nos lo contó María que era la voz cantante de la reunión.

Fue desde Madrid, el cuatro de julio cuando aquel grupo de amigos que fuimos a pasar un día de carnaval a Cebreros escribíamos una postal de felicitación por ser el cincuenta aniversario del matrimonio de esa buena mujer, María, casada con Dios, después de todo ella era la mujer de Dios y la cuñada de Judas. Mariano Avilés – jurista

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