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«el dolor está en nuestra vida cotidiana, en el sufrimiento escondido, en la renuncia que hacemos, y culpamos al amor por la derrota de nuestros sueños”.

Permitidme extraer de la obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, lo que pudiera ser el ideal culto, en la admirable carta que envía Gargantúa a Pantagruel, manifestando el entusiasmo de los humanistas por la cultura, la sabiduría y el sueño de un conocimiento universal por todo lo referido a las personas , sus reacciones y motivaciones  llevadas hasta sensaciones como son el dolor, el placer, el amor, el sufrimiento….

 “…Te amonesto, hijo mío, para que emplees tu juventud en aprovechamiento de estudio y de virtud…Quiero que aprendas perfectamente las lenguas; primero la griega, como aconseja Quintiliano, después la latina y la hebraica  para las sagradas escrituras; la caldea y la árabe y que formes tu estilo. En cuanto a la griega  a imitación de Platón, y en cuanto a la latina a imitación de Cicerón…En lo referente a los hechos de la naturaleza, quiero que te dediques con interés, y que no haya mar, río, ni fuente de los cuales no conozcas sus peces; todos los pájaros del aire, todos los árboles escondidos en las entrañas de los abismos, las piedras de oriente y del sur, todo debe serte conocido. Estudia después con atención los libros de los médicos griegos, árabes y latinos, sin despreciar a los talmudistas y a los cabalistas y haz frecuentes disecciones; adquiere perfecto conocimiento del otro mundo que es el hombre y sus reacciones, y durante algunas horas al día comienza a conocer las sagradas escrituras; primeramente en griego el Nuevo Testamento y las epístolas de los apóstoles, después en hebreo el Antiguo Testamento…Pero como según el sabio Salomón, sabiduría no cabe en el alma perversa y ciencia sin conciencia no es sino ruina del alma, te conviene servir, amar y temer a Dios…Sé servicial con tus prójimos y ámales como a ti mismo…”.

Durante mucho tiempo, sobre todo en la antigüedad y en la Edad Media, se consideró al dolor como una gracia particular. “Agudiza la humildad y templa el alma”, decían.

 La cultura católica, tradicionalmente dolorista, le dio a la experiencia del sufrimiento un valor muy particular, basta mirar la pintura religiosa con imágenes resignadas a morir, la literatura de los santos extasiados y los martirologios medievales ejemplo de sumisión, para comprobar que a lo largo de los siglos se fueron abriendo aquellos conceptos  a valores contemporáneos y dejó de ofrecerse un austero alegato en favor del dolor para aprobar en un avance sin precedentes en la forma de pensar las bondades de la anestesia general o local, como mecanismos artificiales para erradicar el dolor y el sufrimiento humano.

 La literatura de todos los tiempos ha forjado una idea mística del dolor y del sufrimiento. Lo cierto es que el dolor y el sufrimiento intensifican el misterio de las personas. El dolor se percibe como un desequilibrio, como una quiebra de la armonía, algo que requiere reparación. El sufrimiento y el dolor son temas que necesitan ser afrontados sin temor, hay que reflexionar sobre ellos. Tratar de entender esto es una necesidad del corazón y un imperativo de la razón. Paulo Coelho dijo que “el dolor está en nuestra vida cotidiana, en el sufrimiento escondido, en la renuncia que hacemos, y culpamos al amor por la derrota de nuestros sueños”.

 Desde un punto de vista psíquico, el dolor es una pérdida de equilibrio emocional que se ve reflejado en el espejo de nuestra interpretación y valoración, dependiendo de la formación cultural y social de la persona. Toda persona busca la felicidad y el dolor aparece como un obstáculo a esta inclinación natural y universal. Cabe preguntarse: ¿podemos ser felices si sufrimos?. El dolor asimilado por la persona se convierte de inmediato en sufrimiento  que hace más daño interior, es menos comunicable, en el sufrimiento interviene la memoria, la imaginación y la inteligencia.

 Sobre el dolor y el sufrimiento hace años que escribí cuando formaba parte de un grupo de trabajo para estudiar la dualidad dolor/medicamentos y la forma de entender el dolor en todas sus manifestaciones; después de muchos meses de trabajo y reuniones  llegué a la conclusión que el dolor en cualquiera de sus acepciones sitúa a la persona fuera del mundo, agudiza el sentimiento de soledad y fuerza a la persona a establecer una relación privilegiada con su pena. El dolor no se contenta con alterar la relación de la persona con su cuerpo, se expande más allá, atraviesa los pensamientos, contamina la totalidad de la relación con el mundo y rompe las amarras que atan a la persona a sus actividades familiares, elimina o disminuye en las personas el placer de vivir. El dolor, está más circunscrito a la esfera de lo físico, mientras que el sufrimiento abarca la dimensión espiritual.  Para el doliente el mundo desborda dolor y sufrimiento; Thomas Mann lo explica con todo detalle en “la sociología del sufrimiento”.

