¿PORQUÉ NO ADMIRAS MI PODER DE SEDUCCIÓN?
Publicado por en Sociedad
«El carisma adquiere tintes mágicos, revelaciones o heroísmo, poder intelectual y oratorio; el caudillo es el que manda y al que se obedece a causa de sus cualidades excepcionales que de no tenerlas hay que inventarlas para ponerlas en la escena….»
Alejandro Magno conquistó medio mundo (de entonces) en ocho años, lo que no deja de ser medio mundo; diez millones de kilómetros cuadrados, fusionó las culturas griega y persa, y llegó a la India. Murió extenuado por el empeño de emular a los habitantes del Olimpo; su breve vida (33 años) estuvo marcada por una sed inagotable de gloria; se casó con tres princesas, dos de ellas en el mismo día, los matrimonios formaban parte de un plan para ganar poder y territorios.
Aristóteles de Estagira (384 a.C.) no solo fue el creador de la metafísica sino que en su curriculum – ¿existía entonces? – también hay que anotarle que fue el preceptor del precoz, noble y generoso Alejandro Magno, aunque este no hiciera mucho caso a los consejos del maestro cuando le decía “no te comportes como un dios”, “no te excedas” y “quédate en tu sitio”.
No parece probable que Alejandro se creyera jamás un dios, pero actuó como si lo fuera y, desde luego, que utilizó esta idea en su beneficio tanto para apoderarse de países enteros como para afianzar y expandir su imagen de hombre invencible. Alejandro Magno nos obliga necesariamente a acudir al mito y a la leyenda.
Todo en Alejandro es magno. Su modelo de valor fue Aquiles que junto a su preceptor Aristóteles forjaron una vida llena de proezas casi míticas. Evocar su figura a más de 2.300 años de distancia, tiene sentido en unos tiempos carentes de líderes; lo que aparece en el siglo XXI no es sino el burdo intento de caciques, oligarcas de izquierda, para encabezar movimientos de masas desgobernadas intelectualmente que producen caudillos en el sentido más despreciable del término.
No descubro nada si digo que la palabra caudillo proviene del latín capitellus y hace referencia a aquel que encabeza y dirige las tropas armadas. Esta forma de definir al caudillo posiblemente fuera adoptada por los ejércitos romanos para referirse a los jefes de los grupos resistentes a su penetración en la península ibérica. En la Edad Media se llamaba caudillos a los jefes guerreros cuyo ejemplo podría ser El Cid, o a los jefes políticos de los reinos musulmanes.
En el siglo XIX se tiende a generalizar el término especialmente en la América Latina; posteriormente los términos caudillo y caudillaje se aplicaría a una tendencia fuerte en la historia política caracterizada por liderazgos fuertes y rasgos populistas identificado con la persona carismática.
El carisma adquiere tintes mágicos, revelaciones o heroísmo, poder intelectual y oratorio; el caudillo es el que manda y al que se obedece a causa de sus cualidades excepcionales que de no tenerlas hay que inventarlas para ponerlas en la escena, en el escaparate de la percepción de los demás, por ello el caudillo precisa de una acreditación como señor “por la gracia de Dios”. (Napoleón, Hitler, Franco etc.)
En el siglo XX el caudillo aparece ligado a un tipo de populismo republicano cuyo máximo exponente es Alejandro Lerroux. La República había nacido, proclamó solemnemente Alcalá-Zamora en las Cortes, libre de “todo caudillaje militar”. El término caudillo no es frecuente en los partidos de la derecha , aunque la idea de caudillo, se asocie, a veces, con el fenómeno fascista.
Francisco Javier Conde asumió en 1942 la tarea de elaborar una teoría del caudillaje y deslindar el caudillaje español del de otros sistemas aparentemente similares; para Conde acaudillar es tanto como mandar personal y carismáticamente asociado con el mando militar.
Al finalizar sus vidas los caudillos necesitan un proceso de humanización que en el caso de Franco pasó por el título de una película llamada “Franco ese hombre” que en 1964 dirigiera Sáenz de Heredia.
La necesidad de escaparse a cualquier tipo de control lleva al caudillo a aparecer como una figura prototípica que en la historia de los tiempos se va repitiendo continuamente con tintes de actualidad. El caudillo no duda, lo dice todo del tirón, casi no necesita respirar porque esa básica necesidad le convertiría en humano y por tanto en vulnerable; el caudillo debe transmitir en sus mensajes una cuidada puesta en escena para dar un toque de prédica y regañina continuada de la frágil y efímera condición humana del mortal común.
Persona y mito se unen y lo que le falte lo adquieren con el poder de control, incluido el control de cómo se debe ejercer la fuerza y la coerción; el totalitarismo del que las izquierdas más radicales reniegan a que se les aplique aunque la historia esté llena de ejemplos que demuestran lo contrario.
Las vidas, las aspiraciones y los derechos de los demás las toma el caudillo por asalto, con nocturnidad, sorprendiendo y eliminando cualquier capacidad de reacción, transformando todos los actos del caudillo en señas de identidad difíciles de superar, para eso es el prototipo, el genuino, el único. El Caudillo es “él mismo”, determinado y determinante, no es “un caudillo indeterminado”.
Comparar históricamente aquello y lo de hoy sería insultante si no fuera porque lo que pretendo con esta reflexión es una comparativa de lo grandioso de aquellos episodios de las grandes culturas frente a la futilidad de la incultura que alimenta a los aprovechados; amañar mentes parece tentador y de hecho hay quienes lo practican sin el menor decoro; el embrujo y poder de seducción de charlatanes y embaucadores no es patrimonio de épocas pretéritas, lo tenemos hoy instalado en el siglo XXI, a ello contribuyen de forma exponencial y directa los medios de comunicación que administran su poder de convicción sin el menor escrúpulo.
Mariano Avilés – jurista
Marzo 2016
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