2 junio 2020

“Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando sea fuerte os la negaré en nombre de los nuestros”.

Incomprensiblemente los españoles no aprendemos de nuestra historia, quizás es porque no la conocemos bien; somos un pueblo heterogéneo  producto de las más diversas culturas  que fueron dejando su impronta.

Dice la historia que en la antigüedad, la península ibérica la componían un puzle de tribus, equivalente a unas cien comunidades autónomas enemigas entre sí. Teníamos a los berones, autrigones, cántabros, astures, libiofenices, deitanos, lusitanos, ilergetes y así un sinfín de ellos aunque dos eran las facciones principales, los iberos y los celtas, tiempos aquellos de una espectacular población forestal en toda la península.

Pueblos y tribus tenían sus propias costumbres. Desde los lusitanos que amasaban un pan con harina de bellota, hasta los bastetanos  que bailaban cogidos de la mano una especie de sardana, pasando por los cántabros que festejaban la ceremonia de la covada en la que el padre guardaba cama y fingía padecer dolores de parto mientras la parturienta seguía labrando; entonces mandaban las mujeres, una ginecocracia que hoy algunas feministas también festejan, aunque Estrabón lo consideraba incivilizado.

Los astures tenían la higiénica costumbre de enjuagarse la boca y lavarse los dientes con orines rancios. Los celtíberos eran crueles con los delincuentes y con los enemigos, pero compasivos y honrados con los forasteros pacíficos. Los vacceos practicaban una especie de comunismo consistente en repartir cada año las tierras y las cosechas de acuerdo con las necesidades de cada familia.

España, mi querida I-shepham-im, es esa tierra de conejos que tantos avatares ha pasado en su historia, ese territorio que según Estrabón se parece a una piel de toro extendida. Fenicios,  iberos, celtas, cartagineses, romanos… todos eran listos y supieron ver en España oportunidad de prosperar y por ello se disputaban territorios conforme a los usos de cada época.

Los romanos dejaron su impronta de buena gestión administrativa. Quinto Sertorio se refugió en Hispania al llegar al poder de Roma el dictador Sila; Sertorio era afable y tolerante, un buen gestor romano, acostumbrados los hispanos a padecer funcionarios romanos que aprovechaban el cargo para enriquecerse, pero su gestión fracasó y uno de sus colaboradores lo asesinó.

Excelentes ingenieros, los romanos desafiaban las dificultades técnicas del momento causando  admiración. El municipio romano era el ámbito en el que los romanos se ganaban a los votantes con comidas gratis, juegos de circo, haciendo fuentes y plazas y vías romanas para intercomunicar las ciudades. A partir del siglo III la autoridad central perdió fuerza y los emperadores quedaron sometidos al ejército que los nombraba o apartaba del poder.

De los bárbaros a los reyes que vivían peligrosamente, la monarquía visigoda era electiva. El rey gozaba de poder absoluto y se rodeaba de magnates y obispos a los que regalaba tierras, entre Iglesia y gobernantes se repartían las prebendas y el transcurrir de los tiempos no bajaron las expectativas de escaramuzas, guerras e invasiones.  

La transición a la democracia, una vez muerto el dictador Franco, se vinculó a la legitimidad de los nacionalismos (vasco y catalán). Ortega y Gasset en 1921 planteó la invertebración de España; hoy por hoy en pleno siglo XXI pienso que España no se ha vertebrado aún, no ha madurado ni aprendido, no se han superado las divisiones, cada estamento defiende lo propio (Ejército, Justicia, Gobierno, Iglesia, etc.) y no se busca el interés colectivo; hay un separatismo instalado en el cerebro de una parte mínima de la sociedad española que decide,  irremediablemente, sobre la inmensa mayoría, minorías legitimadas por leyes poco afortunadas que ningún gobierno tiene voluntad de derogar, alimentando a esas minorías que  buscan estrangular y asfixiar al Estado a base de reclamar prebendas y agravios hacia los demás.

