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¿“tiene sentido ser comunista en nuestra época” ?

Milada Horáková (1901-1950) abogada y política checa, víctima de los procesos políticos de los años 50 en Checoslovaquia, la única mujer ejecutada por su resistencia al régimen comunista. Luchó por la igualdad de las mujeres. El día 27-6-2004 coincidiendo con el aniversario de la condena a Milada se proclama el día del recuerdo de las víctimas del régimen comunista que nunca se publicita por esas izquierdas feministas sectarias que lo ocultan sistemáticamente.

Ser comunista era ser rotundo adversario de la propiedad privada y eran comunistas los que pretendían modificar las bases fundamentales de la sociedad existente.

En el PSOE se consideraba que socialismo, colectivismo y comunismo “significaban siempre la misma cosa».

Entre los anarquistas, calificarse de comunista supuso un enfrentamiento interno en la penúltima década del siglo XIX con la corriente mayoritaria de los colectivistas que defendían la propiedad colectiva de los medios de producción y la individualización del producto íntegro del trabajo para cada persona.

Los bolcheviques lograron que la mayoría de los socialistas y el resto de la opinión pública  actualizara el concepto clásico de comunismo, defendiéndolo a partir de entonces  como aquel sistema implantado en Rusia que, con la iniciativa y control de un partido político, transfería la propiedad individual a manos del Estado; el bolchevismo era una forma de disidencia y una degeneración hipertrofiada del socialismo, pues no solo era la negación de la propiedad individual, sino de la voluntad libre, sustituida por medio del terror.

Para los rebeldes, los comunistas eran “bolcheviques moscovitas”, asociados a un concepto negativo y maligno de revolución, además de integrarlos en un grupo mayor que eran los “rojos”, definidos a su vez como “la masa humana, el rebaño de instintos primarios. Para los anarquistas, los miembros del PCE eran “comunistas de Estado” o “comunistas autoritarios”, permaneciendo ellos como “comunistas libertarios”.

Los movimientos telúricos producidos al morir Breznev en 1982, venidos de la mano de Andropov intentaron acometer algunas reformas disciplinarias que pretendían el control sobre determinados aspectos de la vida económica.

Fue un hombre sensiblemente más joven, Gorbachov, quien propició cambios que ya venían siendo demandados. Gorbachov era un producto del aparato burocrático, lo que motivó que tardara años hasta que llegó la Perestroika, con ella se inició una mayor transparencia informativa  y una distensión en las relaciones internacionales.

En 1987 se aprobó una Ley de Empresas del Estado que se proponía introducir una mayor descentralización. Las reformas se agotaron porque detrás no existían medidas concretas  que introdujesen cambios reales, la degradación de la situación económica supuso pérdida de apoyos; todo esto frente a lo positivo de liberalización que representaba la Perestroika, fue un intento de modernizar el poder burocrático aunque posiblemente Gorvachov se diera cuenta que el sistema soviético era irreformable y que había que buscar nuevos horizontes propios de los modelos políticos y económicos del mundo occidental.

En España, tras la muerte de Franco se planteó el cambio de nombre del partido para facilitar su legalización, Carrillo afirmó con rotundidad: “¡No, no renunciaremos a un nombre glorioso que está ligado a la lucha por el tipo de sociedad futura más humana que hoy pueda concebirse”; el transcurrir del tiempo nos ha venido a desvelar que el comunista es posiblemente todo lo contario.

Mientras los que legitimaban la Dictadura identificaron al PCE con la guerra civil – o con algunos episodios como la matanza de Paracuellos del Jarama, entre otros muchos documentados recogidos aunque menos conocidos (Ver minas de Camuñas: https://gaceta.es/blogs/crimenes-del-comunismo/mina-canunas-katyn-republicano-plena-mancha-16072015-1912-20150716-0000/)-, otros subrayaron la cara que ocultaban los comunistas en su estrategia de penetración, los dirigentes del PCE respondieron al lenguaje franquista  con la renuncia a la conquista del poder, la aceptación de la Monarquía como forma de gobierno y a la participación del partido en la competencia política electoral.

Surgieron incompatibilidades de criterios que llevaron a la dimisión o expulsión de numerosos dirigentes “renovadores”; bastantes años después el PCE se integraba en una coalición electoral – Izquierda Unida-  en gran medida liderada por el PCE y concebida como una plataforma de oposición al PSOE.

Cuando el término comunista se encontraba en plena crisis, o como llegó a denominarse “en la encrucijada”, el DRAE en su edición de 1984 actualizó el significado de comunismo, al reducir al carácter drástico de la única acepción existente con la inclusión del “predominio de lo colectivo sobre lo individual”.

A principios del s XXI el PCE mantenían la hoz y el martillo así como la bandera roja como símbolos distintivos de la organización. El PCE no aceptaba “requisitorias, acusaciones, calumnias y demagogias de los que hoy nos desprecian calificándonos de reliquias de un pasado que se ha hundido” con el muro de Berlín y con el derrumbe de la URSS.

Hay quien se pregunta “si tiene sentido ser comunista en nuestra época”, el declive en España de esta formación política y la falta de liderazgo ha llevado a Izquierda Unida a ser un partido satélite al confort de otra formación en tela de juicio por la breve pero intensa trayectoria de sus controvertidos líderes; hablar de Podemos como partido político hoy es sinónimo cuando menos de falta de claridad, oscurantismo y ambición desmedida, tanto en sus pretensiones, exposiciones y hechos; el ansia de poder para cambiar España les llevará a la propia  destrucción; no será la primera y última vez que una formación política nace arropada aprovechando una corriente de estado de necesidad, como sucediera antaño a la UCD; esta sucumbió en luchas internas e innombrables dentro de la “honestidad” de la época preconstitucional en la que todos remaron buscando el bien general.

La regeneración de la izquierda en España tiene tareas importantes pendientes; desde los partidos políticos hasta los sindicatos, desprestigiados y con cada día menos representatividad que solo sirven para pesebre de algunos. Es necesaria la actualización de criterios ancestrales a una sociedad del siglo XXI en la que el concepto «obrero» ha desaparecido literalmente para pasar a integrarse en una clase media indispensable e imprescindible para España que supo encontrar el bienestar; unos líderes que han nacido en este bienestar próspero aunque predican la pobreza para los demás (igual que sucede con los líderes en Rusia, cuna del comunismo); líderes que tienen que luchar día a día con esta disfunción mental y cerebral sin que les provoque parálisis, instalados en su pedestal, para alimentar actitudes tan dispares de decir y hacer cosas contrarias, que no tienen ni cabida ni sentido en una sociedad informada que aprecia estas debilidades conceptuales, que de persistir la sociedad del bienestar (hoy en peligro), les llevará a la destrucción; o dicho de otra forma, la única forma de mantenerse en el poder será con la miseria y la subvención.

Mariano Avilés – Jurista Diciembre 2019

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