 El dolor emocional lo transforma el cerebro de la persona afectada en dolor físico y en la degradación de su dignidad que merma la calidad de vida esencial para el desarrollo, por ello el hombre ha buscado desde siempre la forma de hacer desaparecer el dolor físico con medicamentos durante la vida o bien tomando decisiones al final de la misma. Freud dijo a su médico: “prometedme una cosa: que cuando llegue el momento no me dejaréis sufrir inútilmente”; once años más tarde, consumido por el cáncer, Freud recordó el compromiso al médico: “Mi querido Schur, usted recuerda nuestra primera conversación. Me prometió no abandonarme cuando llegara el momento. Ahora esto no es más que una tortura sin sentido”.

 Hoy 13 de febrero se cumple otro aniversario más de la muerte de Mariano José de Larra, que adoptó el sobrenombre de “Fígaro”, uno de los escritores mejor valorados de la literatura romántica en España;  quiero tomarlo como ejemplo para concluir esta reflexión y hacer especial hincapié en una patología que ha sacudido a la humanidad desde la noche de los tiempos: El desamor.

 He investigado sobre este tema porque es muy recurrente para el ser humano; fenómeno estudiado ampliamente por la psicología y la medicina clínica; común a todos nosotros como persona. Cuando experimentamos el desamor la depresión causa una barrera para que no podamos sentir y vivir la vida plenamente, con variedad de sensaciones y emociones que se construyen y derrumban a la vez y que se reflejan o cursan en síntomas de dolor físico.

Sentir que se va parte de uno mismo cuando se pierde al ser amado puede sonar trágico y exagerado, pero tiene un punto de certeza; en el cerebro humano se activan las mismas áreas ante experiencias sensoriales dolorosas y ante un sentimiento intenso de rechazo, es incluso contradictorio; hubo quien proclamó: “cuando el amor lo sientas tirado, ensangrentado, llorando y gimiendo de dolor, alégrate, eso quiere decir que todavía vive”. Mi admirado escritor Paulo Coelho dijo: “No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas”.

La ciencia médica lo tiene demostrado: en muchos casos, las personas tenemos un sentimiento como si estuviéramos perdidos o aislados, y esto se debe a los cambios en el cerebro y el flujo de sangre en el mismo y en la corteza cingulada anterior –la responsable de la regulación del dolor físico y emocional– hay más actividad. Por eso, las personas deprimidas, sea por la razón que sea, suelen sentir más dolor físico también y corren mayores riesgos de desarrollar enfermedades cardiovasculares; el síndrome del corazón roto.

A juzgar por lo que dicen los expertos, el amor tiene diferentes etapas y algo similar ocurre con el desamor, que tiene diversas fases por las cuales el cerebro va regulando la depresión y los otros sentimientos que van de la mano, por lo que tal vez la única esperanza en ese momento es dejar pasar el tiempo y permitir que el cuerpo regule naturalmente nuestros sentimientos, ejercicio nada fácil.

… Sucedió en febrero de 1837; Dolores Armijo salió del convento en el que había ingresado por causa de los amores con Larra; enterado este le envía cartas y más cartas pidiéndole que acceda a una entrevista; por aquel entonces Larra ya no escribía.

Aquel lunes 13 de febrero Larra observó desde su casa que era un día con luz apagada, un día común de los de invierno en Madrid, incluso la niebla envolvía los balcones de la calle Santa Clara que acertaba a divisar desde los cristales del  número tres, tercer piso de la calle madrileña; un día melancólico, ideal para pensar – se dijo a sí mismo-.

El olor a café era un aroma común en las casas de los ciudadanos acomodados; Larra venía de familia acomodada y pese a sus veintiocho años de edad había alcanzado el éxito como escritor, columnista y político, aunque la preocupación por la situación política y personal en ese momento le hacía tener un semblante melancólico.

 La chimenea desplegaba sus láminas de fuego y daba un ambiente cálido y acogedor a las estancias principales de la casa; no parecía que aquel día fuera especialmente atractivo hasta que el criado pidió autorización para entrar en el salón.

-Señor, ha recibido una carta que debo entregarle.