Las formas han cambiado y puede observarse un disimulado diálogo entre las distintas partes que componen el Estado; dan la sensación de que determinados poderes quisieran no  estar encasillados en sí mismos, pero es una ilusión; sin lugar a dudas hay que decir que se ha mejorado en las formas, procurando saber escuchar (cada vez menos) aunque en el fondo quienes tienen el poder delegado por los ciudadanos están pensando miserablemente en que otros les están engañando o mejor todavía, esperan la oportunidad que pueda tener cada uno de ellos para desdecirse de lo que dijeron y hacer lo que les plazca, para eso son políticos y tienen patente de corso, pues en sus ADN está la mentira como tarjera de presentación y algo natural, admitido por todos. Perdidos en esa guerra los ciudadanos importamos muy poco tan poco que quienes nos gobiernan miran a los ciudadanos como el enemigo a batir.

Quienes me siguen en mi blog saben de mi admiración, por ello mis continuas referencias, a Ortega y Gasset que hizo reflexiones premonitorias; desde mi punto de vista está en perpetua actualidad; supo ver el fracaso de los totalitarismos, abogó por la creación de la unión entre los pueblos de Europa y alertó del choque entre el modo de vida occidental  y el islámico, un islam que va ganando posiciones mezclándose (agua y aceite) de forma clamorosa en la cultura occidental sin renunciar a sus principios y que con el transcurrir de no muchos años terminarán por imponer las leyes antidemocráticas de la  sharía  en aplicación del inquietante principio enunciado hace un siglo por el político e historiador Charles de Montalembert: “Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando sea fuerte os la negaré en nombre de los nuestros”.

Ortega, como he dicho antes, sigue muy presente en el pensamiento actual. Quien manda no debe entender esa condición de mandar como el ejercicio del poder con coacción física, sino que su fundamento está en la masa social que le da la fuerza; el mando es el ejercicio normal de la autoridad que debe tener siempre detrás la opinión pública; no es un invento más o menos actual, se manifiesta así desde que el hombre es hombre. “mandar no es gesto de arrebatar el poder, sino tranquilo ejercicio de el…El Estado es, en definitiva, el estado de la opinión: una situación de equilibrio”. “La etimología de mandar significa cargar, ponerle a uno algo en las manos”, de ahí que haya que cuidar muy bien, pero que muy bien, en quien se delega esa responsabilidad para que si incumple se le exijan responsabilidades sin miramientos.

Lo peor de todo es que la sociedad esté dividida y con ella la opinión, entonces las partes se anulan recíprocamente y de ello no sale nada positivo. Quienes puedan pensar que dividiendo vencen están equivocados porque esa división no ayuda a construir el mando y ante la ausencia de una opinión pública conjunta pudiera surgir la fuerza bruta y la hostilidad; aquí está el peligro, porque no se puede mandar y gobernar contra la opinión pública.

Hay personas que no tienen opinión y sin opinión la convivencia humana es imposible, la vida de las personas en este caso carece de la más elemental arquitectura. En los tiempos de prosperidad hay opinión y con ella aparece el orden. Quienes no opinan sobre la actitud y aptitud de quienes mandan, y los sumisos obedecen, están ayudando precisamente a fomentar el desequilibrio natural que impone la razón.

El agravio comparativo entre pueblos de un mismo país no trae más que dificultades. Estos reinos de taifas en los que se han convertido las Comunidades Autónomas rememoran aquello con lo que comenzaba esta reflexión; multitud de espacios estancos en los que para nada coinciden la opinión de quienes los gobiernan y con ellos de los ciudadanos de quienes dependen. Creo honestamente que nunca hemos sabido convivir en la diversidad, al igual que antaño hoy, porque las formas han cambiado y de no ser por ese cambio guerrearíamos con armas reales entre nosotros. Hoy las formas nos llevan a comportamientos más delicados dentro de lo belicoso de cada momento.

Toda esta escalada de tensiones para que cada Comunidad Autónoma defienda “lo suyo” ha provocado la manifiesta invertebración de una España que está menos vertebrada que nunca  ni en territorios ni en la lengua, hasta llegar a un “no soportarse”; inadmisible entre regiones que forman parte del mismo Estado, todo atizado gentilmente por quienes intentan mandar alejados de una opinión pública que clama por la coherencia y el respeto a las costumbres, instituciones y a las personas y  aún así enarbolan las viejas banderas de secesionismo y la división que creíamos superado. La extrema izquierda, pandillista, violenta, guerrillera y traidora, no ceja en intentos de acaparar espacios públicos que para nada les es privativo; la calle es de quien la ocupa y no es privilegio de nadie.

