Publicado en enero de 1977
Cuando se dice la palabra felicidades, es que indudablemente algo se conmemora, y cuando se dice enhorabuena algo ha acontecido digno de felicitación y es motivo de alegría para todos aquellos que están más cercanos a aquella persona o a aquel momento.
Juan, hombre sencillo, apacible, rudo como el paisaje mismo que le envuelve todos los días, al anochecer, está refugiado en la puerta de su casa con el portón carcomido por el sol que le golpea día a día.
Todos los días Juan se sienta en el suelo, recostado contra la pared enjalbegada y rugosa, mirando su callejuela medio polvorienta y sucia, pero apacible, pensando en que mañana debe salir al amanecer con sus bestias a recorrer los caminos tan queridos para él, porque piensa que mañana, un mañana quizás próximo, quizás lejano, será ese camino, esa tierra la que albergue su cuerpo, la tierra que tanto ha querido, que tanto ha disfrutado y trabajado.
Un día más Juan volverá a recorrer sus caminos, los caminos que le mostrarán sus encantos: hoy -piensa Juan- volveré a conocer y desentrañar un poco más las tierras y caminos que más amo.
El sol, si es el sol, el que aparece por ese horizonte dónde se ocultan tantas cosas, desgracias y triunfos, nostalgias y llantos, risas y voces, ruidos y gentes, muchas gentes. Mi amigo en pie mirando, piensa que tras esa línea se ocultan tantas cosas, y mientras la sombra, que el cuerpo de Juan deja caer al suelo como un reflejo de descanso despreocupado y tranquilo, se va alargando y apagándose a un paso lento y silencioso como la vida misma.
Fue durante el siglo XVIII, cuando ya el mundo que giraba en torno a la diligencia adquiría características nuevas obra de ingenieros, estableciendo que las carreteras debían de ser algo más altas que el terreno que las circundaba, así como el arqueo del suelo para un mejor discurrir del agua de lluvia. Pronto empezó la pavimentación; Mac Adam encontró soluciones que permitieron a la diligencia alcanzar, durante la primera mitad del siglo XIX, velocidades superiores a los quince y dieciséis kilómetros por hora.
Cuando los gobiernos comenzaban a preocuparse por la ampliación de la red de carreteras y cuando nada parecía obstaculizar la expansión de la diligencia, surgen unos vehículos desprovistos de caballos y semejantes a las carrozas que al moverse dejaban tras de sí una gran nube de humo. Si, estas fueron las primeras locomotoras de vapor.
Fue un inglés quien proyecta el primer viaje en el “monstruo” construido por él mismo ante el asombro de sus conciudadanos y transeúntes que atribuían el movimiento del ingenio a fenómenos de brujería. El seguía con su proyecto, y es más lo perfeccionó, al tener la brillante idea de hacerle correr sobre raíles. En un principio los raíles eran de madera que se astillaba; al ver el problema fue cuando acordó sustituirlos por railes metálicos de hierro colado y ya en tiempo relativamente moderno de acero.
Importante fue la invención y posterior desarrollo de este medio de transporte; desde sus inicios hasta la actualidad del ferrocarril Alcázar ha estado vinculado a él, no solamente con el trabajo habitual de todos aquellos que prestaban sus servicios, sino incluso en otras manifestaciones tan importantes o más que el propio trabajo.
El Ferrocarril Católico, nacido en 1953, ha ido siguiendo paso a paso, el desarrollo de acontecimientos, personas, costumbres, problemas del trabajador del ferrocarril y por supuesto la evolución de Alcázar.
Ya tradicional resulta el nombre entre nosotros, aquel que naciera para la orientación religiosa de cuantos trabajaban en el ferrocarril; fue voz débil al principio y se ha convertido en portavoz de comentarios de los más diversos matices. La chispa inicial se ha ido manteniendo a través de todo este tiempo y ha pasado a ser una herencia dejada a las presentes generaciones con la memoria de los que pasaron y también colaboraron escribiendo o simplemente disfrutando de su lectura.
Actualmente el Ferrocarril Católico es un medio de información y de comentarios, de sucedidos a lo largo de los años. Si se observa la cronología del mismo, desde sus comienzos hasta la actualidad, se comprueba efectivamente que la herencia recibida no solamente ha sido cuidada, sino, además revalorizada, tanto en contenido como en extensión.
He aquí que lo contemplamos como una especie de crisol del tiempo, en el que quedan reflejadas las inquietudes de gentes que fueron y una clara historia del transcurrir del pueblo de Alcázar.
En definitiva, podríamos calificar este número especial, al que aporto mi comentario, como un recuerdo, homenaje a los que ya pasaron, a los que de alguna manera están presentes en nuestras mentes y que se les debe el tributo de su labor.
No se trata de poner medallas a título póstumo, ni homenaje multitudinario de gran vistosidad, sino de dar el agradecimiento a los que pasaron y que han trabajado porque nuestra ciudad sea algo distinto de lo que inicialmente fue; el mejor recuerdo y homenaje, si cabe, no puede ser otro que continuar adelante; no debe ser un impedimento para seguir la existencia de una posible apatía colaboracionista. Que sea un verdadero órgano de expresión de todos aquellos que quieran asomarse a sus columnas con exposición de los más variados matices culturales.
Como decía el poeta “se hace camino al andar”; efectivamente construyendo, caminando, haciendo por algo o por alguien es como se sientan las bases del futuro.
¿Qué futuro le espera al Ferrocarril Católico?; el futuro, como en tantos otros aspectos de la vida es difícil de predecir y precisar aunque está fundamentalmente en el ánimo de continuar adelante. Son necesarias mentes renovadoras, que con el apoyo de todos se cree algo nuevo, hay que ir modificando los cánones establecidos, introduciendo medidas nuevas, necesarias para la producción de un mayor interés e inquietud, fomentando las asociaciones juveniles, eludiendo la frustración de la etapa inicial y fomentando por otra parte los ánimos para continuar. Es necesario, creo, que la existencia de este tipo de juventud inquieta e intelectual se le de una oportunidad, para que el pueblo de Alcázar, la juventud de Alcázar se refugie en algo que le reporte un mayor valor espiritual y humano.
Desde Juan, hombre sincero, amante de sys caminos y sus tierras, hombre que no conocía sino la herida que el arado dejaba en la tierra, que pensaba en algo más, que trabajaba con la esperanza de un mañana, hasta el mecanismo revolucionario de la técnica que escalona procesos y pasos de la historia; cada cual aisladamente tiene su sentido. Juan envuelto en una metafísica propia, una ética tan particular y el avance técnico, con sus problemas y progresos. Todos ellos son suficientemente claros por sí solos, pero la necesidad es total de uno para llegar al otro, y es que también hay que “volver la vista atrás” para saber que lo que otros hicieron y que nos dejaron como la herencia que hay que guardar con la diligencia del buen padre de familia, en definitiva se trata de tener una nostalgia del pasado para que recordando el presente se construya el futuro.
Mariano Avilés – Jurista