 Larra miró sorprendido que a esas horas de la mañana ya hubiera llegado una carta; asuntos urgentes ni contenciosos no tenía como para que la urgencia  se justificara, hasta que con una sola mirada reconoció la letra firme y clara que a la vez de llenarle de alegría, le inquietó y le hizo temblar de emoción.

 -Es de Dolores -se dijo para sí mismo-  como una exclamación interior que le lleno de luz intensa la cara; una cara que en muchos momentos aparecía triste y melancólica; solía recorrer las estancias de la casa pensativo y cabizbajo; su imagen destilaba poca felicidad interior.

 Los silencios de Dolores y la escasa comunicación mantenida en los últimos tiempos, primero por estar ingresada en el convento y posteriormente porque cuando salió regresó con su marido, hacían especialmente difícil el intercambio de  palabras y mensajes que el escritor guardaba para su amada. Era aquella sociedad del siglo XIX de las de guardar las apariencias, aunque las noticias de amores de los unos con los otros corrían por los mentideros de la Corte cuando estaban por medio personajes de cierto lustre y fama.

 -Quiere volver conmigo. Pensó de forma inmediata mientras incrédulo contemplaba la carta.

 El día comenzaba a prometer interesante, la luz ceniza se transformó en claridad y con sol radiante en la mente de Larra. De nuevo albergaba la idea de volver a ver y a estar con su amada; había que comenzar con preparativos y disponer lo necesario para tan importante momento.

 Al abrirla con sumo cuidado (era persona metódica), aunque la curiosidad y los nervios le atenazaban, comprobó que por fin Dolores accedía a tener una entrevista con el ese mismo día, en las primeras horas de la entrada la noche.

 Inmediatamente aquella pasividad fruto de la mente apagada y castigada por el amor no correspondido, se transformó, y paso a la movilización del personal de servicio para una única causa: recibir con todos los honores al amor de su vida.

 -Diego: Llama inmediatamente a Falconi para que me perfume y recorte los cabellos y la barba.

 Falconi era el peluquero más afamado de la Corte del Rey absoluto Fernando VII, como también lo eran el zapatero Galán y el sombrerero Leza; cualquiera que quisiera ostentar algo de prestigio debía ser atendido por quien tenía el privilegio de seleccionar a sus clientes; no todos los ciudadanos del Madrid cortesano podían tener acceso a estos personajes de moda; estar socialmente integrado en lo más prestigioso requería gastos especiales, y estos asuntos del estilismo eran de los que no se debía prescindir si se quería infundir respeto social en cenáculos y tertulias.

Había pasado hacía poco el año Santo y en Madrid se improvisaban magníficas procesiones en las que desfilaban casi por obligación la Corte, los tribunales, comunidades y cofradías desplegando su celo religioso y su pompa mundana para ganar las indulgencias de la iglesia.

 La juventud de la época, que todo lo aprovechaba, asistía con entusiasmo a las iglesias y procesiones, con gran exhibición de uniformes, hábitos, medallas de corporaciones y cofradías y así entablar amoríos y galanteos con las devotas muchachas que poblaban calles y balcones.

En estos años del siglo XIX los habitantes de Madrid, constituidos en prosaica sociedad materialmente vegetaban y sobrevivían a duras penas a sus escasas necesidades y recreos; una sociedad que vio el regreso de Fernando VII al que le dedicaban jocosamente las mas variadas coplillas que en la época de carnaval se multiplicaban:

Este si que es nuestro Rey,

  y no el intruso Pepino,

sin más Dios que el dios del vino,

Baco, Cupido y su grey.

Los días de invierno , cuando el sol brillaba y calentaba, las clases más acomodadas estaban obligadas dejarse ver por el Paseo del Prado de Madrid entre las una y las tres de la tarde, eran las horas propicias para lucir los atavíos de cada uno.

 Las costumbres en este Madrid perezoso eran monótonas: sorbían diariamente el chocolate del fabricante Torroba, con el bollo de Jesús, tomaba a las once un panecillo empapado en vino; comía a las dos en punto su olla de garbanzos y suspendía hasta el día siguiente todo trabajo mental, haciendo un par de horas de siesta para emprender después sus paseos hacia la Florida, las Delicias o hacia Atocha o bien a la carretera desnuda o camino real de Aragón, ya fuera de la puerta de Alcalá. Para Larra este día no era de los habituales; en un momento había cambiado de color, era un día para otro tipo de lucimiento.

