
«El cielo estrellado iluminó aquel majestuoso e insólito conjunto monumental, adornado de luces mortecinas que para no molestar infunden paz y misterio, un misterio callado, un silencio sin pausa, pasos perdidos y acelerados que reviven imágenes de monasterios de película.»
La vida, que suele estar apuntalada por pequeñas gratas experiencias, no es fácil; tratamos hacer de ella un verdadero y férreo cimiento sobre el que pesarán experiencias de todo tipo, positivas, negativas y hasta las amargas.
En este pasado febrero de 2017 he tenido la suerte de construir y disfrutar de una de esas experiencias que conforman pilares sólidos en la vida; la visita al Monasterio de Sobrado (Coruña) durante cuatro increíbles días que ha durado la convivencia/actividad académica entre profesores y alumnos de la carrera de Farmacia de la Universidad Francisco de Vitoria, ha supuesto una experiencia única.
La soledad y silencio de los claustros, la sobriedad y serenidad de sus piedras han hecho de mi estancia en el Monasterio de Sobrado una parada en la azarosa vida; extraña la sensación de poder sentir la vida desde esa extraordinaria quietud; un alto en el camino que reconforta para encontrar otros argumentos a nuestra existencia.
El silencio de los claustro se detuvo con la alegría de estudiantes ávidos de conocer; esos encuentros, risas, miradas inquietas…. hicieron durante unos días que esas piedras milenarias rejuvenecieran ante tanta adversidad pasada.
Tuve la sensación inquieta de quien se pierde por aquellos claustros y de que todas las piedras, en ese momento interminable, te miran con extrañeza. Una experiencia única e inolvidable, mi agradecimiento por ello.
Degustar la frugal comida de los monjes de la Orden de San Benito y acompañarles en sus actos litúrgicos fueron, sin duda, momentos de exquisito gozo que solamente se experimenta cuando se convive y descubres formas de vida que acercan a Dios. Los monasterios son islas preciosas, preciadas en medio de una sociedad cada día más exigente en valores terrenales.
El cielo estrellado iluminó aquel majestuoso e insólito conjunto monumental, adornado de luces mortecinas que para no molestar infunden paz y misterio, un misterio callado, un silencio sin pausa, pasos perdidos y acelerados que reviven imágenes de monasterios de película.
Sensaciones de minutos que se antojan escasas y fugaces, minutos por los que no pasa el tiempo; pisos de piedra que albergan vidas que fueron, pasos acelerados que hacen correr los arcos de los claustros a la vez que aparece y desaparece la torre de la iglesia testigo de siglos; una callada alegoría al tiempo eterno, imperecedero; un silencio que hace que las piedras permanezcan en pie esperando a peregrinos cansados.
Mariano Avilés. Jurista. Febrero 2017