Son diecisiete autonomías independientes, insolidarias, cada una con su bandera, su himno, su capital administrativa, sus instituciones y si cabe su lengua; una proliferación de cargos, de plantillas en organismos de nueva creación, parlamentos, defensores del pueblo, radios, televisiones, embajadas ilegales, oficinas de representación en Europa; un festín de sueldos, primas, dietas y un nivel de gasto difícilmente soportable; a esto sumémosle las instituciones propias del Estado que lejos de reducirse vemos como crecen día a día, alguna de ellas inservibles salvo ejercer de “cementerio de elefantes”, con mejor sueldo del que disfrutaron en su día bajo el cobijo de la Administración correspondiente.

Desde mi punto de vista la transición simplemente ha sido un espejismo que han aprovechado los de siempre, bajo el velo de la España del bienestar que no ha ido consolidándose. Es el eterno problema que aparece cuando la democracia cae en manos de partidos basados en el clientelismo político, en la corrupción, es la cleptocracia, aunque cada cuatro años o menos tiempo acudamos a las urnas pensando que con nuestro voto el sistema irá por los caminos que marcan los ciudadanos, lo que se comprueba que es un razonamiento erróneo. Es necesario reformas legales en profundidad que consoliden el Estado de Derecho sin que se dejen al albur de los partidos políticos decisiones tan importantes como quienes queremos que sean nuestros representantes, perfectamente controlados y fiscalizados en sus prebendas y desmanes, que hoy son muchos, mientras los ciudadanos sufren el oprobio de ver como los representantes nombrados tienen mejores condiciones de vida que los representados que los nombran y de los que deberían depender. Esto no debe ser así.

La falta de criterio y el escaso ánimo de influir responsablemente en los derroteros políticos de España crea a los forofos que no juzgan la gestión y sí los colores del partido, unos por su agradecimiento por los favores recibidos y otros por ser los corderillos que solo sirven para hacer bulto en el rebaño y que terminan siendo carne de matadero cuando interesa; ello provoca que por el pecado de la omisión se siga votando a políticos imputados e incluso con condena firme. Tan solo nos duele el bolsillo cuando nos lo tocan; abrumados de impuestos sectores de la sociedad civil se echa en brazos de demagogos utópicos, hasta que al cabo del tiempo se dan cuenta que el paraíso terrenal prometido y vendido en cómodos plazos era para ellos, los líderes, no para el rebaño.

Los pueblos en el mundo (no digamos de Europa), han padecido la tragedia del secesionismo ensalzando irracionalmente sentimientos patrióticos en beneficio propio y contrario a los intereses del conjunto de ciudadanos; han azuzado sentimientos profundos para generar crispación y malestar animando a la ruptura con todo tipo de forma de vivir, que a quienes  lideran los movimientos sociales no interesa; son actores imagen viva de la maldad y las calamidades de los pueblos avalados por el voto y criterio favorable de quienes carecen de opinión.

“el pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla”; es una vieja sentencia que como tantas otras encierran una gran verdad. Tengámosla en cuenta.

España ha sufrido muchos acontecimientos tristes sobre su piel a causa de las luchas por el poder. Es verdad que no hemos aprendido de las lecciones que la historia nos proporciona y lamentablemente hemos ido perdiendo en todo por la ineficacia (a veces hasta estudiada) de quienes han gobernado . Se intentó una transición desde la dictadura a la democracia y aparentemente se consiguió con la proclamación de la Constitución Española de 1978, aunque desde hace décadas se sabe que los insatisfechos y negacionistas siguen ahí, bajo la imagen de generaciones nuevas que nunca vivieron los acontecimientos pero que hoy presumen temerariamente conocer si haber estudiado ni una sola línea de historia. ¡Tocan fondo!.