La sociedad melancólica envolvía su intelectualidad en levitas polonesas de cordonadura y pieles, pantalones plegados, los fracs de faldón largo, sombreros cónicos , corbatas metálicas, cuellos de camisa de punta agudísima, botas a lo bombé, cabello levantado y recortado a la inglesa; la capa con embozos escarlata y botonadura de oro envolvía airosamente a los más jóvenes; las damas exhibían vestidos y adornos extremados aunque carecían de gusto y variedad.

 -Diego, prepárame la cumplida levita de Utrilla, el chaleco, calzón y media negra, corbata, pechera y guante blanco, he de salir; hoy tengo una cita especial.

 En la calle, pese al frío se respira un ambiente de carnaval y las voces alegres de jóvenes y mayores hacen que el día lo perciba con otro ánimo. La fortuna está con él, vuelve Dolores.

 Acude a la floristería de moda “azucenas y violetas”; solo por el hecho de que las flores más comunes se envuelvan en el papel de la prestigiosa floristería daba al regalo un valor y emoción únicos. La camelia blanca era la flor favorita de Dolores. Le hubiera puesto todo un jardín para ella y poderlas contemplar colgados de un mismo cielo.

 -Deme dos ramos grandes  de violetas y de camelias blancas y envuélvalo con todo su amor. Le dijo a la empleada de la floristería.

 La tarde pasó lenta, muy lenta, esperando el feliz acontecimiento que estaba por llegar en las primeras horas de la noche, cuando Dolores debería acudir a casa del escritor; precisamente unas horas en las que la discreción era mayor y las calles no estaban tan frecuentadas  por el público que animosamente aun se mostraba festivo y dicharachero pese a ser lunes. Todos los detalles estaban cuidados y cada objeto en su sitio, nada se escapaba del orden que debiera reinar en las estancias de la casa, aunque Dolores no exigía gran cosa, pues venía de la disciplina del convento en el que precisamente no sobraban lujos.

 La chimenea iluminaba con una luz especial la estancia principal de la casa; en el enorme espejo situado en una de las paredes laterales, acorde con las dimensiones del salón, se reflejaba la chimenea y proporcionaba más luminosidad todavía a la estancia; en el centro una mesa de caoba, cubierta con un mantel de exquisita seda mostraba deliciosos pasteles comprados en la Puerta del Sol, golosinas y otros manjares que le gustaban a Dolores; a cada lado dos floreros con los respectivos ramos de violetas a la izquierda de la estancia según de mira hacía la balconada, y a la derecha las preciosas camelias.

Contiguo al salón se encuentra una acogedora alcoba con cama de caoba vestida con finas sábanas y blondas y con un olor en el ambiente digno del mejor jardín del Parque del Retiro. La mesilla de noche situada en el lado derecho tiene un cajoncito en el que “Fígaro” guarda dos pistolas cargadas por precaución y seguridad, en unos tiempos política y socialmente convulsos; las casas  tienen gruesos portones claveteados, cerrojos y barrotes de hierro y tranca de madera en todos los balcones y ventanas.

La inquietud de estos momentos de espera hace que el escritor  fume de forma desaforada; los pensamientos son cruzados, a veces positivos y en otros momentos piensa en la lejanía de su amada; se siente frágil e inseguro. Por su mente pasaba ensayando una y otra vez cada segundo de su encuentro con Dolores que imaginó una y mil veces; no quería decir nada que no fuera adecuado en un encuentro después del tiempo transcurrido desde la última vez que pudo verla y disfrutar de su compañía; aquellos fueron momentos compartidos con pasión, amor a escondidas, pero amor del verdadero, aquello que sentía Larra en lo más íntimo de su ser y que estaba seguro compartía Dolores.

 ¡Cuantas veces disfrutó encuentros irreales!, en sueños, vividos con la intensidad de cada momento como si estuvieran ocurriendo realmente, su mente era un mecanismo incesante de recreación de situaciones que tenía como protagonista a Dolores. Cada momento de su vida, cada instante, pese a la juventud de Fígaro, los dedicaba a ella, sus pensamientos, sus cartas y poemas, sus dudas y sus problemas se los contaba a Dolores desde su imaginación que con misericordia recogía el papel una y otra vez; ella era su musa, su universo, su destino sin el cual la vida no tenía sentido.

 Abre uno de los balcones de la estancia para hacer que el olor del tabaco salga y para observar si llega Dolores. La calle Santa Clara a estas horas está desierta aunque en la lejanía se oigan campanas de la iglesia cercana que a estas horas de la tarde vencida la siesta llama a los fieles.

