«Los medios han ocupado horas y horas de sus informaciones en darnos hasta el último detalle secuencial de lo que ocurría en España y ahora más que nunca veo que este exceso de información difumina el foco de lo que es más importante»
Siempre pensé que los medios de comunicación son ese cuarto poder que debiera servir a la sociedad para dar fe de la realidad de lo que ocurre día a día en nuestro quehacer; desempeñan un importante papel social que no debiera quebrantarse.
Desde el principio de la pandemia pedía para mi mismo que los medios informaran lo estrictamente necesario de lo que acontecía, no para ocultar la verdad sino para no crear alarma ni miedo entre la población, seleccionando la información y desterrando los datos inútiles como son el número diario de contagiados que no son soportan una crítica seria, cuando el dato importante es la incidencia en los hospitales o el número de fallecimientos que con insistente ridículo han tratado de ocultarnos.
Los medios han ocupado horas y horas de sus informaciones en darnos hasta el último detalle secuencial de lo que ocurría en España y ahora más que nunca veo que este exceso de información difumina el foco de lo que es más importante. L a noticia objetiva y sensata al igual que el amor verdadero no debería comprarse ni venderse, pero esto es una ilusión.
En estos días se nos habla de otra variante del virus que nos ha traído por el camino que nunca debimos transitar y aparece como rutilante estrella de cine “Ómicron”, un virus del que todos hablan pero del que nadie sabe nada. La ciencia dice que lo estudiará, Sudáfrica (al parecer es su origen) dice que no es para tanto y que tan solo debemos tener las precauciones lógicas, mientras en los países europeos comienzan a contarnos cuantos contagiados hay en alguna aldea de Bélgica y así el pánico no cesa.
La irresponsabilidad con que se manejan estas cuestiones debiera hacérselo mirar alguna comisión deontológica de la profesión periodística; aquí cada medio dice lo que quiere y, lo que es peor, cuenta como quieren una realidad que debiera ser común para todos, porque al contrario de las crónicas políticas, este asunto de la salud tiene una base epidemiológica y la correspondiente explicación científica; se mire como se mire la información debiera ser unívoca.
Es insoportable tener constantemente sobre nuestras cabezas una información reiterativa y cansina. La ciencia deberá buscar las soluciones más allá de los que piensen los políticos, que casi ninguno suelen pensar mucho; por tanto, estemos siempre atentos al criterio profesional de los sanitarios.
Gracias a las vacunas podemos ir sorteando contagios, medidas contra la libertad y otras cuestiones que nos han afectado de lleno; apelemos y confiemos en las personas. La cultura para la salud debiera imponerse en los centros escolares para que los niños desde temprana edad, con la salud que cada uno tenga, para que vean que es un tesoro que hay que mantener y cuidar, recomendando medidas que debieran explicarse para ponerlas en práctica como hábito de vida, sin que tengan que confinarnos indiscriminada e ilegalmente como ya se ha hecho en dos ocasiones, incluido el Parlamento, a juzgar por sendas sentencias del Tribunal Constitucional.
El Gobierno ya debería tener aprobada una ley de pandemias y de emergencias nacionales (ha tenido tiempo); una ley que debiera estar consensuada por el parlamento en su tramitación ordinaria, alejando la práctica cómoda de los decretos; los ciudadanos tenemos el derecho a que se nos oiga con nuestros representantes políticos y evitar las normas porque sí, que nacen «para el pueblo, pero sin el pueblo».
Mariano Avilés – Jurista
Noviembre 2021