Lamentablemente España sigue sin estar vertebrada como la gran nación plural que aspira incansablemente a ser en el contexto mundial; por esa falta de vertebración la propia España como concepto de nación ha sido y es la gran olvidada y eso solo viene generado por la aversión que de un concepto único puedan tener las partes resultantes, los territorios que la integran, aumentado además por el odio y la discordia de ideologías desacreditadas y juzgadas  que dan lugar a la tiranía y el totalitarismo, porque el concepto de justicia e igualdad no caben en sus formas de pensar.

La historia de España no se entendería sin todos sus acontecimientos; pretender quitar una parte de esa historia, por poco que no nos guste, es empobrecer la historia, el sufrimiento de una generación de mayores que ahora están muriendo; apagar una parte de la historia de España es hacer que sucesivas generaciones no entiendan el pensamiento y los actos de generaciones de españoles que se vieron sorprendidos en bandos que no sabían ni lo que significaban, un enfrentamiento fraticida que a algunos les gusta recordar porque no lo vivieron; ocultar esto es simplemente reducir a la nada realidades que existieron.

Claudio Sánchez Albornoz, ex-ministro de la República publicó en el Diario Vasco de 19-2-1980 las siguientes palabras: «¿Estudiar la guerra civil científicamente?. Que lo hagan los hombres de avanzada del siglo XXI. Nosotros tenemos aún cerca la tragedia y abiertas las heridas. Y no nos hemos curado de la ancestral barbarie. Hay que hacer razonar a los energúmenos , prontos siempre al exterminio del adversario tras un levantamiento de derechas o de izquierdas. Hay que hacerles imaginar que ellos pueden ser las primeras víctimas. Hay que hacer ver a todos la trágica estampa de la España de otrora que puede ser la España de mañana»

El poder central tuvo su papel en el momento de la historia que le correspondió; la historia, ese juez implacable, emitirá su veredicto con el transcurrir de los tiempos. La solución actual no puede conducir a que las partes de un todo renieguen del todo; sumar siempre es importante y no debemos consentir que se pretenda restar por aquellos que lo que quieren es apoyarse en España para desde el poder destruirla aprovechando que la vertebración de esta nación aun este pendiente de lograrse.

Nicolas Maquiavelo en su libro publicado en el siglo XVI deja muy claro la actuación de quienes mandan (príncipes). El viejo truco que recoge “El Principe” de hacer desmanes jurídicos violentando leyes y derechos de los ciudadanos mientras están ocupados (pan y circo), se ha visto superado durante el corto mandato de Sánchez que ya nos parece un siglo.

Los ciudadanos estamos confinados en un estado de alarma cuando menos de dudosa legalidad, y el gobierno hace lo que le apetece en cada caso legislando entre bambalinas, sin que pueda controlarlo las fuerzas democráticas establecidas para equilibrar los excesos políticos. Dice Maquiavelo que quien manda puede ser piadoso, implacable, honesto o traicionero pero en cualquier caso debe actuar con prudencia, y para que esta democracia mejore de salud no parece que tengamos, en este momento, los ingredientes necesarios, si quien nos gobierna es un imprudente.

No se respeta el interés general y se gobierna a golpe de decreto, el gobierno se siente fuerte si ante cada petición de quienes le sostienen en la Moncloa no tiene pudor ni vergüenza en dar lo que pidan, sea legal, ilegal o para prevaricar, le da exactamente igual porque piensa que está por encima de todo y de todos.

El gobierno no calcula bien la fuerza de una nación con sus ciudadanos empujando para defenderla; los españoles ya lo hemos demostrado en episodios sombríos de la historia; nos movemos tímidamente porque aquí sí que hay prudencia para no volver a vivir confrontaciones recientes; es posible que nos esté ocurriendo lo que al elefante, que atado a un débil palo, pensaba que no se podía escapar; pero, ¡que tengan todos mucho cuidado!: puede que el elefante, no tardando mucho, compruebe que el palo no sujeta ni la fuerza del músculo más pequeño de su corpachón; y, entonces…el relato cambia de argumento.

Mariano Aviles- jurista Mayo 2020

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