Pasan dos hombres hablando en tono desmesuradamente alto que rompen la tranquilidad inquietante de la calle; pasa un carromato ligero de caballos que transporta a quienes no quieren arriesgarse a ir por las calles tortuosas de Madrid a estas horas en las que la noche acaba de anunciarse. Escucha nuevamente como dos personas vienen calle arriba y ve que es Dolores y una amiga que la acompaña.

 -Diego abre la puerta inmediatamente a doña Dolores y la persona que la acompaña y hazla entrar al salón.

 Pasaron escasos segundos para que Dolores subiera hasta la tercera planta del edificio y estuviera frente a Larra quien en tono afectuoso intenta saludarla con la cortesía propia de un momento de reencuentro; Dolores le sujeta con una actitud fría y distante que hace que de forma inmediata la cara de Larra se tiña de una palidez inusitada y como el mayor de los mendigos se humilla ante ella, pidiéndole cariño y amor entre lagrimas y lamentaciones.

 El joven Larra, columnista, escritor altivo, presumido y afamado se siente derrotado, hundido, descabezado y zarandeado por las circunstancias adversas que el momento le está deparando; no es sino un manojo de nervios, porque la que hasta este preciso momento era el amor de su vida, su musa y su luz, ve como le niega todo; el mundo se derrumba de forma estrepitosa a su alrededor, sufre y le envuelve un sentimiento de traición, de culpa, un dolor inaudito ante quien todo era placer y amor; no puede creer que le esté pasando aquello y que precisamente se lo esté haciendo la persona a la que más quiere en su vida. Por su mente pasan pensamientos veloces para tratar de recomponer la situación. ¡Está confundido!, no sabe el comportamiento a seguir.

 -He venido a recuperar mis cartas y a borrar mi pasado contigo. Le espetó Dolores con una frialdad propia del convento del que provenía, con una falta de caridad asombrosa hacia la persona que amó y con la que compartió tantos buenos momentos; el sufrimiento se acentuó por todo su cuerpo hasta dejarlo inerte, inmovilizado.

 “Fígaro” se siente azotado, maltratado, pisoteado y ultrajado; el desengaño le ha hecho perder su dignidad como persona; un sudor frio recorre su frente y las lágrimas no se esconden sino que relumbran iluminadas por el vivo fuego de la chimenea. Inconscientemente encamina sus pasos hacia el escritorio que está en uno de los laterales de la estancia colocado en oblicuo con la silla dando la espalda de soslayo a la chimenea y mirando a la balconada; abre uno de los cajones y saca un gran paquete de cartas y documentos atados con una cinta de seda roja.

 Dolores de un solo golpe iracundo arrebata de las manos a Larra las cartas, no puede reaccionar, y Dolores sale rápidamente de la estancia acompañada de la amiga que va inmediatamente detrás de ella. Todo ha terminado.

 Larra se asoma a la escalera que conduce hacia el zaguán de la casa y ve alejarse de forma inusitadamente rápida a Dolores y su acompañante, sin que pueda articular palabra. Vuelve al salón, destrozado, maltrecho, cabizbajo y contempla impávido, con la mirada perdida , el fuego de la chimenea cuyas llamas juegan caprichosamente en un baile irreal que tiñe de sombras deambulantes los ramos de flores que se proyectan en la pared al ritmo de la luz que proyecta el fuego.

 El dolor que padece el escritor es inmenso, quiere morirse, no tiene vida propia, no es nada, es un juguete que han destrozado en un momento; el sufrimiento le invade y está cegado , con el corazón roto, su sufrimiento no tiene límite; los pasos como la mirada están perdidos, entra en la ordenada alcoba, abre el cajón de la mesilla, coge una pistola y se dispara un tiro en la sien derecha que nadie oye.

 Antes de ir a la cama la pequeña hija de Larra, Adelita, ve que su padre está en la alcoba  y entra para darle las buenas noches y lo encuentra muerto. Cunde la alarma y llega el personal de servicio entre gritos, prisas y desorientados por ver si pueden salvar a su señor y comprueban que nada pueden hacer.

 Diego, el mayordomo da instrucciones para que avisen al ministro de Gracia y Justicia Sr. Landero y Cochado que vive en el cuarto piso de la casa para que intervenga de inmediato y certifique que Mariano José de Larra, insigne escritor y político, “hoy día 13 de febrero de 1837, a los veintiocho años de edad,  se ha suicidado”. El mundo y las personas siguen su curso, padeciendo el mismo síndrome, con corazones rotos y con  “Fígaro” en el recuerdo.

 Mariano Avilés

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